6
Dejó a Junior y subió lentamente por la escalera, agarrándose a la barandilla. Carter estaba en la sala de los agentes. Se habían llevado los cadáveres y estaban secando la sangre de Mickey Wardlaw con hojas de periódico.
– Vayamos al ayuntamiento antes de que esto se llene de policías -le dijo a Carter-. El día de Visita empieza oficialmente dentro de -miró su reloj- unas doce horas. Tenemos mucho que hacer antes de eso.
– Lo sé.
– Y no te olvides de mi hijo. Quiero que los Bowie lo hagan bien. Que presenten los restos de forma respetuosa y utilicen un buen ataúd. Dile a Stewart que como vea a Junior en una de esas cajas baratas que tienen detrás, lo mataré yo mismo.
Carter lo apuntó en su libreta.
– Yo me encargo de todo.
– Y dile a Stewart que iré a hablar con él dentro de poco. -Varios agentes entraron por la puerta principal. Parecían acoquinados, un poco asustados, muy jóvenes y verdes. Big Jim se levantó, no sin ciertas dificultades, de la silla en la que se había sentado para recuperar el aliento-. Hora de ponerse en marcha.
– Por mí perfecto -dijo Carter, pero no se movió.
Big Jim miró alrededor.
– ¿En qué piensas, hijo?
«Hijo». A Carter le gustó cómo sonaba ese «hijo». Su padre había muerto cinco años antes, cuando empotró su camioneta contra uno de los puentes gemelos de Leeds; no fue una gran pérdida. Había maltratado a su mujer y a sus dos hijos (el hermano mayor de Carter servía en el ejército), pero a Thibodeau eso no le importaba demasiado; su madre recurrió al licor de café para sumirse en un estado de letargo, y Carter siempre fue capaz de encajar unos cuantos golpes. Odiaba a su padre porque era un llorón y un estúpido. La gente daba por sentado que Carter también lo era, hasta Junes lo creía, pero no era cierto. El señor Rennie lo entendía y, sin duda, no era un llorón.
Carter descubrió que tenía claro cuál debía ser su siguiente paso.
– Tengo algo que tal vez le interese.
– Ah, ¿sí?
Big Jim siguió a Carter al piso inferior, el chico quería ir a su taquilla. La abrió, sacó el sobre que tenía impresa la palabra VADER y se lo ofreció a Big Jim. La huella de sangre que había en el sobre parecía brillar.
Big Jim lo abrió.
– Jim -dijo Peter Randolph, que había entrado sin que se dieran cuenta y se encontraba junto al escritorio de recepción vuelto del revés; parecía cansado-. Creo que hemos logrado controlar la situación, pero no consigo encontrar a varios de los nuevos agentes. Me parece que han abandonado.
– Era de esperar -replicó Big Jim-. Pero será temporal. Volverán cuando recuperemos la calma y se den cuenta de que Dale Barbara no va a regresar al pueblo con una panda de caníbales sanguinarios para comérselos vivos.
– Pero ahora con el maldito día de Visita…
– Pete, mañana casi todo el mundo se comportará mejor que nunca, y estoy convencido de que tendremos suficientes agentes para ocuparnos de todos aquellos que no lo hagan.
– ¿Y qué hacemos con la rueda de pre…?
– ¿Es que no te das cuenta de que estoy un poco ocupado? ¿No lo ves, Pete? ¡Por el amor de Dios! Ve a la sala de plenos del ayuntamiento dentro de media hora y hablaremos de todo lo que quieras. Pero ahora, déjame en paz de una vez.
– Claro. Lo siento. -Pete se fue, tenso y ofendido, como su voz.
– Alto -dijo Rennie.
Randolph se detuvo.
– No me has expresado tu pésame por mi hijo.
– Lo… Lo siento mucho.
Big Jim escrutó a Randolph con la mirada.
– Ya lo creo que lo sientes.
Cuando Randolph se fue, Rennie sacó los papeles del sobre, les echó un vistazo y volvió a meterlos. Lanzó una mirada a Carter de sincera curiosidad.
– ¿Por qué has tardado tanto en dármelo? ¿Acaso querías quedártelo?
Ahora que le había entregado el sobre, Carter vio que no le quedaba más remedio que contarle la verdad.
– Sí. Al menos durante un tiempo. Por si acaso.
– Por si acaso ¿qué?
Thibodeau se encogió de hombros.
Big Jim no insistió. Siendo un hombre acostumbrado a tener archivos sobre todo aquel que fuera susceptible de causarle problemas, no fue necesario. Otra cuestión le interesaba más.
– ¿Por qué has cambiado de opinión?
A Carter le pareció de nuevo que no le quedaba más remedio que contarle la verdad.
– Porque quiero ser su hombre de confianza, jefe.
Big Jim enarcó sus pobladas cejas.
– ¿Tú? ¿Más que él? -Señaló con la cabeza la puerta por la que acababa de salir Randolph.
– ¿Él? Es un inútil.
– Sí. -Big Jim le puso una mano en un hombro-. Lo es. Vámonos. Y cuando lleguemos al ayuntamiento, el primer punto del día será quemar estos papeles en la estufa de leña de la sala de prensa.
7
Eran muy altas. Y horribles.
Barbie las vio en cuanto la descarga que pasó por sus brazos se desvaneció. Su primer impulso fue soltar la caja, pero se contuvo y siguió agarrándola, mirando las criaturas que los mantenían cautivos. Que los mantenían cautivos y los torturaban por placer, si Rusty estaba en lo cierto.
Sus caras, si es que eran caras, eran angulosas, pero los ángulos estaban acolchados y parecían cambiar por momentos, como si la realidad subyacente no tuviera una forma fija. No sabía cuántos había ni dónde estaban. Al principio pensó que había cuatro; luego ocho; luego solo dos. Inspiraban una profunda sensación de odio en él, quizá porque eran tan extrañas que no podía percibirlas bien. La región de su cerebro encargada de interpretar la información sensorial que recibía era incapaz de descodificar los mensajes que enviaban sus ojos.
Mis ojos no podían verlos ni siquiera con un telescopio. Estas criaturas se encuentran en una galaxia muy, muy lejana.
No había forma de saberlo (la razón le decía que los propietarios de la caja tanto podían tener una base bajo el hielo en el Polo Sur como orbitar alrededor de la Luna con su versión de la nave estelar Enterprise), pero él lo sabía. Estaban en casa… fuera cual fuese su casa. Los observaban. Y se lo estaban pasando bien.
Por fuerza, porque esos hijos de puta se estaban riendo.
Entonces regresó al gimnasio de Faluya. Hacía calor porque no había aire acondicionado, solo unos ventiladores en el techo que removían el aire pegajoso y viciado. Habían soltado a todos los interrogados salvo a dos Abdules que cometieron la imprudencia de burlarse de ellos un par de días después de que dos artefactos explosivos mataran a seis estadounidenses y un francotirador asesinara a uno más, un chico de Kentucky que caía bien a todo el mundo: Carstairs. De modo que la emprendieron a patadas con los Abdules por todo el gimnasio, y los desnudaron, y a Barbie le habría gustado decir que se fue, pero no lo hizo. Le habría gustado decir que no participó, pero lo hizo. Todos estaban muy alterados. Recordó cómo propinó una patada en el trasero huesudo y manchado de mierda de uno de los Abdules, y la huella roja que dejó su bota. Ambos Abdules estaban ya desnudos por entonces. Recordó que Emerson le dio una patada tan fuerte en los cojones al otro que se los retorció de un modo espantoso, y que acto seguido le dijo: «Esto es por Carstairs, puto moro de mierda». Pocos días después alguien le entregaría una bandera a su madre mientras ella permanecía sentada en una silla plegable junto a la tumba; la misma historia de siempre. Y entonces, mientras Barbie tomaba conciencia de que técnicamente él estaba al mando de esos hombres, el sargento Hackermeyer agarró a uno de los retenidos de la kufiya deshilachada, la única prenda que llevaba puesta, y lo puso contra la pared y le apuntó a la cabeza con la pistola e hizo una pausa y nadie dijo «No» en la pausa y nadie dijo «No lo hagas» en la pausa y el sargento Hackermeyer apretó el gatillo y la sangre impactó contra la pared como lo ha hecho durante tres mil años y más, y eso fue todo, adiós, Abdul, no te olvides de escribirnos cuando estés desvirgando a esas vírgenes.