Petra pronuncia sus últimas palabras:
– Eso suena bien.
Cierra los ojos; Henrietta hace lo mismo. El fuego las alcanza. Están ahí y, un segundo después… ya no están.
Cox sigue cerca, al otro lado de la Cúpula, y las cámaras continúan rodando desde la seguridad de su emplazamiento, en el solar del mercadillo. En Estados Unidos todo el mundo lo está viendo con una fascinación horrorizada. Los comentaristas se han quedado mudos de asombro y lo único que se oye es el fuego, que tiene mucho que decir.
Cox todavía ve por un momento la larga serpiente humana, aunque las personas que la componen no son más que siluetas recortadas contra el fuego. La mayoría de ellas (igual que los expatriados de Black Ridge, que por fin van de camino a la granja y sus vehículos) se dan la mano. Después, el fuego hierve contra la barrera y acaba con ellos. Como para compensar su desaparición, la Cúpula misma se hace visible: una enorme pared calcinada que sube hacia el cielo. Contiene casi todo el calor en su interior, pero una buena cantidad sale en un fogonazo que obliga a Cox a dar media vuelta y echar a correr. Se arranca la camisa humeante a la carrera.
El fuego ha avanzado siguiendo la diagonal que ha anticipado Barbie, ha arrasado Chester's Mills de noroeste a sudeste. Cuando se extinga, lo hará con una rapidez pasmosa. Lo que se ha llevado consigo es el oxígeno; lo que ha dejado tras de sí es metano, formaldehído, ácido hidroclórico, dióxido de carbono, monóxido de carbono y gases residuales igual de nocivos. También asfixiantes nubes de partículas de materia: casas desintegradas, árboles y, desde luego, personas.
Lo que ha dejado tras de sí es veneno.
22
Un convoy de veintiocho exiliados y dos perros se dirigía hacia el lugar en el que la Cúpula limitaba con el TR-90, conocido por los más viejos como Canton. Iban apretados en tres furgonetas, dos coches y la ambulancia. Cuando llegaron, el día se había oscurecido y el aire era cada vez más difícil de respirar.
Barbie pisó el freno del Prius de Julia hasta el fondo y corrió hacia la Cúpula, donde un preocupado teniente coronel del ejército y media docena de soldados se adelantaron para encontrarse con él. La carrera fue corta, pero cuando llegó a la franja pintada con spray rojo estaba sin aliento. El aire bueno desaparecía como el agua en un fregadero.
– ¡Los ventiladores! -gritó, jadeando, al teniente coronel-. ¡Enciendan los ventiladores!
Claire McClatchey y Joe bajaron de la furgoneta de los almacenes, ambos tambaleándose y respirando con mucho esfuerzo. La furgoneta de la compañía telefónica fue la siguiente en llegar. Ernie Calvert bajó, dio dos pasos y cayó de rodillas. Norrie y su madre intentaron ayudarlo a ponerse en pie. Las dos estaban llorando.
– Coronel Barbara, ¿qué ha sucedido? -preguntó el teniente coronel. Según la insignia de su uniforme de faena, se llamaba STRINGFELLOW-. Informe.
– ¡A la mierda su informe! -gritó Rommie. Llevaba en brazos a un niño semiinconsciente (Aidan Appleton). Thurse Marshall llegó tropezando tras él. Rodeaba con un brazo a Alice, que tenía toda la camiseta salpicada de purpurina pegada al cuerpo; la parte de delante estaba vomitada-. ¡A la mierda su informe, encienda esos ventiladores de una vez!
Stringfellow dio la orden y los refugiados se arrodillaron con las manos apoyadas en la Cúpula, inspirando con avidez la leve brisa de aire limpio que los enormes ventiladores conseguían hacer pasar a través de la barrera.
Detrás de ellos, el fuego arreciaba.
SUPERVIVIENTES
1
Solo trescientos noventa y siete de los dos mil habitantes de Chester's Mills han sobrevivido al fuego, la mayoría de ellos en el cuadrante nordeste del pueblo. Cuando caiga la noche y la sucia oscuridad del interior de la Cúpula sea absoluta, serán ciento seis.
El sábado por la mañana, cuando el sol sale y su débil brillo se filtra por la única parte de la Cúpula que no ha quedado carbonizada y completamente negra, la población de Chester's Mills es de solo treinta y dos personas.
2
Ollie cerró de golpe la puerta del sótano de las patatas antes de bajar corriendo la escalera. También accionó el interruptor que encendía las luces, sin saber si todavía funcionarían. Sí funcionaban. Mientras bajaba a trompicones al sótano del establo (allí hacía frío, aunque eso pronto cambiaría; ya podía sentir el calor que empezaba a empujar detrás de él), Ollie recordó el día, hacía cuatro años, en que los empleados de Ives Electric, de Castle Rock, se acercaron al establo para descargar el nuevo generador Honda.
«Más vale que este carísimo hijo de perra funcione bien -había dicho Alden mascando una brizna de hierba-, porque me he empeñado hasta las cejas para poder comprarlo.»
Había funcionado bien, y seguía haciéndolo, pero Ollie sabía que no duraría mucho más. El fuego se lo llevaría consigo igual que se había llevado todo lo demás. Le sorprendería que le quedara más de un minuto de luz.
Puede que dentro de un minuto ni siquiera esté vivo.
En el centro del sucio suelo de cemento estaba la calibradora de patatas, un enredo de correas, cadenas y engranajes que tenía aspecto de antiguo instrumento de tortura. Más allá había una montaña de papas. Había sido un buen otoño para las patatas, y los Dinsmore habían acabado de cosecharlas apenas tres días antes de que cayera la Cúpula. En un año normal y corriente, Alden y sus chicos las habrían calibrado durante todo noviembre para venderlas en el mercado de cooperativas de productores de Castle Rock y en varios puestos de carretera en Motton, Harlow y Tarker's Mills. Ese año las papas no darían dinero, pero Ollie pensó que a lo mejor le salvaban la vida.
Corrió hasta el pie del montón y se detuvo a examinar las dos botellas. El indicador de la que había encontrado en la casa decía que estaba a mitad de su capacidad, pero la aguja de la del garaje señalaba hasta bien arriba del sector verde. Ollie dejó caer al suelo de cemento la que estaba medio llena y conectó la mascarilla a la del garaje. Lo había hecho muchísimas veces cuando el abuelito Tom aún vivía, y no tardó más que unos segundos.
Justo cuando volvía a colgarse la mascarilla alrededor del cuello, las luces se apagaron.
El aire estaba cada vez más caliente. El chico se arrodilló y empezó a abrirse paso entre la fría mole de patatas empujándose con los pies, protegiendo la alargada botella con su cuerpo y arrastrándola bajo él con una mano. Con la otra realizaba extrañas brazadas de natación.
Entonces oyó que las patatas caían en avalancha por encima de él y, presa del pánico, luchó por contener el impulso de retroceder. Era como quedar enterrado vivo, y lo cierto es que, aunque no dejaba de repetirse que si no se enterraba vivo moriría sin remedio, no le servía de mucho. Boqueaba para respirar, tosía, tenía la sensación de inhalar tanta tierra de las patatas como aire. Se puso la mascarilla de oxígeno sobre el rostro y… nada.
Toqueteó la válvula de la botella durante lo que le pareció una eternidad, el corazón le latía con fuerza en el pecho, como un animal en una jaula. Unas flores rojas empezaron a abrirse tras sus ojos, en la oscuridad. El frío peso vegetal lo aplastaba. Estaba loco por intentar aquello, tan loco como lo estuvo su hermano Rory al disparar un tiro contra la Cúpula, e iba a pagar el precio. Iba a morir.
Por fin sus dedos encontraron la válvula. Al principio no había forma de hacerla girar, y entonces se dio cuenta de que estaba intentando girarla en la dirección equivocada. Después cambió la dirección de sus dedos y una bendita corriente de aire limpio inundó la mascarilla.
Ollie permaneció tumbado bajo las patatas, respirando entrecortadamente. Se removió un poco cuando el fuego hizo saltar la puerta de lo alto de la escalera; por un momento llegó a ver el lecho de tierra en el que yacía. La temperatura iba en aumento y él se preguntó si la botella medio llena que había dejado atrás explotaría. También se preguntó cuánto tiempo había conseguido ganar gracias a esa botella llena, y si había valido la pena.