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Después, una voz. Débil e incorpórea, como la voz de un fantasma. Se le pusieron los pelos de punta.

– ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me oye? Por favor… me muero.

Cielos, ¿no conocía él esa voz? Parecía la de… Ames tiró la bolsa de basura, corrió hacia la Cúpula y puso las manos sobre su superficie negra y aún caliente.

– ¡Chico de las vacas! ¿Eres tú?

Estoy loco, pensó. No puede ser. Nadie podría haber sobrevivido a esa tormenta de fuego.

– ¡AMES! -rugió el sargento Groh-. ¿Qué cojones está haciendo ahí?

Estaba a punto de volverse cuando oyó de nuevo la voz del otro lado de la barrera calcinada.

– Soy yo. No… -Se oyeron una serie de toses y gemidos irregulares-. No te vayas. Si estás ahí, soldado Ames, no te vayas.

Entonces apareció una mano. Era tan fantasmal como la voz, y los dedos dejaron una mancha en el hollín. Restregaba con la mano el interior de la Cúpula para dejar un hueco limpio. Un momento después apareció un rostro. Al principio, Ames no reconoció al chico de las vacas. Después se dio cuenta de que llevaba puesta una mascarilla de oxígeno.

– Casi no tengo aire -gimió el chico-. La aguja está en el rojo. Lleva así… media hora ya.

Ames miró los ojos angustiados del chico de las vacas, y el chico de las vacas le devolvió la mirada. Un único imperativo nació entonces en la mente de Ames: no podía dejar morir al chico de las vacas. No, después de todo a lo que había sobrevivido… a pesar de que le resultaba imposible imaginar cómo había logrado seguir con vida.

– Chico, escúchame. Arrodíllate ahí y…

– ¡Ames, capullo inútil! -bramó el sargento Groh, acercándose con grandes zancadas-. ¡Deje de tomarme el pelo y póngase a trabajar! ¡Hoy tengo cero paciencia para sus chorradas de mierda!

El soldado de primera Ames no le hizo caso. Estaba completamente concentrado en la cara que parecía mirarlo desde detrás de una mugrienta pared de cristal.

– ¡Déjate caer y aparta la porquería del fondo! Hazlo ya, chico, ¡ahora mismo!

El rostro cayó y se perdió de vista, dejando a Ames con la esperanza de que el chico de las vacas estuviera haciendo lo que le había dicho, y no que simplemente se hubiera desmayado.

La mano del sargento Groh cayó sobre su hombro.

– ¿Está sordo? Le he dicho…

– ¡Traiga los ventiladores, sargento! ¡Tenemos que traer los ventiladores!

– Pero ¿qué está diciend…?

– ¡Ahí hay alguien vivo! -gritó Ames a la cara del aterrorizado sargento Groh.

7

En la carretilla roja de Sam «el Desharrapado» quedaba una única botella de oxígeno cuando llegó al campo de refugiados que había junto a la Cúpula, y la aguja del indicador estaba justo por encima del cero. El hombre no puso objeción cuando Rusty le quitó la mascarilla y se la colocó a Ernie Calvert sobre la boca; se limitó a arrastrarse hasta la Cúpula, al lado de donde Barbie y Julia estaban sentados. Allí, el recién llegado se puso a gatas e inspiró profundamente. Horace, el corgi, que estaba junto a Julia, lo miró con interés.

Sam rodó hasta quedar tumbado de espaldas.

– No es mucho, pero es mejor que lo que tenía. El final de las botellas nunca sabe igual de bien que el principio.

Después, increíblemente, encendió un cigarrillo.

– Apaga eso, ¿estás loco? -dijo Julia.

– Me moría por uno -repuso Sam, inhalando con placer-. No se puede fumar cerca del oxígeno, ¿sabes? Lo más probable es que vueles por los aires. Aunque hay gente que lo hace.

– Déjalo tranquilo -dijo Rommie-. No será mucho peor que esta mierda que estamos respirando. Por lo que sabemos, la nicotina y el alquitrán podrían estar protegiéndole los pulmones.

Rusty se acercó y se sentó.

– Esa botella está vacía -dijo-, pero Ernie le ha sacado unas cuantas inhalaciones. Ahora parece descansar más tranquilo. Gracias, Sam.

Sam le quitó importancia con un gesto de la mano.

– Mi aire es tu aire, doc. O al menos lo era. Dime, ¿no se puede fabricar más con algún cacharro de la ambulancia? Los tipos que me traen las botellas… que me traían, al menos, antes de que este saco de mierda se esparciera delante del ventilador… podían fabricar más allí mismo, en su camión. Tenían un comosellama, una bomba o algo así.

– Un extractor de oxígeno -dijo Rusty-, y tienes razón, en la ambulancia hay uno. Por desgracia, está estropeado. -Enseñó los dientes, un gesto que pasó por una sonrisa-. Lleva estropeado desde hace tres meses.

– Cuatro -dijo Twitch, que también se acercó. Miraba el cigarrillo de Sam-. Supongo que no tendrás más de esos, ¿verdad?

– Ni se te ocurra -dijo Ginny.

– ¿Te da miedo que contamine este paraíso tropical de los fumadores pasivos, cielo? -preguntó Twitch, pero cuando Sam «el Desharrapado» le acercó su maltrecho paquete de American Eagles, Twitch dijo que no con la cabeza.

Rusty comentó:

– Yo mismo entregué la solicitud para reponer el extractor de oxígeno a la junta del hospital. Me dijeron que se habían quedado sin presupuesto, pero que a lo mejor podía conseguir un poco de ayuda en el pueblo. Así que envié la petición a la junta de concejales.

– A Rennie -dijo Piper Libby.

– A Rennie -confirmó Rusty-. Me contestaron con una carta tipo, diciendo que mi solicitud sería estudiada en la reunión presupuestaria de noviembre. Así que supongo que ya veremos entonces. -Agitó las manos hacia el cielo y se echó a reír.

Más gente se reunía a su alrededor, mirando a Sam con curiosidad y a su cigarrillo con horror.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí, Sam? -preguntó Barbie.

Sam estaba encantado de contar su historia. Empezó explicando cómo, de resultas del diagnóstico de enfisema, había acabado recibiendo entregas regulares de oxígeno gracias a EL SEGURO, y cómo a veces se le acumulaban las botellas llenas. Les dijo que había oído la explosión y les explicó lo que había visto al salir de la cabaña.

– Sabía lo que iba a suceder en cuanto vi lo grande que era -dijo. Su público incluía ahora a los militares del otro lado. Cox, vestido en calzoncillos y una camiseta interior caqui, estaba entre ellos-. Ya había visto incendios malos otras veces, cuando trabajaba en el bosque. Un par de veces tuvimos que soltarlo todo y ponernos a correr para escapar, y, si alguno de esos viejos camiones de International Harvester que teníamos en aquella época se hubiera quedado atascado, no lo habríamos conseguido. Los incendios de las copas son los peores, porque crean su propio viento. Enseguida he visto que iba a pasar lo mismo con este. Ha estallado algo cosa mala de grande. ¿Qué ha sido?

– Propano -dijo Rose.

Sam se acarició la barbilla, cubierta por un rastrojo de barba blanca.

– Sí, señor. Pero no todo era propano. Había también productos químicos, porque algunas de esas llamas eran verdes.

»Si hubiera venido hacia donde yo estaba, estaría acabado. Y vosotros, gente. Pero se fue para el sur. Por la forma del terreno o algo que ver con eso, no me extrañaría. Y también el cauce del río. En fin, sabía lo que iba a pasar y he sacado las botellas del bar del oxígeno…

– ¿Del qué? -preguntó Barbie.

Sam dio una última calada a su cigarrillo y luego lo apagó en la tierra.

– Ah, es el nombre que le he puesto a la cabaña donde tengo las botellas. En fin, tenía cinco llenas…

– ¡Cinco! -Thurston Marshall casi gimió.

– Sí, señor -dijo Sam con alegría-, pero no habría podido arrastrar cinco. Me hago mayor, ¿sabe?

– ¿No podría haber buscado un coche o un camión? -preguntó Lissa Jamieson.

– Señora, perdí el carnet de conducir hace siete años. O quizá ocho. Demasiadas multas por conducir borracho. Si me pillan otra vez al volante de cualquier cosa más grande que un kart, me encierran y tiran la llave.