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– ¿Podemos hablarlo?

– No, señor. Estoy decidido.

Big Jim asintió.

– Está bien, pues. ¿Puedo pronunciar antes unas palabras de oración? ¿Me concederías eso?

– Sí, señor, puede rezar si quiere. Pero que sea rápido. Esto también es difícil para mí, ¿sabe?

– Te creo. Eres un buen chico, hijo.

Carter, que no había llorado desde los catorce años, sintió un escozor en el rabillo del ojo.

– Llamarme «hijo» no le servirá de nada.

– Sí que me sirve. Y ver que estás afectado… eso también me sirve.

Big Jim arrastró su mole fuera del sofá y se arrodilló. Al hacerlo, tiró la caja de Froot Loops y soltó una risita triste.

– No ha sido una última comida muy especial, eso sí que te lo digo.

– No, seguramente no. Lo siento.

Big Jim, que ahora le daba la espalda, suspiró.

– Pero dentro de uno o dos minutos estaré comiendo rosbif a la mesa del Señor, así que no pasa nada. -Levantó un dedo rechoncho y se lo llevó a la parte alta de la nuca-. Justo aquí. En la raíz del cerebro. ¿De acuerdo?

Carter tragó lo que sentía como una enorme bola de borra seca.

– Sí, señor.

– ¿Quieres caer de rodillas conmigo, hijo?

Carter, que llevaba sin rezar aún más tiempo del que llevaba sin llorar, estuvo a punto de decir que sí. Después recordó lo ladino que podía ser el jefe. Seguramente en ese momento no estaba siendo ladino, seguramente ya no estaba para eso, pero Carter había visto al hombre en acción y no pensaba arriesgarse. Dijo que no con la cabeza.

– Diga sus oraciones. Y, si quiere llegar hasta el amén del final, será mejor que no tarde mucho.

Arrodillado de espaldas a Carter, Big Jim unió sus manos sobre el asiento del sofá, que seguía hundido por el peso nada despreciable de sus posaderas.

– Querido Dios, soy tu siervo James Rennie. Supongo que voy a verte, lo quiera o no. Han alzado el cáliz a mis labios y no puedo…

Se le escapó un enorme sollozo seco.

– Apaga la luz, Carter. No quiero llorar delante de ti. No es así como debería morir un hombre.

Carter alargó la pistola hasta que casi tocó con ella la nuca de Big Jim.

– Vale, pero esa ha sido su última voluntad. -Entonces apagó la luz.

Supo que había sido un error nada más hacerlo, pero ya era demasiado tarde. Oyó al jefe moverse, y lo hizo jodidamente deprisa para ser un hombretón con problemas cardíacos. Carter disparó y, en el fogonazo del tiro, vio aparecer un agujero de bala en el arrugado cojín del sofá. Big Jim ya no estaba arrodillado delante de él, pero no podía haber ido muy lejos, por muy rápido que se moviera. Cuando Carter apretó el botón de la linterna, Big Jim se abalanzó hacia delante con el cuchillo de carnicero del cajón de al lado de los fogones del refugio, y quince centímetros de acero penetraron en el vientre de Carter Thibodeau.

El chico gritó de dolor y volvió a disparar. Big Jim sintió zumbar la bala muy cerca de su oreja, pero no retrocedió. También él tenía un vigilante de la supervivencia, uno que le había servido maravillosamente bien a lo largo de los años, y esta vez le decía que si reculaba moriría. Se puso en pie como pudo, tirando del cuchillo hacia arriba, destripando a ese chico estúpido que había pensado que podía aprovecharse de Big Jim Rennie.

Carter volvió a gritar mientras lo abría en canal. Unas perlas de sangre salpicaron la cara de Big Jim, expulsadas por lo que él fervientemente esperaba que fuera el último aliento del muchacho. Empujó a Carter hacia atrás. En el haz de la linterna, tirada en el suelo, Carter se tambaleó haciendo crujir los Froot Loops caídos y agarrándose la barriga. La sangre manaba entre sus dedos. Intentó sostenerse en las estanterías dando zarpazos y cayó de rodillas bajo una lluvia de latas de sardinas de Vigo, Snow's Clam Fry-Ettes y sopas Campbell. Por un momento se quedó así, como si hubiera cambiado de opinión y al final hubiese decidido rezar una oración. Tenía el pelo pegado a la cara. Después, la mano le resbaló y se desplomó.

Big Jim pensó en el cuchillo, pero resultaba un esfuerzo demasiado intenso para un hombre que padecía del corazón (volvió a prometerse que iría a que se lo miraran en cuanto terminara esa crisis). Así que, recogió el arma de Carter y se acercó al muy idiota.

– ¿Carter? ¿Sigues con nosotros?

Carter gimió, intentó volverse, se rindió.

– Voy a descerrajarte uno justo en la nuca, igual que habías propuesto tú. Pero antes quiero darte un último consejo. ¿Me estás escuchando?

Carter volvió a gemir. Big Jim lo tomó por un sí.

– El consejo es este: a un buen político nunca le des tiempo para rezar.

Big Jim apretó el gatillo.

12

– ¡Creo que se está muriendo! -gritó el soldado Ames-. ¡Creo que el chico se muere!

El sargento Groh se arrodilló junto a Ames e intentó mirar por la ranura sucia del fondo de la Cúpula. Ollie Dinsmore estaba tumbado de lado, con los labios casi apretados contra una superficie que podían ver gracias a la porquería que seguía pegada a ella. Con su mejor voz de sargento gritando órdenes, Groh vociferó:

– ¡Eh! ¡Ollie Dinsmore! ¡Al frente!

Lentamente, el chico abrió los ojos y miró a los dos hombres que tenía a menos de treinta centímetros pero en un mundo más frío y más limpio.

– ¿Qué? -murmuró.

– Nada, hijo -dijo Groh-. Vuelve a dormir.

Groh se volvió hacia Ames.

– No se lo haga en las bragas, soldado. El chico está bien.

– No está bien. ¡Solo hay que mirarlo!

Groh agarró a Ames del brazo y lo ayudó (sin descortesía) a ponerse en pie.

– No -convino en voz baja-. No está ni siquiera un poco bien, pero está vivo y duerme, y ahora mismo es lo más que podemos pedir. Así consumirá menos oxígeno. Vaya a buscar algo de comer. ¿Ha desayunado ya?

Ames dijo que no con la cabeza. Ni siquiera se le había ocurrido pensar en el desayuno.

– Quiero quedarme por si vuelve a despertarse. -Hizo una pausa, luego se lanzó-. Quiero estar aquí si muere.

– Eso no va a suceder en un buen rato -dijo Groh. No tenía ni idea de si era cierto o no-. Vaya a buscar algo al camión, aunque no sea más que una loncha de mortadela envuelta en una rebanada de pan. Tiene muy mal aspecto, soldado.

Ames sacudió la cabeza en dirección al chico que dormía sobre el suelo calcinado con la boca y la nariz ladeadas hacia la Cúpula. Su rostro estaba surcado de mugre, apenas podían ver cómo su pecho se alzaba y se hundía.

– ¿Cuánto tiempo cree que le queda, sargento?

Groh sacudió la cabeza.

– Seguramente no mucho. En el grupo del otro lado ya ha muerto alguien esta mañana. A muchos de los demás no les va demasiado bien. Y allí las cosas están mejor. Más limpio. Vaya haciéndose a la idea.

Ames sintió que estaba a punto de echarse a llorar.

– El chico ha perdido a toda su familia.

– Vaya a buscar algo de comer. Yo me quedaré hasta que vuelva.

– Pero, después de eso, ¿podré quedarme?

– El chico lo quiere a usted, soldado, y le tendrá a usted. Puede quedarse hasta el final.

Groh contempló a Ames marchar a paso ligero hacia una mesa que había cerca del helicóptero, donde habían preparado algo de comida. Allí fuera eran las diez en punto de una bonita mañana de finales de otoño. El sol brillaba y terminaba de derretir una gruesa capa de escarcha. Sin embargo, a solo unos metros de distancia había un mundo burbuja en perpetua penumbra, un mundo en el que el aire era irrespirable y el tiempo había dejado de tener ningún sentido. Groh recordó el estanque del parque del pueblo en el que había crecido. Eso fue en Wilton, Connecticut. En el estanque vivían carpas doradas, unos bichos grandes y viejos. Los niños solían darles de comer. Hasta que un día uno de los encargados tuvo un accidente con un fertilizante. Adiós peces. La decena o docena de carpas acabaron flotando muertas en la superficie.