«¿Qué es eso? ¿Anderson Cooper? ¿Candy Crowley? ¿Chad Myers? ¿Soledad O'Brien? ¿Alguien sabe qué narices ha sido eso? ¿Qué está pasando?»
En la Cúpula, las más recientes estrellas de la televisión estadounidense miran en derredor, mostrando únicamente la espalda a las cámaras mientras se protegen los ojos con las manos y miran hacia el pueblo. Una cámara enfoca un momento hacia arriba y muestra una monstruosa columna de humo negro y escombros que se arremolinan en el horizonte.
Carter se levanta. Big Jim le agarra de la muñeca.
– Un vistazo rápido -dice Big Jim-. Para ver lo grave que es. Después vuelve a traer tu trasero aquí abajo. Puede que tengamos que ir al refugio nuclear.
– Vale.
Carter sube la escalera corriendo. Los cristales rotos de la puerta de entrada, prácticamente desintegrada, crujen bajo sus botas mientras cruza a la carrera el vestíbulo. Lo que ve cuando sale a los escalones supera tantísimo cualquier cosa que haya podido imaginar que le hace retroceder a la infancia y, por un momento, se queda paralizado donde está, pensando: Es como la tormenta más grande y más horrible que nadie haya visto jamás, solo que peor.
El cielo, hacia el oeste, es un infierno rojo anaranjado rodeado por gigantescas nubes del ébano más profundo. El aire apesta a propano líquido quemado. El sonido es como el rugido de una docena de plantas de laminación de acero funcionando a toda potencia.
Justo encima de él, los pájaros que huyen han oscurecido el cielo.
Esa visión -pájaros que no tienen adónde ir- es lo que hace reaccionar a Carter. Eso y el viento creciente que siente contra la cara. En Chester's Mills no ha habido viento desde hace seis días, y este es caliente y repugnante, apesta a gas y a madera carbonizada.
Un enorme roble arrancado de cuajo aterriza en Main Street, llevándose por delante varios cabos de cable eléctrico muerto.
Carter vuelve corriendo por el pasillo. Big Jim está en lo alto de la escalera, su gruesa cara pálida parece asustada y, por una vez, indecisa.
– Abajo -dice Carter-. Al refugio. Viene hacia aquí. El fuego viene y, cuando llegue, se va a comer vivo este pueblo.
Big Jim gime.
– ¿Qué han hecho esos idiotas?
A Carter no le importa. Sea lo que sea lo que han hecho, hecho está. Si no se mueven con rapidez, tampoco ellos tendrán vuelta atrás.
– ¿Hay alguna máquina para purificar el aire ahí abajo, jefe?
– Sí.
– ¿Conectada al generador?
– Sí, claro.
– Gracias a Dios. Quizá tengamos una posibilidad.
Mientras ayuda a Big Jim a bajar la escalera para que vaya más deprisa, Carter solo espera que no queden cocinados vivos ahí dentro.
Las puertas del Dipper's, junto a la carretera, se mantenían abiertas gracias a unas cuñas, pero la fuerza de la explosión las ha roto y las cierra de golpe. El cristal se rompe y las astillas salen disparadas hacia el interior, donde se clavan en muchas de las personas que estaban al fondo de la pista de baile. Al hermano de Henry Morrison, Whit, le seccionan la yugular.
La gente corre en estampida hacia las puertas, olvidando por completo la gran pantalla de televisión. Pisotean al pobre Whit Morrison, que agoniza en el suelo sobre el creciente charco de su propia sangre. Llegan a las puertas, donde más gente resulta herida al intentar salir por los cortantes agujeros irregulares que se han abierto en el cristal.
– ¡Pájaros! -grita alguien-. ¡Oh, Dios mío, mirad todos esos pájaros!
Pero la mayoría de ellos miran al oeste en lugar de hacia arriba: al oeste, donde la muerte abrasadora rueda hacia ellos bajo un cielo que es ya de un negro medianoche, lleno de aire envenenado.
Los que pueden, siguen el ejemplo de los pájaros y echan a correr, a trotar o a galopar directamente por el centro de la 117. Muchos otros se abalanzan hacia sus coches, y se producen varios topetazos en el aparcamiento de grava donde, érase una vez, en un tiempo muy lejano, Dale Barbara recibió una paliza. Velma Winter sube a su vieja furgoneta Datsun y, después de sortear a los autos de choque del aparcamiento, descubre que la salida a la carretera está bloqueada por los peatones que huyen. Mira a la derecha -a la tormenta de fuego que se les acerca, creciendo como un gigantesco vestido de llamas, devorando los bosques que hay entre la Little Bitch Road y el centro del pueblo- y acelera a ciegas, hacia delante, a pesar de la gente que se interpone en su camino. Atropella a Carla Venziano, que huía con su bebé en brazos. Velma siente cómo la furgoneta se bambolea al pasar por encima de sus cuerpos y decide hacer oídos sordos a los chillidos de Carla cuando se le parte la columna y su pequeño Steven muere aplastado bajo ella. Velma solo sabe que tiene que salir de allí. De alguna forma tiene que salir de allí.
En la Cúpula, un aguafiestas apocalíptico ha puesto fin a los reencuentros. Ahora mismo, los que están dentro tienen algo más importante de lo que ocuparse que de sus parientes: la nube con forma de hongo gigante que está creciendo al noroeste de donde se encuentran, alzándose sobre una columna de fuego que ya tiene kilómetro y medio de alto. La primera brizna de viento (el viento que ha impulsado a Carter y a Big Jim a correr en busca del refugio nuclear) llega hasta ellos, que se encogen contra la Cúpula, la mayoría sin pensar ya en la gente que tienen detrás. En cualquier caso, la gente que tienen detrás está retrocediendo. Tienen suerte; ellos pueden.
Henrietta Clavard siente que una mano fría se cierra sobre la suya. Se vuelve y ve a Petra Searles. El pelo de Petra ha perdido las horquillas que lo sujetaban y cuelga lacio sobre sus mejillas.
– ¿Tienes un poco más de ese zumo de la alegría? -pregunta Petra, y consigue esbozar una espectral sonrisa de «Vámonos de fiesta».
– Lo siento, se me ha terminado -dice Henrietta.
– Bueno… Seguramente no importa.
– No te separes de mí, cielo -dice Henrietta-. Tú no te separes de mí. No nos va a pasar nada.
Pero, cuando Petra se asoma al fondo de los ojos de la anciana, no ve en ellos convicción ni esperanza. La fiesta casi ha llegado a su fin.
Ahora mira esto; fíjate bien. Ochocientas personas se aprietan contra la Cúpula, la cabeza levantada hacia arriba y los ojos muy abiertos, mirando cómo su inevitable final se acerca a toda velocidad.
Ahí están Johnny y Carrie Carver, y Bruce Yardley, que trabajaba en el Food City. Ahí están Tabby Morrell, propietario de un almacén de maderas que pronto habrá quedado reducido a remolinos de cenizas, y su mujer, Bonnie; Toby Manning, que despachaba en los almacenes; Trina Cole y Donnie Baribeau; Wendy Goldstone con su amiga, y profesora como ella, Ellen Vanedestine; Bill Allnut, que no ha querido ir a buscar el autobús, y su mujer, Sarah, que grita «Por el amor de Dios» mientras ve venir el fuego. Ahí están Todd Wendlestat y Manuel Ortega, alzando el rostro bobamente hacia el oeste, donde el mundo desaparece entre todo ese humo. Tommy y Willow Anderson, que nunca volverán a traer a ningún grupo de Boston a su local. Contémplalos a todos, un pueblo entero de espaldas a una pared invisible.
Detrás de ellos, los visitantes pasan de retroceder a batirse en retirada, y de la retirada a la huida. No se detienen en los autobuses e invaden la carretera en dirección a Motton. Unos cuantos soldados mantienen su posición, pero la mayoría tiran las armas, echan a correr tras la muchedumbre y no miran atrás más de lo que Lot miró atrás huyendo de Sodoma.
Cox no huye. Cox se acerca a la Cúpula y grita:
– ¡Eh, oiga! ¡Agente al mando!
Henry Morrison se vuelve, camina hacia donde está el coronel y apoya las manos en una dura e inescrutable superficie que no puede ver. Respirar se ha hecho muy difícil; un viento viciado, impulsado por la tormenta de fuego, golpea la Cúpula y se arremolina allí antes de rebotar otra vez hacia ese gigante ávido que se aproxima: un lobo negro con ojos rojos. Aquí, en el límite municipal de Motton, está el redil de corderos en el que saciará su apetito.