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– Quizá yo conozca un lugar mejor al que ir.

– ¿De verdad? -Y cuando Linda no dijo nada, Thurse estiró una mano y le acarició la suya-. Tienes que confiar en alguien. Y podría ser yo.

De modo que Linda se lo contó todo, incluso cómo pararon en la tienda de Burpee para coger más lámina de plomo antes de partir hacia Black Ridge. Hablaron hasta casi medianoche.

10

El extremo norte de la granja de los McCoy era inservible (debido a las fuertes nevadas del invierno anterior, el tejado ocupaba ahora el salón) pero en el lado oeste había un comedor de estilo rústico casi tan largo como un vagón, y fue ahí donde se reunieron los fugitivos de Chester's Mills. Para empezar, Barbie preguntó a Joe, Norrie y Benny por lo que habían visto, o soñado, cuando perdieron el conocimiento en lo que llamaban el cinturón de luz.

Joe recordó las calabazas en llamas. Norrie dijo que todo se tiñó de negro y que el sol desapareció. En un primer momento, Benny afirmó que no recordaba nada. Entonces se llevó la mano a la boca.

– Había gritos -dijo-. Oí gritos. Fue horrible.

Todos meditaron sobre las palabras de Benny en silencio. Entonces Ernie dijo:

– Las calabazas en llamas no nos permiten estrechar demasiado el círculo, si eso es lo que intenta, coronel Barbara. En todos los graneros del pueblo debe de haber un montón de calabazas. Ha sido una buena temporada. -Hizo una pausa-. Al menos lo era.

– Rusty, ¿y tus hijas?

– Más o menos lo mismo -respondió Rusty, y les contó lo que recordaba.

– Parar Halloween, parar la Gran Calabaza -murmuró Rommie.

– Tíos, creo que veo un patrón -exclamó Benny.

– No jodas, Sherlock -dijo Rose, y todos rieron.

– Te toca, Rusty -terció Barbie-. ¿Qué viste al perder el conocimiento mientras subías aquí?

– No llegué a perder el conocimiento -dijo Rusty-. Y todo esto podría explicarse por la presión a la que hemos estado sometidos. La histeria colectiva, incluidas las alucinaciones en grupo, son habituales cuando la gente está sometida a una gran tensión.

– Gracias, doctor Freud -dijo Barbie-. Ahora cuéntanos lo que viste.

Rusty llegó hasta la chistera con sus rayas patrióticas cuando Lissa Jamieson exclamó:

– ¡Es el muñeco del jardín de la biblioteca! Lleva una vieja camiseta mía con una cita de Warren Zevon…

– «Sweet home Alabama, play that dead band's song» -dijo Rusty-. Y unas palas de jardinero a modo de manos. La cuestión es que empezó a arder y, luego, puuf, desapareció. Y también la sensación de mareo.

Miró a los demás. Todos lo observaban con los ojos como platos.

– Tranquilos, relajaos, seguramente vi el muñeco antes de que sucediera todo esto, y mi subconsciente lo sacó a la luz. -Señaló a Barbie-. Y como vuelvas a llamarme doctor Freud, te daré un tortazo.

– ¿Lo habías visto antes? -preguntó Piper-. ¿Quizá cuando fuiste a recoger a tus hijas a la escuela? La biblioteca está enfrente del patio.

– Que yo recuerde, no. -Rusty no añadió que no había ido a recoger a sus hijas desde principios de mes, y dudaba que entonces la biblioteca ya hubiera puesto la decoración de Halloween.

– Ahora tú, Jackie -dijo Barbie.

Ella se humedeció los labios.

– ¿Tan importante es?

– Creo que sí.

– Gente en llamas -dijo ella-. Y humo, y un fuego que desprendía un brillo que atravesaba el humo cuando este cambiaba de dirección. Parecía que el mundo ardía.

– Sí -intervino Benny-. La gente gritaba porque se estaba quemando. Ahora lo recuerdo. -Con un gesto brusco pegó la cara contra el hombro de Alva Drake, que lo abrazó.

– Aún faltan cinco días para Halloween -dijo Claire.

– No lo creo -repuso Barbie.

11

La estufa que había en un rincón de la sala de plenos del ayuntamiento estaba llena de polvo y en no muy buen estado, pero se podía utilizar. Big Jim se aseguró de que el tiro de la chimenea estuviera abierto (chirrió un poco), y entonces sacó los papeles de Duke Perkins del sobre con la huella de sangre. Echó un vistazo a las hojas, hizo una mueca al leer lo que decían y las tiró a la estufa. Sin embargo, decidió quedarse el sobre.

Carter estaba hablando por teléfono con Stewart Bowie; le dijo lo que Big Jim quería para su hijo y le ordenó que se pusiera manos a la obra de inmediato. Es un buen chico, pensó Big Jim. Quizá llegue lejos. Siempre que sepa dónde le aprieta el zapato. La gente que no lo sabía, pagaba un precio. Andrea Grinnell lo había descubierto esa misma noche.

Había una caja de cerillas en el estante, junto a la estufa. Big Jim encendió una y la acercó a la esquina de las «pruebas» de Duke Perkins. Dejó la portezuela de la estufa abierta para ver cómo ardía. Fue muy satisfactorio.

Carter se acercó hasta él.

– Tengo a Stewart Bowie al teléfono. ¿Le digo que le llamará luego?

– Trae aquí -dijo Big Jim, que extendió la mano para coger el móvil.

Carter señaló el sobre.

– ¿No va a quemarlo?

– No. Quiero que pongas dentro unas cuantas hojas en blanco de la fotocopiadora.

Carter tardó un instante en comprenderlo.

– Esa mujer sufrió alucinaciones, ¿verdad?

– Pobrecilla -dijo Big Jim-. Baja al refugio antinuclear, hijo. Por ahí. -Señaló con el pulgar una discreta puerta (salvo por una vieja placa metálica con unos triángulos negros sobre fondo amarillo) no lejos de la estufa-. Hay dos habitaciones. Al fondo de la segunda verás un pequeño generador.

– De acuerdo…

– Delante del generador hay una trampilla. Cuesta de ver, pero si miras bien la verás. Levántala y echa un vistazo en el interior. Debería haber ocho o diez bombonas de propano. Al menos las había la última vez que miré. Compruébalo y dime cuántas quedan.

Esperó a ver si Carter preguntaba por qué, pero no lo hizo. Tan solo se volvió para cumplir con las órdenes que le habían dado. De modo que Big Jim se lo dijo.

HALLOWEEN SE ADELANTA

1

A las ocho menos cuarto, el Honda Odyssey Green casi nuevo de Linda Everett se acercó al muelle de carga de la parte de atrás de Almacenes Burpee. Thurse iba en el asiento del acompañante. Los niños (demasiado callados para ser unos niños que se habían embarcado en una aventura) ocupaban el asiento de atrás. Aidan se había abrazado a la cabeza a Audrey, que a buen seguro sentía el nerviosismo del pequeño y lo soportaba con paciencia.

A pesar de las tres aspirinas, Linda todavía notaba un dolor punzante en el hombro y no conseguía quitarse de la cabeza la cara de Carter Thibodeau. Ni su olor: una mezcla de sudor y colonia. Tenía miedo de que apareciera detrás de ella en cualquier momento con uno de los coches patrulla y les cortara la retirada. «La próxima descarga irá por la retaguardia. Y me dará igual que las niñas estén mirando.»

Y ese tipo era capaz. Lo haría. Aunque no podía largarse del pueblo, Linda estaba impaciente por alejarse todo lo posible del nuevo Yo Viernes de Rennie.

– Coge un rollo entero y las cizallas -le dijo a Thurse-. Están debajo de esa caja de leche. Eso me ha dicho Rusty.

Thurston abrió la puerta, pero se detuvo.

– No puedo hacerlo. ¿Y si alguien más lo necesita?

Linda no pensaba discutir; seguramente acabaría gritándole y asustando a los niños.

– Lo que tú quieras, pero date prisa. Esto es como una emboscada.

– Iré todo lo deprisa que pueda.

Aun así, pareció tardar una eternidad en recortar algunos trozos de lámina de plomo, y Linda tuvo que contenerse para no asomarse por la ventanilla y preguntarle si era una vieja remilgada ya de nacimiento o si se había convertido en una con los años.