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Barbie, Rusty, Jackie y Ernie subieron por la escalera. Los dos recientes ex prisioneros parecía que no acababan de creerse que seguían vivos. Rommie y Jackie escoltaron a Freddy y a Mel al calabozo. Cuando Mel vio el cuerpo de Junior tirado en el suelo, dijo:

– ¡Lamentaréis haber hecho esto!

Rommie contestó:

– Cierra el pico y entra en tu nueva casa. Los dos en la misma celda. Al fin y al cabo, sois amigotes.

En cuanto Rommie y Jackie volvieron arriba, los dos jóvenes empezaron a vociferar.

– Salgamos de aquí ahora que todavía podemos -dijo Ernie.

35

En los escalones de la comisaría, Rusty levantó la mirada hacia las estrellas rosadas e inspiró ese aire hediondo y al mismo tiempo impregnado de un olor increíblemente dulce. Se volvió hacia Barbie.

– Pensaba que ya no volvería a ver el cielo.

– Yo también. Larguémonos del pueblo mientras aún tengamos una oportunidad. ¿Qué tal te suena Miami Beach?

Rusty todavía se estaba riendo cuando subió a la furgoneta. En el césped del ayuntamiento había varios policías, y uno de ellos (Todd Wendlestat) miró hacia allí. Ernie levantó la mano para saludar; Rommie y Jackie siguieron su ejemplo. Wendlestat les devolvió el saludo y luego se inclinó para ayudar a una mujer que había quedado despatarrada en la hierba porque sus tacones altos la habían traicionado.

Ernie se sentó al volante y unió los cables eléctricos que colgaban por debajo del salpicadero. El motor se puso en marcha, la puerta lateral se deslizó hasta cerrarse de golpe y la furgoneta se alejó de la acera. Subió despacio por la cuesta del Ayuntamiento, esquivando a unas cuantas personas aturdidas que habían asistido a la asamblea y que caminaban por el medio de la calle. Enseguida dejaron atrás el centro y pusieron rumbo a Black Ridge, cada vez a más velocidad.

HORMIGAS

1

Empezaron a ver el resplandor al otro lado de un puente viejo y herrumbroso que se extendía sobre un lecho fangoso. Barbie se inclinó hacia delante entre los asientos frontales de la camioneta.

– ¿Qué es eso? Parece el reloj Indiglo más grande del mundo.

– Es radiación -respondió Ernie.

– No te preocupes -añadió Rommie-. Tenemos lámina de plomo de sobra.

– Norrie me ha llamado desde el móvil de su madre mientras os esperaba -dijo Ernie-. Me ha contado lo del resplandor. Dice que Julia cree que no es más que una especie de… espantapájaros; supongo que podría decirse así. Que no es peligroso, vamos.

– Creía que Julia estaba licenciada en Periodismo, no en Ciencias -dijo Jackie-. Es una mujer muy agradable, e inteligente, pero aun así vamos a proteger la camioneta, ¿verdad? No me gustaría que uno de los regalos de mi cuarenta cumpleaños fuera un cáncer de mama o de ovarios.

– Lo atravesaremos deprisa -dijo Rommie-. Si eso ayuda a que te sientas más segura, métete un trozo de lámina de plomo por debajo de los vaqueros.

– Eso es tan gracioso que me he olvidado de reír -replicó ella, y entonces se imaginó con unas bragas de plomo, muy sexys, y se rió.

Llegaron al oso muerto que se encontraba junto al poste telefónico. Lo habrían visto incluso con los faros apagados, porque la luz combinada de la luna rosa y del cinturón de radiación era tan fuerte que casi se hubiera podido leer un periódico.

Mientras Rommie y Jackie tapaban las ventanillas de la camioneta con lámina de plomo, los demás se acercaron a observar al oso en descomposición.

– No ha sido la radiación -murmuró Barbie.

– No -concedió Rusty-. Suicidio.

– Y hay más.

– Sí. Pero los animales más pequeños parecen estar a salvo. Los chicos y yo vimos muchos pájaros, y en el campo de manzanos había una ardilla rebosante de vida.

– Entonces Julia podría tener razón -admitió Barbie-. El resplandor es un espantapájaros y los animales muertos, otro. Es la vieja táctica del cinturón y los tirantes.

– No te sigo, amigo -dijo Ernie.

Sin embargo Rusty, que aprendió la táctica del cinturón y los tirantes cuando estudiaba medicina, enseguida lo entendió.

– Dos advertencias para mantener alejados a los desconocidos -dijo-. Los animales muertos de día, y un cinturón de radiación brillante de noche.

– Por lo que sé -dijo Rommie, que se unió a ellos en un lado de la carretera-, la radiación solo brilla en las películas de ciencia ficción.

Rusty sintió la tentación de decirle que estaban viviendo en una película de ciencia ficción y que Rommie se daría cuenta de ello cuando se acercase a la extraña caja que había en la cresta. Pero Burpee, por supuesto, tenía razón.

– Se supone que debemos verlo -dijo-. Y lo mismo con los animales muertos. Se supone que debemos decir «Caramba, si hay una especie de rayos suicidas que afectan a los grandes mamíferos, más vale que me aleje. A fin de cuentas, soy un gran mamífero».

– Pero los chicos no se echaron atrás -terció Barbie.

– Porque son chicos -replicó Ernie. Luego, tras meditar sus palabras, añadió-: Y también son skaters. Pertenecen a una raza distinta.

– Aun así, no me gusta -dijo Jackie-, pero como no tenemos ningún otro lugar al que ir, quizá podríamos atravesar el cinturón de Van Allen antes de que pierda el poco valor que me queda. Después de lo sucedido en la comisaría, siento que me faltan las fuerzas.

– Un momento -dijo Barbie-. Aquí hay algo que no encaja. Sé lo que es pero necesito unos segundos para expresarlo.

Todos esperaron. La luz de la luna y la radiación iluminaban los restos del oso. Barbie lo miraba fijamente. Al final alzó la cabeza.

– Vale, esto es lo que me preocupa: hay un «ellos». Lo sabemos porque la caja que ha encontrado Rusty no es un fenómeno natural.

– Exacto, es algo manufacturado -dijo Rusty-. Pero no de origen terrestre. Me apostaría la vida. -Entonces pensó en lo cerca que había estado de perderla hacía menos de una hora y se estremeció. Jackie le dio un apretón en el hombro.

– Olvídate de esa parte ahora -dijo Barbie-. Existe un «ellos», y si quisieran cortarnos el paso, podrían hacerlo. Han aislado a Chester's Mills de todo el mundo. Si quisieran impedir que nos acercáramos a la caja, ¿por qué no han creado una pequeña Cúpula alrededor de ella?

– O un sonido armónico que nos friera el cerebro como un muslo de pollo en el microondas -sugirió Rusty, que empezaba a imbuirse del espíritu de la situación-. O, para el caso, radiación de verdad, joder.

– Quizá sea radiación de verdad -replicó Ernie-. De hecho, el contador Geiger que trajisteis sí lo confirmó.

– Sí -admitió Barbie-, pero ¿qué significa eso, que lo que detecta el contador es peligroso? Rusty y los chicos no están sufriendo lesiones, no se les ha caído el pelo, no están vomitando hasta el hígado.

– Aún no -dijo Jackie.

– Qué alentador -añadió Romeo.

Barbie no hizo caso de sus comentarios.

– Lo que está claro es que si pueden crear una barrera tan fuerte que repele el impacto de los mejores misiles de Estados Unidos, también podrían crear un cinturón de radiación que nos matara rápidamente, quizá al instante. Quizá incluso les conviniera. Un par de víctimas humanas desalentaría más a los exploradores que un puñado de animales muertos. No, creo que Julia tiene razón, y que el supuesto cinturón de radiación no es más que un resplandor inofensivo modificado convenientemente para que lo registren nuestros aparatos de detección. Deben de parecerles muy primitivos, si de verdad son extraterrestres.

– Pero ¿por qué? -Rusty estalló-. ¿Por qué una barrera? ¡No he podido levantarla ni siquiera moverla un poco! Y cuando la tapé con el delantal de plomo, el mandil ardió. ¡A pesar de que la caja es fría al tacto!