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– Estoy bien -dijo ella, y se dio cuenta de que estaba a punto de desmayarse. Se pellizcó el lóbulo de las orejas, un truco que le había enseñado Rusty hacía mucho tiempo. Igual que muchos de los remedios caseros de su marido (aplastar los quistes sebáceos con el lomo de un libro contundente era otro), funcionó. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más cercana y, en cierto modo, más real-. ¿Os ha dicho que vinierais antes aquí?

– Sí. Para cargar un poco de eso. -Señaló la lámina de plomo que había en el muelle-. Solo por curarnos en salud, es lo que ha dicho. Pero necesitaré esas cizallas.

– ¡Tío Twitch! -gritó Janelle, y corrió a sus brazos.

– ¿Qué pasa, bomboncito? -La abrazó, dio unas vueltas con ella en brazos y la dejó en el suelo. Janelle se asomó a la ventanilla del acompañante para ver al bebé.

– ¿Cómo se llama la niña?

– Es un niño -dijo Ginny-. Se llama Little Walter.

– ¡Qué guay!

– Jannie, vuelve al coche, tenemos que irnos -dijo Linda.

Thurse preguntó:

– ¿Quién cuida del fuerte, chicos?

Ginny parecía avergonzada.

– Nadie. Pero Rusty ha dicho que no nos preocupáramos a menos que hubiera alguien que necesitara cuidados continuados. Aparte de Little Walter, no había nadie más. Así que he cogido al bebé y nos hemos puesto en marcha. Twitch dice que a lo mejor podemos volver más tarde.

– Espero que alguien pueda hacerlo -dijo Thurse, pesimista. Linda se había fijado en que el pesimismo parecía ser la actitud por defecto de Thurston-. Tres cuartas partes de la ciudad van a pata hacia la Cúpula por la 119. La calidad del aire es mala y alcanzaremos los treinta grados a eso de las diez, que será más o menos la hora a la que llegarán los autobuses con los visitantes. Si Rennie y sus cohortes se han ocupado de preparar algún tipo de cobijo, yo no me he enterado. Seguramente antes de que se ponga el sol habrá un montón de enfermos en Chester's Mills. Con suerte solo serán golpes de calor y asma, pero también podría haber ataques al corazón.

– Chicos, quizá deberíamos volver -dijo Gina-. Me siento como una rata escapando de un barco que naufraga.

– ¡No! -gritó de repente Linda; todos, incluso Audi, la miraron-. Rusty ha dicho que va a pasar algo malo. Puede que no sea hoy… pero ha dicho que podría pasar. Cortad plomo para las ventanillas de la ambulancia y marchaos. Yo no me quedaría mucho más por aquí. Uno de los matones de Rennie ha venido a verme esta mañana y, si se pasa por casa y ve que el coche no está…

– Venga, poneos en camino -dijo Twitch-. Daré marcha atrás para que podáis salir. No te molestes en intentar ir por Main Street, ya es un caos.

– ¿Main Street, por delante del garito de la policía? -Linda casi se estremeció-. No, gracias. El taxi de mamá subirá por West Street hacia Highland.

Twitch se sentó al volante de la ambulancia y las dos jóvenes reclutas sanitarias volvieron a subir. Gina dirigió a Linda una última mirada dubitativa por encima del hombro.

Linda se detuvo, miró primero al niño dormido y sudoroso, después a Ginny.

– A lo mejor Twitch y tú podríais volver al hospital esta noche a ver cómo van las cosas por allí. Podéis decir que habíais salido a atender una llamada en algún lugar que quede lejos, que estabais en Northchester o algo así. Pero, hagáis lo que hagáis, no nombréis Black Ridge.

– No.

Ahora es fácil decirlo, pensó Linda. Si Carter Thibodeau te arrincona contra un fregadero, tal vez no te resulte tan fácil encubrirnos.

Empujó a Audrey, cerró la puerta corredera y subió al asiento del conductor de su Odyssey Green.

– Salgamos de aquí -dijo Thurse, ocupando el otro asiento-. No estaba tan paranoico desde mis días de «¡Muerte a los polis!».

– Bien -contestó ella-. Porque paranoia total significa concentración total.

Dio marcha atrás con el monovolumen, rodeó la ambulancia y enfiló West Street.

4

– Jim -dijo Randolph desde el asiento de atrás del Hummer-, he estado pensando en esa redada.

– Vaya, vaya… ¿Por qué no nos concedes el honor de compartir tus pensamientos, Peter?

– Soy el jefe de la policía. Si se trata de elegir entre controlar a la muchedumbre en la granja de Dinsmore y capitanear una redada en un laboratorio de drogas donde puede haber adictos armados protegiendo sustancias ilegales… bueno, tengo muy claro cuál es mi deber. Digámoslo así.

Big Jim descubrió que no quería discutir ese punto. Discutir con idiotas era contraproducente. Randolph no tenía ni idea de qué clase de armas podía haber almacenadas en la emisora de radio. A decir verdad, ni siquiera el propio Big Jim lo sabía (no tenía forma de saber lo que Bushey había cargado en la cuenta de la empresa), pero al menos podía imaginar lo peor; una hazaña mental de la que ese charlatán con uniforme parecía incapaz. ¿Y si le sucedía algo a Randolph…? Bueno, ¿acaso no había decidido ya que Carter sería un sustituto más que adecuado?

– Está bien, Pete -dijo-. Nada más lejos de mi intención que interponerme entre tu deber y tú. Eres el nuevo oficial al mando de la operación, con Fred Denton de segundo. ¿Te satisface eso?

– ¡Puedes estar seguro de que sí, puñetas! -Randolph sacó pecho. Parecía un gallo hinchado y a punto de cantar. Big Jim, aunque no era conocido por su sentido del humor, tuvo que ahogar una risa.

– Entonces, baja a la comisaría y empieza a organizar a tu equipo. Camiones municipales, recuerda.

– ¡Correcto! ¡El asalto será a mediodía! -Agitó un puño en el aire.

– Id por el bosque.

– Verás, Jim, yo quería hablar contigo de eso. Parece un poco complicado. Ese bosque de detrás de la emisora es bastante impenetrable, habrá hiedra venenosa… y zumaque venenoso, que es aún pe…

– Hay un camino de acceso -dijo Big Jim. Se le estaba agotando la paciencia-. Quiero que vayáis por allí. Que los ataquéis desde el lado ciego.

– Pero…

– Una bala en la cabeza sería mucho peor que la hiedra venenosa. Ha sido un placer hablar contigo, Pete. Me alegro de verte tan… -Pero ¿tan qué? ¿Presuntuoso? ¿Ridículo? ¿Imbécil?

– Tan absolutamente entusiasmado -dijo Carter.

– Gracias, Carter, justo lo que estaba pensando. Pete, dile a Henry Morrison que pasa a ser el encargado de controlar a la muchedumbre en la 119. ¡Y entrad por ese camino de acceso!

– De verdad, creo que…

– Carter, ábrele la puerta.

5

– Ay, Dios mío -dijo Linda, y giró bruscamente hacia la izquierda con el monovolumen, que dio un bote al subirse al bordillo a menos de cien metros del lugar en que se bifurcaban Main y Highland. Las tres niñas se rieron al sentir la sacudida, pero el pobrecillo Aidan puso cara de susto y volvió a agarrarse a la cabeza de la sufrida Audrey.

– ¿Qué?-soltó Thurse-. ¡¿Qué?!

Linda aparcó en el jardín de alguien, detrás de un árbol. Era un roble de buen tamaño, pero el monovolumen también era grande y el árbol había perdido la mayoría de sus hojas muertas. Ella quería creer que los ocultaba, pero no podía.

– El Hummer de Jim Rennie está ahí arriba, en mitad de ese maldito cruce de mierda.

– Has dicho una palabrota gorda -dijo Judy-. Dos monedas en el bote de las palabrotas.

Thurse estiró el cuello.

– ¿Estás segura?

– ¿Crees que alguien más en este pueblo tiene un vehículo tan descomunal?

– Joder -dijo Thurston.

– ¡Al bote de las palabrotas! -Esta vez Judy y Jannie lo dijeron a la vez.

Linda sintió que se le secaba la boca y que la lengua se le pegaba al paladar. Thibodeau bajó entonces por la puerta del acompañante y, si miraba hacia donde estaban ellos…