– ¡No podemos permitir que esto dé al traste con nuestro plan! -exclamó Julia. Barbie notó la frustración y un punto de pánico en su voz-. ¡A la porra las bolsas! ¡Nos llevaremos los neumáticos y respiraremos directamente de ellos!
Sam negó con la cabeza de inmediato.
– No sirve, señorita. Lo siento pero no puede ser.
Linda se agachó junto a la Cúpula, respiró hondo varias veces y aguantó la respiración. Entonces se dirigió a la parte de atrás de su Odyssey, limpió el hollín de la ventana trasera y miró en el interior.
– La bolsa aún está ahí -dijo-. Gracias a Dios.
– ¿Qué bolsa? -preguntó Rusty, que la agarró de los hombros.
– La de Best Buy, con tu regalo de cumpleaños. Es el ocho de noviembre, ¿o es que lo habías olvidado?
– Pues sí. Adrede. ¿Quién quiere cumplir los cuarenta? ¿Qué es?
– Sabía que si lo metía en casa antes de que lo envolviera, lo encontrarías… -Miró a los demás, con el rostro solemne y tan sucio como un niño de la calle-. Es un cotilla, de modo que lo dejé en el coche.
– ¿Qué le compraste, Linnie? -preguntó Jackie Wettington.
– Espero que sea un regalo para todos nosotros -dijo Linda.
5
Cuando estuvieron listos, Barbie, Julia y Sam «el Desharrapado» abrazaron y besaron a todo el mundo, incluso a los niños. Los rostros de las casi dos docenas de exiliados que iban a quedarse atrás no reflejaban demasiadas esperanzas. Barbie intentó decirse a sí mismo que se debía al cansancio y a las dificultades para respirar, pero sabía que la realidad era bien distinta. Eran besos de despedida.
– Buena suerte, coronel Barbara -dijo Cox.
Barbie asintió con un leve gesto de la cabeza y se volvió hacia Rusty, que era importante de verdad, porque estaba bajo la Cúpula.
– No pierdas la esperanza y no dejes que los demás la pierdan. Si esto no funciona, cuida de ellos hasta cuando puedas y tan bien como puedas.
– Oído. Hazlo lo mejor que puedas.
Barbie señaló con la cabeza a Julia.
– Creo que depende más de ella. Y qué demonios, tal vez incluso logremos regresar aunque no salga bien.
– Estoy seguro -dijo Rusty, que pareció sincero, pero su mirada lo delató.
Barbie le dio una palmada en el hombro y luego se reunió con Sam y Julia, junto a la Cúpula, respirando profundamente el aire fresco que lograba filtrarse. Le preguntó a Sam:
– ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
– Sí. Estoy en deuda con alguien.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Julia.
– Preferiría no decirlo. -Esbozó una pequeña sonrisa-. Sobre todo frente a la periodista del pueblo.
– ¿Lista? -le preguntó Barbie a Julia.
– Sí. -Lo agarró de la mano y le dio un apretón fuerte y fugaz-. En la medida en que pueda estarlo.
6
Rommie y Jackie Wettington se situaron junto a las puertas de atrás del monovolumen. Cuando Barbie gritó «¡Ya!», Jackie abrió las puertas y Rommie lanzó los dos neumáticos del Prius al interior. Barbie y Julia se metieron dentro inmediatamente después, y las puertas se cerraron tras ellos al cabo de una fracción de segundo. Sam Verdreaux, viejo y muy castigado por la bebida, pero aun así ágil como un felino, ya estaba al volante del Odyssey, acelerando.
El aire del interior del monovolumen apestaba como el del exterior, una mezcla de madera quemada y hedor subyacente de pintura y aguarrás, pero era mejor que lo que habían respirado junto a la Cúpula, a pesar de la ayuda de las docenas de ventiladores.
No tardará en empeorar, pensó Barbie. No puede durar mucho siendo tres aquí dentro.
Julia cogió la bolsa con los característicos colores negro y amarillo de Best Buy y le dio la vuelta. Lo que cayó fue un cilindro de plástico con las palabras PERFECT ECHO. Y debajo: 50 CD VÍRGENES. Intentó quitar el precinto de celofán pero se resistía. Barbie hurgó en el bolsillo para sacar la navaja y se le cayó el alma a los pies. No encontraba la navaja. Claro que no. Ahora no era más que un montón de escoria bajo los restos de la comisaría.
– ¡Sam! ¡Por favor, dime que tienes una navaja!
Sam le lanzó una sin abrir la boca.
– Era de mi padre. La he llevado encima toda la vida y quiero que me la devuelvas.
El mango de la navaja era de una madera muy pulida por el uso, pero cuando la abrió, comprobó que la hoja estaba muy afilada. Serviría para quitar el precinto y para pinchar las ruedas.
– ¡Date prisa! -gritó Sam, que pisó con más fuerza el acelerador del Odyssey-. ¡No vamos a ponernos en marcha hasta que me avises, pero dudo que el motor aguante mucho más con este aire tan sucio!
Barbie rajó el precinto y Julia lo quitó. Cuando le dio la vuelta al cilindro de plástico hacia la izquierda, cayó. Los CD vírgenes que iban a ser el regalo de cumpleaños de Rusty Everett estaban en una bobina de plástico negro. Tiro los CD al suelo de la camioneta, y agarró la bobina. Apretó los labios a causa del esfuerzo.
– Déjame intent… -dijo Barbie, pero Julia partió la bobina.
– Las chicas también son fuertes. Sobre todo cuando están muertas de miedo.
– ¿Está hueco? Como no lo esté, volveremos a la casilla de salida.
Se acercó la bobina a la cara. Barbie miró por un lado y vio el ojo azul de Julia en el otro extremo.
– En marcha, Sam -dijo Barbara-. Todo listo.
– ¿Estás seguro de que funcionará? -preguntó Sam a gritos, mientras metía la marcha.
– ¡Y que lo digas! -respondió Barbie, porque de haber dicho «¿Cómo demonios quieres que lo sepa?» no le habría infundido ánimos a nadie. Ni siquiera a sí mismo.
7
Los supervivientes de la Cúpula observaban en silencio mientras el monovolumen avanzaba por el camino de tierra que conducía a lo que Norrie Calvert llamaba «la caja de los destellos». El Odyssey se adentró en la neblina, se convirtió en un fantasma y desapareció.
Rusty y Linda se encontraban uno junto al otro, cada uno con una niña en brazos.
– ¿Qué opinas, Rusty? -preguntó Linda.
El respondió:
– Creo que tenemos que esperar lo mejor.
– ¿Y prepararnos para lo peor?
– Eso también.
8
Pasaban frente a la granja cuando Sam dijo: -Vamos a entrar en el manzanar. Apretaos los machos porque no pienso frenar este cabrón aunque le destroce los bajos.
– ¡Adelante! -exclamó Barbie, en el momento en que una sacudida lo hizo volar por el aire aferrado a uno de los neumáticos. Julia se agarraba al otro, como una náufraga a un salvavidas. Los manzanos pasaron fugazmente. Las hojas parecían sucias, marchitas. La mayoría de la fruta había caído al suelo a causa del fuerte viento que azotó el campo tras la explosión.
Otra fuerte sacudida. Barbie y Julia volaron y cayeron juntos; ella sobre el regazo de Barbie, que no soltaba su rueda.
– ¿Dónde te dieron el carnet, viejo tarado? -gritó Barbie-. ¿En Sears and Roebuck?
– ¡En Walmart! -respondió el anciano a grito pelado-. ¡Todo es más barato en el mundo de Wally! -Entonces dejó de reír-. La veo. Veo a la zorra de los destellos. Es una luz púrpura brillante. Me detendré a su lado. Esperad a pinchar los neumáticos cuando hayamos parado, a menos que queráis rajarlos.
Un instante después pisó el freno hasta el fondo y detuvo el Odyssey con una sacudida que hizo que Barbie y Julia se empotraran contra el asiento trasero. Ahora sé lo que siente una bola de la máquina del millón, pensó Barbie.
– ¡Conduces como un taxista de Boston! -exclamó Julia, indignada.
– Tú no olvides… -un ataque de tos le obligó a dejar la respuesta a medias- que la propina es del veinte por ciento. -Parecía que se ahogaba.
– ¿Sam? -preguntó Julia-. ¿Estás bien?