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– Si la están protegiendo, tiene que haber alguna forma de destruirla o desconectarla -dijo Jackie-. Sin embargo…

Barbie le lanzó una sonrisa. Sentía algo extraño, como si flotara por encima de sí mismo.

– Venga, Jackie, dilo.

– Sin embargo no la están protegiendo, ¿verdad? No de la gente que está decidida a acercarse a ella.

– Hay más -añadió Barbie-. ¿No podríamos decir que nos están señalando el camino para llegar hasta ella? Joe McClatchey y sus amigos casi siguieron un rastro de migas de pan.

– Aquí está, insignificantes terrícolas -dijo Rusty-. ¿Qué podéis hacer con ella, vosotros que sois lo bastante valientes para acercaros hasta aquí?

– Tiene sentido -dijo Barbie-. Vamos, subamos ahí arriba.

2

– Es mejor que me dejes conducir a partir de aquí -le dijo Rusty a Ernie-. Los chicos perdieron el conocimiento un poco más adelante. A Rommie también estuvo a punto de pasarle, y yo sentí algo. Tuve una especie de alucinación. Un muñeco de Halloween que empezaba a arder.

– ¿Otra advertencia? -preguntó Ernie.

– No lo sé.

Rusty se detuvo en el lugar donde acababa el bosque y empezaba la pendiente desnuda y rocosa que conducía hasta el campo de los McCoy. Frente a ellos, el aire refulgía con tal intensidad que tenían que entrecerrar los ojos, pero no se veía la fuente de aquella luz; el resplandor simplemente estaba ahí, flotando. A Barbie le pareció que era como la luz de las luciérnagas pero un millón de veces más potente. El cinturón debía de tener unos cincuenta metros de ancho. Tras él, el mundo volvía a sumirse en la oscuridad, salvo por el resplandor rosa de la luz de la luna.

– ¿Estás seguro de que no volverás a desmayarte? -preguntó Barbie.

– Parece que es como cuando tocas la Cúpula: la primera vez te vacuna. -Rusty se puso cómodo, cambió de marcha y dijo-: Agárrense la dentadura postiza, damas y caballeros.

Pisó a fondo el acelerador y las ruedas traseras patinaron. La camioneta se adentró en el resplandor. Sus ocupantes no pudieron ver lo que sucedió a continuación ya que el vehículo iba muy bien protegido por las láminas de plomo; sin embargo, los que estaban en la cresta presenciaron la escena -con creciente ansiedad- desde el límite del campo de manzanos. Durante un instante la camioneta fue claramente visible, como si la estuvieran iluminando con un foco. Cuando salió del cinturón de resplandor siguió brillando durante unos segundos, como si la hubieran rociado con radio. Y dejó como una estela de cometa tras de sí, como gases de escape.

– Joder -exclamó Benny-. Son los mejores efectos especiales que he visto jamás.

Entonces el resplandor que rodeaba la camioneta se fue apagando y la estela despareció.

3

Mientras atravesaban el cinturón de luz, Barbie sintió un leve mareo; nada más. Para Ernie, el mundo real de la camioneta y sus ocupantes fue sustituido por una habitación de hotel que olía a pino y en la que se oía el estruendo de las cataratas del Niágara. Y ahí estaba la que era su mujer desde hacía solo doce horas: se dirigía hacia él vestida únicamente con un camisón que no era más que un soplo de aroma de lavanda; le agarró las manos, se las llevó a los pechos y le dijo: «Esta vez no tenemos que parar, cariño».

Entonces oyó los gritos de Barbie y recuperó la conciencia.

– ¡Rusty! ¡Jackie tiene un ataque! ¡Para!

Ernie miró a Jackie y vio que temblaba, tenía los ojos en blanco y los dedos abiertos.

– ¡Sostiene una cruz y todo arde! -gritó ella. Le caía un hilo de saliva de la boca-. ¡El mundo está ardiendo! ¡LA GENTE ESTÁ ARDIENDO! -El grito resonó en la camioneta.

Rusty frenó en seco, detuvo el vehículo en medio de la carretera, bajó de un salto y corrió hasta la puerta lateral. Cuando Barbie la abrió, Jackie se estaba limpiando la saliva de la barbilla con la mano ahuecada. Rommie la había rodeado con un brazo.

– ¿Estás bien? -preguntó Rusty.

– Ahora sí. Es que… todo… estaba en llamas. Era de día, pero estaba oscuro. La gente a-a-ardía… -Rompió a llorar.

– Has dicho algo de un hombre con una cruz -dijo Barbie.

– Una cruz grande y blanca. Colgada de un cordel, o de una tira de cuero. La llevaba en el pecho. El pecho desnudo. Entonces la sostuvo frente a su cara. -Respiró hondo y espiró el aire a breves intervalos-. Los recuerdos se desvanecen. Pero… Joder.

Rusty le enseñó dos dedos y le preguntó cuántos veía. Jackie respondió correctamente y siguió el pulgar con la mirada cuando lo movió a derecha y a izquierda, y luego arriba y abajo. Rusty le dio una palmadita en el hombro y lanzó una mirada de recelo hacia el cinturón de luz. ¿Qué es lo que dijo Gollum de Bilbo Bolsón? «Es artero, mi tesoro.»

– ¿Y tú, Barbie? ¿Estás bien?

– Sí. He sufrido un leve mareo durante unos segundos, eso es todo. ¿Ernie?

– He visto a mi mujer. Y la habitación del hotel de nuestra luna de miel. Era una imagen tan nítida como si fuera de día.

Pensó de nuevo en el momento en que ella se dirigía hacia él. Hacía años que no le venía esa imagen a la cabeza; era una pena haber relegado al olvido un recuerdo tan fantástico. Sus muslos blancos bajo el escueto camisón; el triángulo oscuro y nítido de su vello púbico; los pezones erectos al rozar con la seda, como si fueran a arañarle la palma de las manos mientras ella hundía la lengua en su boca y le lamía por dentro el labio inferior.

«Esta vez no tenemos que parar, cariño.»

Ernie se reclinó en el asiento y cerró los ojos.

4

Rusty subió hasta la cresta, esta vez lentamente, y aparcó la camioneta entre el granero y la granja destartalada. La camioneta del Sweetbriar Rose ya estaba allí, así como la de los Almacenes Burpee y un Chevrolet Malibu. Julia había aparcado su Prius dentro del granero. Horace el corgi estaba sentado junto al parachoques trasero, como si montara guardia. No parecía un perro feliz y no se acercó a saludarlos. En el interior de la granja había un par de lámparas Coleman encendidas.

Jackie señaló la camioneta en la que se podía leer ¡EN BURPEE'S TODOS LOS DÍAS HAY REBAJAS! en uno de los laterales.

– ¿Cómo ha llegado eso hasta aquí? ¿Es que tu mujer ha cambiado de opinión?

Rommie esbozó una sonrisa.

– Si crees eso es que no conoces a Misha. No, tengo que darle las gracias a Julia, que ha reclutado a sus dos reporteros estrella. Esos chicos…

Se calló en cuanto Julia, Piper y Lissa Jamieson aparecieron entre las sombras del campo iluminadas por la luna. Avanzaban a trompicones, una junto a la otra, cogidas de la mano, llorando.

Barbie corrió hasta Julia y la agarró de los hombros. Ella estaba en el extremo de la hilera, y la linterna que sostenía con la mano libre cayó al suelo cubierto de maleza, frente a la puerta del jardín. Lo miró a la cara e intentó sonreír.

– Veo que te han sacado, coronel Barbara. Uno a cero para el equipo de casa.

– ¿Qué te ha pasado? -preguntó Barbie.

Entonces llegaron corriendo Joe, Benny y Norrie, seguidos de sus madres. Los gritos de los chicos cesaron de golpe cuando vieron el estado en que se encontraban las tres mujeres. Horace se abalanzó ladrando sobre su ama. Julia se arrodilló y hundió la cara en su pelaje. Horace la olisqueó y, de repente, retrocedió. Se sentó y aulló. Julia lo miró y se tapó la cara como si estuviera avergonzada. Norrie agarraba a Joe de la mano con la izquierda y a Benny con la derecha. Estaban serios y asustados. Pete Freeman, Tony Guay y Rose Twitchell salieron de la casa pero no se acercaron a los recién llegados, permanecieron apiñados junto a la puerta de la cocina.

– Hemos ido a verla -dijo Lissa con indolencia. No había ni rastro de su típica alegría «jo-el-mundo-es-maravilloso»-. Nos hemos arrodillado alrededor. Tiene un símbolo que no había visto nunca… no es de la cábala…