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Big Jim volvió a chillar. El refugio nuclear estaba lleno de gente muerta que, sin embargo, respiraba ese aire cada vez más nauseabundo. Se le estaban acercando. Aún en la oscuridad, era capaz de ver sus pálidos semblantes. Veía los ojos de su hijo muerto.

Big Jim se levantó del sofá como empujado por un resorte, sacudiendo los puños en el aire negro.

– ¡Marchaos! ¡Alejaos todos de mí!

Salió a la carga hacia la escalera y tropezó con el último escalón. Esta vez no había alfombra para amortiguar el golpe. La sangre le anegó los ojos. Una mano muerta le acarició la nuca.

– Tú me mataste -dijo Lester Coggins, pero su mandíbula rota hizo que sonara «uuu e aaeee».

Big Jim subió corriendo la escalera y arremetió con su considerable peso contra la puerta que había en lo alto. Se abrió con un chirrido, empujando los maderos carbonizados y los ladrillos caídos que la atascaban. La abertura bastaba para que Rennie pudiera pasar por ella.

– ¡No! -gritó-. ¡No, no me toquéis! ¡Que ninguno de vosotros me toque!

En las ruinas de la sala de plenos del ayuntamiento estaba casi tan oscuro como en el refugio, pero con una diferencia: el aire era irrespirable.

Big Jim se dio cuenta de eso a la tercera inspiración. Su corazón, torturado más allá de lo soportable por esa última atrocidad, le saltó de nuevo a la garganta. Esta vez se quedó ahí atascado.

De repente sintió como si estuvieran aplastándolo desde la garganta hasta el ombligo con un peso terrible: un largo saco de arpillera lleno de piedras. Intentó regresar a la puerta como pudo, caminando como si avanzara por un lodazal. Quiso colarse por la abertura, pero esta vez se quedó atascado. De su boca abierta y su garganta cerrada empezó a salir un sonido horroroso, y ese sonido era: «AAAAAA: dame de comer dame de comer dame de comer».

Se sacudió una vez, otra, y luego una más: la mano extendida, intentando aferrarse a una última salvación.

Desde el otro lado la acariciaron. «Papáaa», canturreó una voz suave.

16

Alguien zarandeó a Barbie y lo despertó justo antes del alba de la mañana del domingo. Volvió en sí de mala gana, tosiendo, inclinándose instintivamente hacia la Cúpula y los ventiladores de más allá. Cuando la tos por fin remitió, miró para ver quién lo había despertado. Era Julia. El pelo le colgaba lacio y sus mejillas ardían de fiebre, pero tenía la mirada clara y dijo:

– Benny Drake murió hace una hora.

– Oh, Julia. Dios. Lo siento. -Tenía la voz ronca y cascada, ya no era su voz.

– Tengo que llegar hasta la caja que genera la Cúpula -dijo-. ¿Cómo llego hasta la caja?

Barbie negó con la cabeza.

– Es imposible. Aunque pudieras hacerle algo, está en Black Ridge, a casi ochocientos metros de aquí. Ni siquiera podemos llegar a las furgonetas sin contener la respiración, y solo están a quince metros.

– Hay una forma -dijo alguien.

Se volvieron y vieron a Sam Verdreaux «el Desharrapado». Se estaba fumando el último de sus cigarrillos y los miraba con ojos sobrios. Sam estaba sobrio; completamente sobrio por primera vez en ocho años.

Repitió:

– Hay una forma. Os la puedo enseñar.

PÓNTELO PARA IRTE A CASA, PARECERÁ QUE LLEVAS UN VESTIDO

1

Eran las siete y media de la mañana. Todos, incluso la madre del difunto Benny Drake, con los ojos rojos, habían formado un círculo. Alva tenía un brazo sobre los hombros de Alice Appleton. No quedaba ni rastro del descaro y el valor de la niña, y cuando respiraba se oía un pitido en su diminuto pecho.

Cuando Sam acabó de hablar, hubo un momento de silencio… salvo, por supuesto, el omnipresente rugido de los ventiladores. Entonces Rusty dijo:

– Es una locura. Vas a morir.

– Y si nos quedamos aquí, ¿viviremos? -preguntó Barbie.

– ¿Cómo se te ha ocurrido intentar algo así? -inquirió Linda-. Aunque la idea de Sam funcione y lo logres…

– Oh, creo que funcionará -terció Rommie.

– Claro que sí -dijo Sam-. Un tipo llamado Peter Bergeron me lo dijo, poco después del gran incendio ocurrido en Bar Harbor en el cuarenta y siete. Pete podía ser muchas cosas, pero nunca un mentiroso.

– Aunque al final resulte -dijo Linda-, ¿por qué?

– Porque hay una cosa que no hemos intentado -respondió Julia. Ahora que había tomado una decisión y que Barbie había dicho que la acompañaría, se sentía serena y tranquila-. No hemos intentado suplicar.

– Estás loca, Jules -le espetó Tony Guay-. ¿Crees que te oirán? ¿O que, si te oyen, te escucharán?

Julia se volvió hacia Rusty con semblante grave.

– Cuando tu amigo George Lathrop quemaba hormigas vivas con la lupa, ¿oíste que suplicaran?

– Las hormigas no pueden suplicar, Julia.

– Tú dijiste: «Me di cuenta de que las hormigas también tienen su vida». ¿Por qué te diste cuenta?

– Porque… -Dejó la respuesta en el aire y se encogió de hombros.

– Quizá las oíste -dijo Lissa Jamieson.

– Con el debido respeto, eso es una chorrada -dijo Pete Freeman-. Las hormigas son hormigas. No pueden suplicar.

– Pero la gente sí -replicó Julia-. ¿Y acaso no tenemos también nuestra vida?

Todos se quedaron en silencio.

– ¿Qué otra cosa podríamos probar?

Detrás de ellos, intervino el coronel Cox. Se habían olvidado de él. El mundo exterior y sus habitantes les parecían irrelevantes ahora.

– Yo en su lugar lo intentaría. No quiero empujarles, pero… sí. Lo haría. ¿Barbie?

– Ya les he dicho que estoy de acuerdo -dijo Barbara-. Julia tiene razón. Es nuestra única opción.

2

– Veamos las bolsas -dijo Sam.

Linda le dio tres bolsas de la basura de color verde. En dos de ellas había guardado la ropa para ella y Rusty y unos cuantos libros para las niñas (las camisas, los pantalones, los calcetines y la ropa interior estaba tirada detrás del pequeño grupo de supervivientes). Rommie había donado la tercera, que había utilizado para llevar dos escopetas de caza. Sam examinó las tres, encontró un agujero en la bolsa de las armas y la apartó a un lado. Las otras dos estaban intactas.

– De acuerdo -dijo-. Escuchad con atención. Utilizaremos el monovolumen de la señora Everett para acercarnos a la caja, pero antes lo necesitamos aquí. -Señaló el Honda Odyssey-. ¿Está segura de que las ventanas están cerradas? Tienen que estarlo, varias vidas dependerán de ello.

– Estaban cerradas -dijo Linda-. Habíamos encendido el aire acondicionado.

Sam miró a Rusty.

– Tiene que traerla hasta aquí, Doc, pero lo primero que tiene que hacer es apagar el aire. Entiende el motivo, ¿verdad?

– Para proteger el entorno dentro del vehículo.

– Entrará un poco de aire nocivo cuando abra la puerta, claro, pero no mucho si se da prisa. En el interior aún quedará aire sano. Aire del pueblo. Suficiente para que los ocupantes respiren tranquilamente hasta llegar a la caja. La camioneta vieja no sirve de nada, y no solo porque tenga las ventanas abiertas…

– Tuvimos que hacerlo -dijo Norrie, que miró hacia la camioneta robada de la compañía telefónica-. El aire acondicionado estaba estropeado. Lo dijo el abuelo. -Un lágrima brotó lentamente de su ojo izquierdo y abrió un surco entre la suciedad de la mejilla. Todo estaba sucio, cubierto por una capa de hollín, tan fina que casi no se veía pero que caía del cielo opaco.

– No pasa nada, cielo -le dijo Sam-. Además, esos neumáticos no valen una mierda. Basta echarles un vistazo para saber de dónde ha salido ese cacharro.

– Entonces supongo que si necesitamos otro vehículo será una camioneta -dijo Rommie-. Iré a buscarla.

Sin embargo, Sam negó con la cabeza.

– Es mejor que utilicemos el coche de la señora Shumway, los neumáticos son más pequeños y serán más fáciles de manejar. Además, son nuevos. El aire de su interior será más fresco.

Joe McClatchey sonrió de oreja a oreja.

– ¡El aire de los neumáticos! ¡Tenemos que pasar el aire de los neumáticos a las bolsas de basura! ¡Serán botellas de submarinismo caseras! ¡Señor Verdreaux, es un genio!

Sam «el Desharrapado» también sonrió, mostrando los seis dientes que le quedaban.

– La idea no es mía, hijo. Es mérito de Pete Bergeron. Me contó la historia de unos hombres que se quedaron atrapados en el incendio de Bar Harbor. Sobrevivieron y se encontraban en buen estado, pero cuando las llamas se extinguieron el aire era irrespirable. De modo que lo que hicieron fue coger la rueda de un camión maderero y turnarse para inspirar aire de la válvula hasta que el viento limpió el aire exterior. Pete dijo que sabía a rayos, como un pescado muerto, pero sobrevivieron.

– ¿Bastará con una rueda? -preguntó Julia.

– Quizá, pero si la rueda de recambio es uno de esos donuts de emergencia que solo sirven para recorrer treinta kilómetros por autopista, no podemos fiarnos.

– No lo es -dijo Julia-. Odio esas ruedas. Le pedí a Johnny Carver que me consiguiera una nueva, y lo hizo. -Miró hacia el pueblo-. Supongo que ahora Johnny está muerto. Al igual que Carrie.

– Es mejor que quitemos una de las del coche, por si acaso -dijo Barbie-. Llevas gato, ¿verdad?

Julia asintió.

Rommie Burpee sonrió sin demasiado humor.

– Te echo una carrera, Doc. Tu camioneta contra el híbrido de Julia.

– Yo conduciré el Prius -terció Piper-. Quédate donde estás, Rommie. Estás hecho una mierda.

– Menudo vocabulario para ser una reverenda -gruñó Rommie.

– Deberías dar gracias de que aún me sienta con fuerzas para decir palabrotas. -En realidad, la reverenda Libby no tenía pinta de que le quedaran fuerzas para nada, pero aun así Julia le dio las llaves de su coche. Ninguno de ellos parecía en condiciones para salir a tomar unas copas y mover el esqueleto, y Piper estaba en mejor forma que algunos; Claire McClatchey estaba pálida como una vela.

– De acuerdo -dijo Sam-. Tenemos otro problemilla, pero antes…

– ¿Qué? -preguntó Linda-. ¿Qué otro problema?

– No te preocupes por eso ahora. Antes pongámonos en marcha. ¿Cuándo quieres intentarlo?

Rusty miró a la reverenda congregacional de Chester's Mills. Piper asintió.

– No hay mejor momento que el presente -dijo Rusty.