Un nuevo helicóptero llega zumbando desde el oeste y, aunque Henry no lo sabe, en él va el coronel James Cox, que tampoco está del todo descontento con la forma en que se está desarrollando el día de Visita. Le han dicho que no parece que en el lado de Chester's Mills se estén preparando para dar una rueda de prensa, pero eso ni le sorprende ni le incomoda. Basándose en los extensos informes que ha ido acumulando, le habría sorprendido más que Rennie hubiera hecho acto de presencia. Cox se las ha visto con muchos hombres a lo largo de los años y puede oler a un charlatán cobarde a varios kilómetros.
Entonces ve la larga hilera de visitantes y vecinos atrapados, unos frente a otros. Esa imagen le hace que olvide a James Rennie.
– ¿No es increíble? -murmura-. ¿No es lo más increíble que se haya visto nunca?
En el lado de la Cúpula, el ayudante especial Toby Manning grita:
– ¡Ya llega el autobús!
Aunque los civiles apenas se dan cuenta (están ensimismados, hablando con sus familiares o buscándolos todavía), los policías estallan de júbilo.
Henry se dirige a la parte de atrás de su vehículo y, ciertamente, ve un gran autobús escolar amarillo pasando justo por delante de Coches de Ocasión Jim Rennie. Puede que Pamela Chen no pese más de cuarenta y siete kilos ni calada hasta los huesos, pero llega montada en el tren del éxito, bueno, en el autobús.
Henry consulta su reloj y ve que pasan veinte minutos de las once. Lo conseguiremos, piensa. Conseguiremos salir bien parados de esta.
En Main Street, tres grandes camiones de color naranja se dirigen hacia la cuesta del Ayuntamiento. Peter Randolph va apretujado en el tercero junto a Stew, Fern y Roger (que apesta a pollos). Mientras salen por la 119 en dirección norte hacia la Little Bitch y la emisora de radio, Randolph se acuerda de algo y casi no consigue contenerse y darse una palmada en la frente.
Tienen mucha potencia de fuego, pero se han olvidado los cascos y los chalecos antibalas.
¿Y si vuelven a buscarlos? Si lo hacen, no estarán en su posición hasta las doce y cuarto o incluso más tarde. Además, de todas formas seguramente los chalecos resultarán una precaución innecesaria. Son once contra dos, y seguro que esos dos están colocados hasta las cejas.
Debería ser un paseo, la verdad.
8
Andy Sanders estaba apostado detrás del mismo roble que había utilizado para ponerse a cubierto en la primera visita de los hombres amargados. Aunque no había cogido ninguna granada, en la parte de delante de su cinturón guardaba seis cargadores de munición, llevaba cuatro más remetidos en la espalda y, en la caja de madera que tenía a sus pies, había otras dos docenas. Suficiente para plantar cara a un ejército… aunque suponía que, si Big Jim enviaba de verdad un ejército, lo eliminarían en un periquete. A fin de cuentas, él no era más que un recetapastillas.
Una parte de él no podía creer que estuviera haciendo eso, pero otra parte (un aspecto de su carácter que jamás habría sospechado que existiera sin la metanfetamina) estaba más que encantada. E indignada también. Los Big Jims del mundo no podían tenerlo todo, no podían llevárselo todo. Esta vez no habría negociación, ni politiqueo, ni vuelta atrás. Apoyaría a su amigo. A su hermano del alma. Andy comprendía que su estado mental era nihilista, pero no le importaba. Había pasado toda la vida calculando las consecuencias, y el «me importa una mierda» que le hacía sentir el cuelgue era un delirante cambio para mejor.
Oyó que se acercaban unos camiones y consultó su reloj. Se había parado. Miró arriba, al cielo, y por la posición de ese goterón blanco amarillento que antes era el sol dedujo que debía de ser cerca del mediodía.
Prestó atención al creciente sonido de los motores diesel y, cuando el ruido se bifurcó, Andy supo que su compadre se había olido bien la jugada: se la había olido con tanto acierto como buen jugador de la línea defensiva en una tarde de domingo. Algunos camiones estaban dando la vuelta hacia la parte de atrás de la emisora y el camino de acceso que había allí.
Andy dio otra profunda calada al petardo, contuvo la respiración todo lo que pudo y luego exhaló. Con pesar, tiró la colilla y la pisó. No quería que el humo (por muy deliciosamente que lo despejara) delatara su posición.
Te quiero, Chef, pensó Andy Sanders, y quitó el seguro de su Kalashnikov.
9
Una delgada cadena cerraba el paso al camino de acceso, lleno de surcos. Freddy, que iba al volante del primer camión, no lo dudó, simplemente la embistió y se la llevó por delante. Su camión y el que lo seguía (pilotado por Mel Searles) se internaron en el bosque.
Stewart Bowie conducía el tercer vehículo. Lo detuvo en mitad de la Little Bitch Road, señaló la torre de radio de la WCIK y luego miró a Randolph, que estaba apretado contra la puerta con su HK semiautomática entre las rodillas.
– Continúa otros ochocientos metros -ordenó Randolph-, después aparca y apaga el motor. -Eran solo las once treinta y cinco. Fantástico. Tenían muchísimo tiempo.
– ¿Cuál es el plan? -preguntó Fern.
– El plan es esperar hasta el mediodía. Cuando oigamos tiros, nos acercamos corriendo y atacamos desde atrás.
– Estos camiones son bastante escandalosos -dijo Roger Killian-. ¿Y si esos tipos los oyen llegar? Perderemos el… como-se-llama… el tractor sorpresa.
– No nos oirán -dijo Randolph-. Estarán en la emisora, viendo la televisión la mar de a gusto con el aire acondicionado. No sabrán lo que se les viene encima.
– ¿No tendríamos que habernos puesto los chalecos antibalas o algo? -preguntó Stewart.
– ¿Por qué cargar con tanto peso en un día de tanto calor? Dejad de preocuparos. Esos dos hippies fumados de ahí dentro estarán en el infierno antes de que se enteren de que han muerto.
10
Poco antes de las doce, Julia miró alrededor y vio que Barbie no estaba. Cuando volvió a la granja, lo encontró cargando latas de comida en la parte de atrás de la furgoneta del Sweetbriar Rose. También había metido muchas bolsas en la furgoneta robada de la compañía telefónica.
– ¿Qué estás haciendo? Las descargamos anoche…
Barbie se volvió hacia ella con una expresión tensa y nada sonriente.
– Ya lo sé, y me parece que nos equivocamos al hacerlo. No sé si es porque estamos muy cerca de la caja, pero de repente me parece sentir ese cristal de lupa del que hablaba Rusty justo encima de la cabeza, y dentro de nada saldrá el sol y sus rayos empezarán a abrasarnos a través de él. Espero equivocarme.
Julia lo miró con detenimiento.
– ¿Quedan más cosas? Si es así, te ayudaré. Siempre podemos volver a descargarlo después.
– Sí -dijo Barbie, y le dirigió una sonrisa tensa-. Siempre podemos volver a descargarlo después.
11
Al final del camino de acceso había un pequeño claro con una casa abandonada desde hacía mucho tiempo. El equipo de la redada aparcó allí los dos grandes camiones de color naranja y desmontó. En grupos de dos, fueron descargando largos y pesados sacos de lona con las palabras SEGURIDAD NACIONAL pintadas con plantilla. En uno de los sacos, algún gracioso había añadido en rotulador RECORDAD EL ÁLAMO. Dentro había más HK semiautomáticas, dos escopetas Mossberg con capacidad para ocho cartuchos y munición, munición, munición.