Ese odioso hijo de puta se lanzó sobre el camastro justo cuando Junior disparó, y también esa bala erró el tiro. En el centro de la almohada que había en el cabecero se abrió un pequeño ojo negro. Pero al menos ya lo tenía tumbado. Ya no más correteos de aquí para allá. Gracias a Dios que he cambiado el cargador, pensó Junior.
– Me has envenenado, Baaarbie.
Barbie no tenía ni idea de qué decía, pero enseguida le dio la razón.
– Eso es, asqueroso títere de mierda, claro que sí.
Junior metió la Beretta entre los barrotes y cerró el ojo malo, el izquierdo; eso redujo el número de Barbies que veía a dos. Tenía la lengua atrapada entre los dientes. El sudor y la sangre le corrían por la cara.
– Veamos cómo corres ahora, Baaarbie.
Barbie no podía correr, pero sí podía arrastrarse, y eso hizo, directo hacia Junior. La siguiente bala pasó silbando por encima de su cabeza y él sintió una leve quemadura en una nalga justo cuando la bala rozó los vaqueros y los calzoncillos y arrancó la capa más superficial de la piel que había bajo ellos.
Junior retrocedió, tropezó, estuvo a punto de caerse, se agarró a los barrotes de la celda que tenía a la derecha y volvió a enderezarse.
– ¡Estate quieto, hijo de puta!
Barbie rodó sobre el camastro para buscar a tientas la navaja que tenía ahí debajo. Se había olvidado por completo de la puta navaja.
– ¿Quieres que te meta una bala en la espalda? -preguntó Junior, detrás de él-. Vale, a mí no me importa.
– ¡Dispara! -gritó Rusty-. ¡Dispara, DISPARA!
Antes de oír el siguiente tiro, Barbie tuvo tiempo de pensar: Por el amor de Dios, Everett, ¿de qué lado estás?
31
Jackie bajó la escalera seguida de Rommie. Le dio tiempo a ver la humareda de los disparos alrededor de los fluorescentes del techo y a oler la pólvora quemada, y entonces Rusty Everett empezó a gritar «Dispara, dispara».
Vio a Junior Rennie al final del pasillo, apretado contra los barrotes de la celda del fondo, la que los agentes a veces llamaban «el Ritz». Estaba gritando algo, pero apenas se le entendía.
No lo pensó. No le dijo a Junior que levantara las manos y se volviera. Le metió dos tiros en la espalda, sin más. Uno le entró por el pulmón derecho; el otro le perforó el corazón. Junior ya estaba muerto antes de caer al suelo con la cara apresada entre dos barrotes, los ojos estirados hacia arriba en una mueca tan crispada que parecía una máscara funeraria japonesa.
Cuando su cuerpo cayó, ante ella apareció Dale Barbara, agazapado en su camastro y aferrando en una mano la navaja que tan cuidadosamente había ocultado. Ni siquiera había tenido ocasión de abrirla.
32
Freddy Denton agarró del hombro al agente Henry Morrison. Denton no era su persona preferida esa noche, y nunca lo sería. Como si lo hubiera sido alguna vez, pensó Henry con acritud.
Denton señaló.
– ¿Qué hace ese viejo idiota de Calvert entrando en la comisaría?
– ¿Cómo coño quieres que lo sepa? -preguntó Henry, y agarró a Donnie Barbeau cuando pasó corriendo por allí gritando cualquier mierda sin sentido sobre unos terroristas.
– ¡Para de correr! -le vociferó Henry a la cara-. ¡Ya se ha terminado! ¡Todo está bien!
Donnie llevaba diez años cortándole el pelo y explicándole los mismos chistes trasnochados dos veces al mes, pero en ese momento miró a Henry como si fuera un completo desconocido. Después se zafó de él y corrió en dirección a East Street, donde estaba su barbería. Quizá tuviera intención de refugiarse allí.
– Ningún civil tiene nada que hacer en la comisaría esta noche -dijo Freddy. Mel Searles, junto a él, también se estaba caldeando.
– Bueno, ¿por qué no vas a ver qué pasa, asesino? -le preguntó Henry-. Llévate a este pasmarote contigo, porque ninguno de los dos hacéis ningún servicio aquí, joder.
– Esa chica iba a recoger la pistola -dijo Freddy; fue la primera de las muchas veces que lo diría-. Y no pretendía matarla. Yo solo quería, no sé, herirla.
Henry no tenía ninguna intención de discutir con él.
– Entrad ahí y decidle a ese viejo que se largue. También os podríais asegurar de que no hay nadie intentando liberar a los prisioneros mientras nosotros estamos aquí fuera corriendo de un lado para otro como un puñado de gallinas con las cabezas cortadas.
En los ojos pasmados de Freddy Denton se encendió una luz.
– ¡Los prisioneros! ¡Mel, vamos!
Se pusieron en marcha, pero se quedaron petrificados por la voz de Henry, amplificada por el megáfono, a tres metros de ellos:
– ¡Y GUARDAD ESAS ARMAS, IDIOTAS!
Freddy obedeció las órdenes de la voz amplificada. Mel hizo lo mismo. Cruzaron por delante del Monumento a los Caídos y subieron corriendo los escalones de la comisaría con las armas enfundadas, lo cual seguramente fue algo muy bueno para el abuelo de Norrie.
33
Sangre por todas partes, pensó Ernie, igual que había pensado Jackie. Se quedó mirando aquella carnicería, consternado, y luego se obligó a moverse. Todo el contenido de la mesa de recepción había quedado esparcido por ahí cuando Rupe Libby la había volcado. En mitad de aquel desorden, Ernie vio un rectángulo de plástico rojo y rezó por que los de abajo todavía estuvieran a tiempo de utilizarlo.
Se estaba agachando para recogerlo (repitiéndose que no debía vomitar, repitiéndose que de momento aquello seguía siendo mucho mejor que el valle de A Shau, en Vietnam) cuando alguien, detrás de él, dijo:
– ¡Me cago en Dios, joder! En pie, Calvert, despacio. Las manos encima de la cabeza.
Pero Freddy y Mel todavía estaban desenfundando cuando Rommie subió por la escalera para buscar lo que Ernie ya había encontrado. Llevaba el rifle Black Shadow que solía guardar en su caja fuerte y apuntó con él a los dos policías sin dudarlo un instante.
– Vosotros, caballeros, será mejor que paséis hasta el fondo -dijo-. Y no os separéis. Hombro con hombro. Si veo luz entre vosotros, disparo. No pienso andarme con chiquitas. -«Shiquitas.»
– Guarde eso -dijo Freddy-. Somos policías.
– Unos gilipollas de primera, eso es lo que sois. Poneos ahí de pie, junto a ese tablón de anuncios. Y que vuestros hombros se toquen mientras vais hacia allí. Ernie, ¿qué puñetas estás haciendo aquí dentro?
– He oído disparos. Estaba preocupado. -Levantó la tarjeta de acceso de color rojo que abría las celdas del calabozo-. Vais a necesitar esto, creo. A menos… a menos que estén muertos.
– No están muertos, pero ha faltado poco, joder. Bájasela a Jackie. Yo vigilaré a estos tipos.
– No pueden soltarlos, son prisioneros -dijo Mel-. Barbie es un asesino. El otro intentó empapelar al señor Rennie con unos documentos… o algo así.
Rommie ni siquiera se molestó en contestarle.
– Venga, Ernie. Date prisa.
– Y ¿qué van a hacer con nosotros? -preguntó Freddy-. No irá a matarnos, ¿verdad?
– ¿Por qué iba a matarte, Freddy? Todavía me debes dinero de ese motocultor que me compraste la primavera pasada. Además, andas retrasado en los pagos, si mal no recuerdo. No, solo os encerraremos en el calabozo. A ver si os gusta eso de ahí abajo. Huele un poco a meados, pero ¿quién sabe? A lo mejor os encontráis a gusto.
– ¿Tenía que matar a Mickey? -preguntó Mel-. No era más que un chico tonto.
– Nosotros no hemos matado a nadie -dijo Rommie-. Esto lo ha hecho vuestro querido colega Junior. -Aunque seguro que nadie lo creerá mañana por la noche, pensó.
– ¡Junior! -exclamó Freddy-. ¿Dónde está?
– Yo diría que cargando paletadas de carbón en el infierno -contestó Rommie-. Ahí es donde colocan a los nuevos cuando llegan.