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Sin embargo, Ernie sí sabía cómo eran las cosas por allí. Peter Randolph siempre había sido un mal bicho inútil y fanfarrón, y no verlo en aquel desastre garrafal no le sorprendió en absoluto. Tampoco le preocupó. Lo que le preocupaba era que de la comisaría no salía nadie, y se habían oído más disparos. Habían sonado amortiguados, como si se hubieran producido en el sótano, donde tenían a los prisioneros.

Ernie, que no era mucho de oraciones, se puso a rezar. Para que nadie de los que huían del ayuntamiento se fijara en el viejo que esperaba sentado al volante de la furgoneta en marcha. Para que Jackie y Rommie salieran sanos y salvos, con o sin Barbara y Everett. Se le ocurrió entonces que también podía, simplemente, marcharse de allí con la furgoneta, y le sorprendió lo tentadora que resultaba la idea.

Le sonó el móvil.

Por un momento se quedó sentado sin saber muy bien qué estaba oyendo, después se lo sacó del cinturón tirando de él. Al abrirlo, leyó JOANIE en la pantalla. Pero no era su nuera; era Norrie.

– ¡Abuelo! ¿Estás bien?

– Bien -dijo él mirando el caos que tenía delante.

– ¿Los habéis sacado ya?

– Lo están haciendo ahora mismo, cielo -dijo, y esperó que fuera verdad-. No puedo hablar. ¿Estáis a salvo? ¿Estáis en… en el sitio?

– ¡Sí! ¡Abuelo, de noche brilla! ¡El cinturón de radiación! ¡Y los coches también, pero luego han dejado de brillar! ¡Julia dice que cree que no es peligroso! ¡Dice que cree que es falso, para espantar a la gente!

Será mejor que no contemos con eso, pensó Ernie.

Llegaron otros dos disparos amortiguados, sordos, desde el interior de la comisaría. En el calabozo había muerto alguien; tenía que ser eso.

– Norrie, ahora no puedo hablar.

– ¿Todo saldrá bien, abuelo?

– Sí, sí. Te quiero, Norrie.

Cerró el teléfono. Brilla, pensó, y se preguntó si llegaría a ver ese brillo. Black Ridge estaba cerca (en un pueblo pequeño, todo está cerca), pero en ese preciso instante parecía lejísimos. Miró fijamente hacia las puertas de la comisaría, intentando obligar a sus amigos a salir y, al ver que no lo hacían, bajó de la furgoneta. No podía quedarse ahí fuera sentado durante más tiempo. Tenía que entrar y ver qué estaba pasando.

30

Barbie vio cómo Junior levantaba el arma. Oyó a Junior decirle a Rusty que cerrara los ojos. Gritó sin pensar, sin tener idea de lo que iba a decir hasta que las palabras le salieron de la boca.

– ¡Eh, capullo! Te di una buena, ¿verdad? ¡Te di pero bien! -La risa que soltó a continuación sonó como la risa de un chiflado que ha dejado de tomarse la medicación.

O sea que así es como me río cuando estoy a punto de morir, pensó Barbie. Tendré que recordarlo. Lo cual le hizo reír más aún.

Junior se volvió hacia él. El lado derecho de su cara mostraba sorpresa; el izquierdo estaba paralizado en una mueca adusta. A Barbie le recordó a algún supervillano sobre el que había leído de joven, pero no recordaba cuál. Seguramente alguno de los enemigos de Batman, esos eran siempre los más espeluznantes. Después recordó que cuando su hermano pequeño, Wendell, quería decir «villanos», siempre le salía «billones». Eso le hizo reír más que nunca.

Podría haber formas peores de acabar, pensó mientras sacaba las dos manos por entre los barrotes y levantaba los dos dedos corazón. ¿Te acuerdas de Stubb en Moby Dick? «No sé lo que me espera, pero iré hacia ello riendo.»

Junior vio que Barbie le estaba dedicando un gesto grosero con el dedo corazón (en estéreo) y se olvidó completamente de Rusty. Avanzó por el corto pasillo empuñando la pistola por delante de él. Barbie estaba muy alerta, pero no se fiaba de sí mismo. Seguramente la gente que creía oír en el piso de arriba -moviéndose y hablando- no eran más que imaginaciones suyas. Aun así, cada cual tenía que interpretar su melodía hasta el final. Como mínimo, podría conseguirle a Rusty unas cuantas respiraciones y algo más de tiempo.

– Eso es, capullo -dijo-. ¿Te acuerdas de la paliza que te di aquella noche en el Dipper's? Llorabas como una zorrita.

– No lloré. -Sonó como el exótico plato especial de un menú chino.

La cara de Junior era un poema. La sangre que derramaba su ojo izquierdo goteaba por una mejilla con sombra de barba. A Barbie se le ocurrió que a lo mejor ahí tenía una oportunidad. Quizá no muy buena, pero una oportunidad mala era mejor que una inexistente. Empezó a caminar de un lado para otro delante de su camastro y su retrete, al principio despacio, pero cada vez más deprisa. Ahora ya sabes lo que siente un pato mecánico en una galería de tiro, pensó. Esto también tendré que recordarlo.

Junior seguía sus movimientos con el ojo bueno.

– ¿Te la follaste? ¿Te follaste a Angie? -«¿Te 'a f'lla'te? ¿Te filaste a An'yi?»

Barbie rió. Fue una risa demente que seguía sin reconocer como propia pero que no tenía nada de falsa.

– ¿Que si me la follé? ¡¿Que si me la follé?! Junior, me la follé boca arriba, me la follé boca abajo y me la follé de lado, no me dejé nada. Me la follé hasta hacerla cantar «Hail to the Chief» y «Bad Moon Rising». Me la follé hasta que se puso a aporrear el suelo gritando para que le diera mucho más. Me la…

Junior inclinó la cabeza hacia la pistola. Barbie lo vio y brincó hacia la izquierda sin perder un segundo. Junior disparó. La bala impactó en la pared de ladrillos del fondo de la celda. Unas esquirlas de color rojo oscuro salieron volando. Algunas se estrellaron contra los barrotes (Barbie oyó el golpeteo metálico mientras la detonación del arma resonaba aún en sus oídos), pero ninguna de ellas le dio a Junior. Mierda. Desde el fondo del pasillo, Rusty gritó algo, seguramente intentando distraerlo, pero Junior ya no se dejaba distraer. Junior tenía a su blanco principal en el punto de mira.

No, todavía no lo tienes, pensó Barbie. Aún se reía. Era una locura, una chifladura, pero se reía. Todavía no me tienes, hijoputa feo y tuerto.

– Me dijo que a ti no se te levantaba, Junior. Te llamó el Pollacoja Supremo. Solíamos reírnos de eso mientras estábamos… -Saltó hacia la derecha en el mismo momento en que Junior disparaba. Esta vez oyó la bala pasar junto a su cabeza: el ruido fue «zzzzzz». Más esquirlas de ladrillo que salieron volando. Una le dio a Barbie en el cuello-. Vamos, Junior, ¿qué te pasa? Disparar se te da igual de bien que el álgebra a una marmota. ¿Eres un tarado? Eso es lo que decían siempre Angie y Frankie…

Barbie hizo un quiebro hacia la derecha y luego corrió hacia la izquierda de la celda. Junior disparó tres veces; explosiones ensordecedoras, un hedor a pólvora fuerte e intenso. Dos de las balas se sepultaron en el ladrillo, la tercera dio en el retrete metálico del suelo y produjo un clang. Empezó a manar agua. Barbie se golpeó con tanta fuerza contra la pared contraria de la celda que le vibraron los dientes.

– Ya te tengo -resolló Junior, «'a 'e 'engo». Pero en el fondo, con lo que quedaba de su recalentada maquinaria pensante, lo dudaba. Tenía el ojo izquierdo ciego, y con el derecho veía borroso. No veía un Barbie, sino tres.