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– ¿Qué clase de policía es esta? -pregunta una mujer mientras, junto con otras cuatro, escolta a Mabel hasta detrás de la unidad Tres, donde la señora hará pis apoyándose en el parachoques, con las demás de pie delante de ella por aquello del pudor.

Gracias a Rennie y a Randolph, nuestros intrépidos líderes, es una policía improvisada, le hubiera gustado contestar a Henry, pero no lo hace. Sabe que ya tuvo problemas por ser un bocazas anoche, cuando se pronunció a favor de que dejaran hablar a Andrea Grinnell. Lo que dice es:

– La única que tenemos.

Para ser justos, la mayoría de la gente, como la femenina guardia de honor de Mabel, está más que dispuesta a ayudar al prójimo. Los que se han acordado de llevar agua la comparten con los que no, y la mayoría beben con moderación. En toda muchedumbre hay idiotas, no obstante, y los de esta se dedican a tragar agua profusamente sin pararse a pensar. Hay quien mastica galletitas dulces y saladas que luego les darán más sed. La niña de Mary Lou Costas empieza a llorar con ansiedad bajo la gorra de los Red Sox, que le va demasiado grande. Mary Lou ha llevado una botella de agua y empieza a echarle gotitas en los mofletes sofocados y el cuello. La botella pronto estará vacía.

Henry agarra a Pamela Chen y vuelve a señalar a Mary Lou.

– Llévate esa botella y llénala con el agua que hemos traído. Intenta que no te vea mucha gente, o se nos habrá acabado toda antes del mediodía.

Ella cumple las órdenes, y Henry piensa: Al menos tengo a una persona que sí podría convertirse en una buena policía de pueblo, si es que algún día le interesa el trabajo.

Nadie se molesta en mirar adonde va Pamela. Eso está bien. Cuando lleguen los autobuses, esa gente se olvidará por completo de que tiene calor y sed. Durante un rato. Pero luego, en cuanto las visitas se hayan ido… y con una larga caminata de vuelta al pueblo por delante…

Henry tiene una idea. Echa un vistazo a sus «agentes» y ve a un montón de tarados pero a poca gente en quien confíe; Randolph se ha llevado a la mayoría de los medio decentes a una especie de misión secreta. Henry cree que tiene algo que ver con la fábrica de drogas que Andrea acusó a Rennie de haber montado, pero no le importa de qué se trata. Lo único que sabe es que no están ahí y que él no puede encargarse en persona de lo que se le ha ocurrido.

Pero sabe quién sí, y le hace una señal para que se acerque.

– ¿Qué quieres, Henry? -pregunta Bill Allnut.

– ¿Tienes las llaves de la escuela?

Allnut, que es el conserje de la escuela de secundaria desde hace treinta años, asiente con la cabeza.

– Aquí mismo. -El llavero que le cuelga del cinturón reluce bajo la neblinosa luz del sol-. Siempre las llevo encima, ¿por qué?

– Llévate la unidad Cuatro -dice Henry-. Vuelve al pueblo todo lo deprisa que puedas sin atropellar a ninguno de los rezagados. Coge uno de los autobuses escolares y tráelo aquí. Uno de esos de cuarenta y cuatro plazas.

Allnut no parece contento. Su mandíbula adopta una expresión yanqui que Henry (yanqui también) ha visto toda la vida, conoce bien y detesta. Es una expresión miserable que dice «Tengo c'ocuparme mis cosas, 'migo».

– No puedes meter a toda esta gente en un autobús escolar, ¿te has vuelto loco?

– A todos no -dice Henry-, solo a los que no puedan volver por su propio pie. -Está pensando en Mabel y en la niña sofocada de esa tal Corso, pero para las tres de la tarde habrá más personas que no puedan volver caminando hasta el pueblo, por supuesto. Que no puedan dar un paso siquiera, quizá.

La mandíbula de Bill Allnut adopta todavía mayor rigidez; ahora su barbilla sobresale como la proa de un barco.

– ¡No, señor! Van a venir mis dos hijos y sus mujeres, eso me han dicho. Traen a los niños. No quiero perdérmelos. Además, no pienso dejar sola a mi señora. Está muy afectada.

A Henry le gustaría zarandear a ese hombre por su cerrazón (y estrangularlo por su egoísmo). En lugar de eso, le pide a Allnut las llaves y que le enseñe cuál abre el garaje. Después le dice que vuelva con su mujer.

– Lo siento, Henry -se disculpa el hombre-, pero tengo que ver 'mis hijos y nietos. Me lo merezco. Yo no he pedido que vinieran los cojos, los impedidos y los ciegos, y no tengo por qué pagar por su'stupidez.

– Sí, eres un buen americano, de eso no hay duda -dice Henry-. Fuera de mi vista.

Allnut abre la boca para protestar, cambia de opinión (puede que sea por algo que ha visto en la expresión del agente Morrison) y se aleja arrastrando los pies. Henry llama a Pamela a gritos y la chica no protesta cuando le dice que tiene que volver al pueblo, solo pregunta adonde, qué y por qué. Henry se lo explica.

– Vale, pero… ¿esos autobuses escolares tienen palanca de cambios manual? Porque yo solo sé conducir automáticos.

Henry le repite la pregunta a voz en grito a Allnut, que está de pie junto a la Cúpula con su mujer, Sarah, ambos observando con impaciencia la carretera vacía del otro lado del límite municipal de Motton.

– ¡El número dieciséis tiene cambio manual! -exclama Allnut en respuesta-. ¡Todos los demás son automáticos! ¡Y dile que tenga en cuenta el bloqueo de seguridad! ¡Los buses no arrancan a menos que el conductor se abroche el cinturón!

Henry despide a Pamela diciéndole que se dé toda la prisa que le permita la prudencia. Quiere ese autobús allí cuanto antes.

Al principio la gente está de pie junto a la Cúpula, escrutando con impaciencia la carretera vacía. Después la mayoría se sientan. Los que han llevado mantas las extienden. Algunos se protegen la cabeza del neblinoso sol con sus carteles. La conversación empieza a decaer, y a Wendy Goldstone se la oye con bastante claridad cuando le pregunta a su amiga Ellen dónde están los grillos: no se los oye cantar en la alta hierba.

– ¿O es que me he quedado sorda?

No, no está sorda. Los grillos están callados o muertos.

En el amplio (y agradablemente fresco) espacio central de los estudios de la WCIK resuena la voz de Ernie «The Barrel» Kellogg y el Delight Trio interpretando su «I Got a Telephone Call from Heaven and It Was Jesus on the Line». Los dos hombres que hay allí no los están escuchando; están viendo la televisión, tan paralizados por la imagen dividida de la pantalla como Marta Edmunds (que va por su segunda Bud y se ha olvidado completamente de que el cadáver del viejo Clayton Brassey sigue bajo la sábana). Tan paralizados como todos los habitantes de Estados Unidos y, sí, del resto del mundo.

– Míralos, Sanders -jadea el Chef.

– Eso hago -dice Andy. Tiene a CLAUDETTE en su regazo. El Chef le ha ofrecido también un par de granadas de mano, pero esta vez Andy las ha rechazado. Tiene miedo de tirar de la anilla de una y luego no poder reaccionar. Lo vio una vez en una película-. Es asombroso, pero ¿no crees que será mejor que nos preparemos para recibir a nuestras visitas?

El Chef sabe que Andy tiene razón, pero cuesta mucho apartar la mirada del ángulo de la pantalla en el que se ven los autobuses y el gran camión de la prensa que encabeza el desfile, enfocados desde el helicóptero. Reconoce todos los lugares por los que van pasando; resultan identificables incluso vistos desde arriba. Los visitantes ya están cerca.

Todos estamos cerca, piensa.

– ¡Sanders!

– ¿Qué, Chef?

El Chef le ofrece una cajita de Sucrets.

– Ni la roca nos esconde de ellos, ni el árbol muerto ofrece cobijo, ni el grillo alivio alguno. No consigo recordar en qué libro sale eso.

Andy abre la cajita, ve los seis gruesos cigarrillos liados allí apretados y piensa: Son soldados del éxtasis. Es lo más poético que ha pensado en toda su vida, y le entran ganas de llorar.

– ¿Puedes darme un amén, Sanders?