Julia se vuelve hacia él antes de que Barbie pueda impedírselo, le señala algo a lo lejos, abajo: una figura que avanza con dificultad por Black Ridge Road, tirando de un objeto con ruedas. A esa distancia, Barbie no es capaz de distinguir si el refugiado es un hombre o una mujer, y además no importa. Quien sea morirá de asfixia casi con toda seguridad mucho antes de llegar a algún punto elevado.
Estrecha la mano de Julia y acerca los labios a su oído.
– Tenemos que irnos. Dale la mano a Piper, y que ella se la dé a quien tenga al lado. Así todo el mundo.
– ¿Y ese de ahí? -grita ella, señalando todavía a la figura que avanza lentamente. Puede que lo que arrastra tras de sí sea una carretilla de niño. Está cargada con algo que debe de ser pesado, porque la figura avanza muy inclinada y se mueve muy despacio.
Barbie tiene que hacérselo comprender, porque ahora el tiempo apremia.
– No te preocupes por él. Volvemos a la granja. Ahora mismo. Que todo el mundo se dé la mano para que nadie se quede atrás.
Ella intenta volverse y mirarlo a los ojos, pero Barbie le impide moverse. Quiere estar cerca de su oído (literalmente), porque debe hacérselo comprender.
– Si no nos marchamos ahora mismo, podría ser demasiado tarde. Nos quedaremos sin aire.
En la 117, la furgoneta Datsun de Velma Winter encabeza un desfile de vehículos a la fuga. Lo único en lo que consigue pensar la mujer es en el fuego y el humo que ocupan todo su espejo retrovisor. Va a ciento diez cuando choca contra la Cúpula, cuya existencia ha olvidado por completo a causa del pánico (no es más que otro pájaro, dicho de otro modo, solo que en el suelo). La colisión tiene lugar en el mismo lugar en el que Billy y Wanda Debec, Nora Robichaud y Elsa Andrews cayeron en desgracia hace una semana, poco después de que apareciera la Cúpula. El motor de la furgoneta ligera de Velma sale propulsado hacia atrás y la secciona por la mitad. El segmento superior de su cuerpo atraviesa el parabrisas, deja un rastro de intestinos cual serpentinas, y se estrella contra la Cúpula igual que un jugoso gusano. Es el comienzo de un accidente en cadena de doce vehículos en el que mueren muchas personas. La mayoría solo resultan heridas, pero no sufrirán durante mucho tiempo.
Henrietta y Petra sienten el calor que se abalanza sobre ellas, igual que lo sienten los cientos de personas que se aprietan contra la Cúpula. El viento les alborota el pelo y les arruga la ropa, que pronto estará en llamas.
– Dame la mano, cielo -dice Henrietta, y Petra lo hace.
Ven que el gran autobús amarillo da un amplio giro de borracho. Se tambalea a lo largo de la cuneta, donde esquiva por muy poco a Richie Killian, que primero se hace a un lado y luego salta hacia delante con agilidad para agarrarse a la puerta trasera cuando el autobús pasa junto a él. Levanta los pies y se sube en cuclillas al parachoques.
– Espero que lo consigan -dice Petra.
– Yo también, cielo.
– Pero no creo que vaya a ser así.
Ahora, algunos de los ciervos que huyen dando saltos de la conflagración que se acerca también están en llamas.
Es Henry el que va al volante del autobús. Pamela está junto a él, agarrada a un poste de cromo. Los pasajeros son una docena de vecinos del pueblo, la mayoría de ellos ya habían subido antes porque sufrían algún problema físico. Entre ellos están Mabel Alston, Mary Lou Costas y su niña, que todavía lleva puesta la gorra de béisbol de Henry. El temible Leo Lamoine también va a bordo, aunque su problema parece ser más emocional que físico: está aullando de terror.
– ¡Písale fuerte y ve hacia el norte! -grita Pamela. El fuego casi ha llegado hasta ellos, está a menos de quinientos metros por delante y el sonido que produce hace temblar el mundo-. ¡Acelera como un cabrón y no te pares por nada!
Henry sabe que es inútil, pero también sabe que prefiere intentar escapar así que quedarse indefensamente encogido con la espalda contra la Cúpula, así que enciende las luces y pisa el acelerador. Pamela sale lanzada hacia atrás y cae en el regazo de Chaz Bender, el maestro (a Chaz lo han llevado al autobús cuando ha empezado a sentir palpitaciones), que agarra a Pammie para sujetarla bien. Se oyen chillidos y gritos de alarma, pero Henry apenas los percibe. Sabe que enseguida perderá de vista la carretera a pesar de los faros, pero ¿y qué? Como policía, ha recorrido en coche ese tramo un millar de veces.
Usa la fuerza, Luke, piensa, e incluso llega a reírse mientras se lanza hacia la llameante oscuridad con el pedal del acelerador pisado hasta el fondo. Colgado de la puerta trasera del autobús, Richie Killian de repente no puede respirar. Todavía le da tiempo de ver que tiene fuego en el brazo. Un momento después, la temperatura en el exterior del autobús se eleva hasta los cuatrocientos veinte grados y el chico queda calcinado en su pescante como un resto de carne en la parrilla caliente de una barbacoa.
Las luces que recorren el techo del autobús están encendidas y proyectan un brillo débil, como de cafetería a medianoche, sobre los rostros aterrorizados y bañados en sudor de los pasajeros, pero el mundo de ahí fuera se ha vuelto mortalmente negro. Torbellinos de cenizas se revuelven en los haces de luz radicalmente escorzados de los faros. Henry conduce de memoria, preguntándose cuándo reventarán los neumáticos bajo él. Sigue riendo, aunque no puede oírse por encima del chirrido de gato escaldado que hace el motor del 19. Se mantiene en la carretera; al menos eso sí lo consigue. ¿Cuánto tiempo falta para que pasen al otro lado del muro de fuego? ¿Cabe la posibilidad de que logren atravesarlo? Está empezando a pensar que podría ser. Dios bendito, ¿cuánto puede tener de ancho?
– ¡Lo vas a conseguir! -grita Pamela-. ¡Lo vas a conseguir!
A lo mejor, piensa Henry. A lo mejor sí. Pero, por Dios, ¡qué calor! Alarga la mano hacia la ruedecilla del aire acondicionado con la intención de girarla hasta MAX. FRÍO, y entonces las ventanas hacen implosión y el autobús se llena de fuego. Henry piensa: ¡No! ¡No! ¡Ahora que estamos tan cerca, no!
Sin embargo, cuando el autobús carbonizado sale de entre el humo, no ve más que un erial negro. Los árboles han quedado calcinados y convertidos en tocones brillantes, la carretera misma es una zanja burbujeante. Entonces, un abrigo de fuego le cae encima desde atrás, y Henry Morrison deja de ser consciente de nada. El 19 resbala sobre los restos de la carretera y vuelca mientras escupe llamas por todas las ventanas rotas. El cartel que rápidamente se ennegrece en la parte de atrás dice: ¡DESPACIO, AMIGO! ¡AMAMOS A NUESTROS NIÑOS!
Ollie Dinsmore corre hacia el establo todo lo deprisa que puede. Con la mascarilla de oxígeno del abuelito Tom colgando del cuello y cargando con dos botellas gracias a una fuerza que no sabía que tenía (la segunda la ha encontrado al atajar por el garaje), el chico corre hacia la escalera que lo llevará al sótano de las patatas. Desde arriba llegan ruidos de resquebrajamientos y gruñidos cuando el techo empieza a arder. En el lateral occidental del establo, las calabazas también empiezan a quemarse; un olor intenso y empalagoso, como Halloween en el infierno.
El fuego avanza hacia el sur de la Cúpula y acelera en los últimos cien metros; cuando se destruyen los establos de ordeño de Dinsmore se oye una explosión. Henrietta Clavard contempla el fuego que se acerca y piensa: Bueno, soy vieja. He tenido una vida. Eso es más de lo que puede decir esta pobre chica.
– Date la vuelta, cielo -le dice a Petra-, y apoya la cabeza en mi pecho.
Petra Searles levanta hacia Henrietta un rostro muy joven y surcado de lágrimas.
– ¿Dolerá?
– Solo un segundo, cielo. Cierra los ojos y, cuando los abras, estarás refrescándote los pies en un riachuelo.