AI mirar al chico mugriento que dormía al otro lado de la Cúpula le resultaba imposible no recordar esas carpas… solo que un chico no era un pez.
Ames regresó comiendo algo que estaba claro que no le apetecía. No era un gran soldado, en opinión de Groh, pero era buen chaval y tenía buen corazón.
El soldado Ames se sentó. El sargento Groh se sentó a su lado. A eso del mediodía, recibieron un informe del lado norte de la Cúpula: otro de los supervivientes había muerto. Un niño pequeño que se llamaba Aidan Appleton. Otro niño. Groh pensó que tal vez había conocido a su madre el día antes. Esperaba estar equivocado, pero no creía que fuera así.
– ¿Quién ha hecho esto? -preguntó Ames-. ¿Quién ha planeado esta mierda, sargento? ¿Y por qué?
Groh sacudió la cabeza.
– Ni idea.
– ¡Es que no tiene ningún sentido! -gritó Ames. Algo más allá, Ollie se movió, le faltó el aliento y acercó una vez más su rostro dormido a la escasa brisa que atravesaba la barrera.
– No lo despierte -dijo Groh, pensando: Si nos deja mientras duerme, será mejor para todos.
13
A eso de las dos, todos los exiliados estaban tosiendo excepto (increíble pero cierto) Sam Verdreaux, a quien parecía que el aire viciado le sentaba estupendamente, y Little Walter Bushey, que no hacía nada más que dormir y succionar la ración de leche o zumo que le daban de vez en cuando. Barbie estaba sentado contra la Cúpula, rodeando a Julia con un brazo. No muy lejos, Thurston Marshall había permanecido junto al cadáver cubierto del pequeño Aidan Appleton, muerto de una forma horriblemente repentina. Thurse, que no dejaba de toser, tenía a Alice en su regazo. La niña se había quedado dormida llorando. Seis metros más allá, Rusty estaba acurrucado con su mujer y sus hijas, que también lloraron hasta conciliar el sueño. Rusty trasladó el cadáver de Audrey a la ambulancia para que las niñas no tuvieran que verlo. Contuvo la respiración todo el rato; a solo trece metros hacia el interior de la Cúpula, el aire se volvía asfixiante, mortífero. En cuanto recuperó el aliento, supuso que tendría que hacer lo mismo con el pequeño. Audrey sería una buena compañía para él; siempre le habían gustado los niños.
Joe McClatchey se dejó caer junto a Barbie. Ahora sí que parecía un espantapájaros. Su pálido rostro estaba salpicado de acné y bajo los ojos tenía unos semicírculos de piel amoratada, con aspecto de magulladura.
– Mi madre está dormida -dijo Joe.
– Julia también -replicó Barbie-, así que no hables muy alto.
Julia abrió un ojo.
– No duermo -dijo, y enseguida volvió a cerrarlo. Tosió, se calmó y luego tosió un poco más.
– Benny está muy mal -dijo Joe-. Le está subiendo la fiebre, como al niño pequeño antes de morir. -Dudó un momento-. Mi madre también está bastante caliente. A lo mejor es solo porque aquí la temperatura es muy alta, pero… No creo que sea eso. ¿Y si muere? ¿Y si morimos todos?
– Eso no pasará -respondió Barbie-. Se les ocurrirá algo.
Joe negó con la cabeza.
– No se les ocurrirá nada. Y lo sabe. Porque están fuera. Nadie de fuera puede ayudarnos. -Miró hacia el ennegrecido erial en el que un día antes había existido un pueblo, y rió (un sonido ronco, áspero, más terrible aún porque contenía cierta diversión)-. Chester's Mills existía como pueblo desde 1803, eso aprendíamos en el colegio. Más de doscientos años. Y en una semana ha quedado arrasado de la faz de la Tierra. Ha bastado una puta semana. ¿Qué le parece eso, coronel Barbara?
A Barbie no se le ocurrió nada que decir.
Joe se tapó la boca, tosió. Detrás de ellos, los ventiladores seguían rugiendo y rugiendo.
– Soy un chico listo. ¿Sabe? Quiero decir que no es una fanfarronada… que soy listo de verdad.
Barbie recordó la transmisión de vídeo que el niño había organizado cerca del punto de impacto del misil.
– Sin discusión, Joe.
– En una película de Spielberg sería el niño listo al que se le ocurriré la solución en el último minuto, ¿verdad?
Barbie sintió que Julia volvía a moverse. Estaba vez tenía los dos ojos abiertos y miraba a Joe muy seria.
Al niño le caían lágrimas por ambas mejillas.
– Menudo niño de Spielberg he resultado. Si esto fuera Parque Jurásico, los dinosaurios se nos comerían.
– Ojalá se cansen -dijo Julia, somnolienta.
– ¿Eh? -Joe la miró parpadeando.
– Los cabeza de cuero. Los niños cabeza de cuero. Se supone que los niños siempre se cansan de sus juegos y se marchan a hacer otra cosa. O… -tosió con fuerza- o que sus padres los llaman para que vayan a casa a cenar.
– Quizá no comen -dijo Joe con pesimismo-. Quizá ni siquiera tienen padres.
– O quizá para ellos el tiempo es diferente -dijo Barbie-. Quizá en su mundo se quedan sentados alrededor de su versión de la caja y ya está. Puede que para ellos el juego solo consista en empezar. Ni siquiera podemos estar seguros de que sean niños.
Piper Libby se unió a ellos. Tenía la cara sofocada y el pelo pegado a las mejillas.
– Son niños -dijo.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Barbie.
– Lo sé y punto. -Sonrió-. Ellos son el Dios en el que dejé de creer hace unos tres años. Dios ha resultado ser una panda de niños traviesos que juegan a la X-Box Interestelar. ¿No es gracioso? -Su sonrisa se ensanchó, y luego rompió a llorar.
Julia miraba hacia la caja y su destellante luz violeta. Tenía una expresión meditabunda y algo somnolienta.
14
Es sábado por la noche en Chester's Mills. Esta es la noche en que solían reunirse las señoras de Eastern Star (y después de la reunión a veces iban a casa de Henrietta Clavard a beber un poco de vino y soltar sus mejores chistes verdes). Es la noche en que Peter Randolph y sus amigotes solían jugar al póquer (y también soltar sus mejores chistes verdes). La noche en que Stewart y Fern Bowie iban a veces a Lewiston a por los servicios de un par de zorras en un puticlub de Lower Lisbon Street. La noche en que el reverendo Lester Coggins solía celebrar reuniones de oración para adolescentes en una sala de la casa parroquial del Cristo Redentor, y Piper Libby organizaba bailes para adolescentes en el sótano de la Congregación. La noche en que el Dipper's solía estar a tope hasta la una (y a eso de las doce y media la concurrencia empezaba a pedir a gritos, borracha, que tocaran su himno, «Dirty Water», una canción que todas las bandas de Boston conocían muy bien). La noche en que Howie y Brenda Perkins salían a dar un paseo por la plaza del pueblo, cogidos de la mano, saludando a las demás parejas que conocían. La noche en que se sabía que Alden Dinsmore, su mujer, Shelley, y sus dos hijos jugaban a pasarse la pelota bajo la luz de la luna llena. En Chester's Mills (como en la mayoría de las localidades pequeñas donde todos apoyan al equipo), los sábados por la noche solían ser las mejores noches, hechas para bailar, follar y soñar.
Esta no. Esta es negra y parece interminable. El viento ha muerto. No sopla ni una triste brisa de ese aire caliente. Allí donde estaba la carretera 119 hasta que el calor de horno la fundiera, Ollie Dinsmore yace en la escoria con la cara apretada contra su agujero, aferrándose todavía a la vida con tozudez, y, solo cuarenta y seis centímetros más allá, el soldado Clint Ames continúa su paciente guardia. A algún tipo brillante se le había ocurrido la idea de iluminar al chico con un foco; Ames (apoyado por el sargento Groh, que al final no es tan ogro) ha conseguido evitarlo, arguyendo que iluminar a alguien con focos mientras duerme es lo que se hace con los terroristas, y no con un adolescente que seguramente estará muerto antes de que salga el sol. Pero Ames tiene una linterna, y de cuando en cuando enfoca al chico con ella para asegurarse de que sigue respirando. Sí que respira, pero cada vez que Ames vuelve a encender la linterna, teme que su respiración superficial se haya detenido. En realidad, parte de él ya ha empezado a desear que suceda. Parte de él ha empezado a aceptar la realidad: no importa lo ingenioso que haya resultado ser Ollie Dinsmore ni lo heroicamente que haya luchado, no tiene futuro. Ser testigo de cómo sigue peleando es terrible. No mucho antes de la medianoche, el soldado Ames se queda dormido, sentado, asiendo la linterna sin mucha fuerza con una mano.