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– ¡Entonces dame tu mente!

La niña cabeza de cuero no quiere. No piensa hacerlo.

De modo que Julia se la coge.

11

Este es el lugar que no es un lugar:

Hace frío en el quiosco y ella está muy asustada. Peor aún, está, ¿humillada? No, es algo mucho peor que la humillación. Si conociera la palabra «vejar» diría: «Sí, sí, eso es, me siento vejada». Le quitaron los pantalones.

(Y en algún lugar los soldados están dando patadas a gente desnuda en un gimnasio. Es la vergüenza de otra persona entremezclada con la suya.)

Julia llora.

(A él le entran ganas de llorar, pero no lo hace. Ahora mismo eso tienen que ocultarlo.)

Las chicas la han dejado sola, pero aún sangra por la nariz; Lila le dio un bofetón y le prometió que le cortaría la nariz si se chivaba y todas le escupieron y ahora está tirada aquí en el suelo y debe de haber llorado mucho porque cree que le sangra el ojo y la nariz y se ha quedado sin respiración. Pero no le importa si sangra mucho o por dónde. Preferiría morir desangrada en el suelo del quiosco que regresar a casa con aquellas braguitas de niña. Preferiría morir desangrándose si con ello no tuviera que ver cómo el soldado

(Después de esto Barbie intenta no pensar en ese soldado, pero cuando lo hace piensa «Hackermeyer el hackermonstruo».)

arrastraba al hombre desnudo por la cosa

(kufiya)

que lleva en la cabeza, pero ella sabe qué es lo que viene a continuación. Es lo que siempre viene a continuación cuando estás bajo la Cúpula.

Ve que una de las chicas ha vuelto. Kayla Bevins ha regresado. Está allí y mira a la estúpida Julia Shumway, que se creía muy lista. La pequeña y estúpida Julia Shumway con sus braguitas de niña pequeña. ¿Ha regresado Kayla para quitarle el resto de la ropa y tirarla en el tejado del quiosco para que tenga que regresar desnuda a casa, tapándose la entrepierna con las manos? ¿Por qué es tan mala la gente?

Cierra los ojos para contener las lágrimas y cuando los abre de nuevo, Kayla ha cambiado. Ahora no tiene cara, solo una especie de casco de cuero que cambia y que no muestra compasión, ni amor, ni siquiera odio.

Tan solo… interés. Sí, eso. ¿Qué hace cuando hago… esto?

Julia Shumway no es digna de nada más. Julia Shumway no importa; busca lo insignificante de lo más insignificante y allí está ella, la cucaracha Shumway que intenta escabullirse. También es una cucaracha prisionera desnuda; una cucaracha prisionera en un gimnasio en el que solo queda el turbante deshecho sobre la cabeza del hombre y bajo el turbante un último recuerdo de un khubz aromático y recién salido del horno que su mujer sostiene en las manos. Ella es un gato al que le queman la cola, una hormiga bajo un microscopio, una mosca a punto de perder las alas por culpa de los dedos curiosos de un niño de tercero en un día lluvioso, un juego para niños sin cuerpo aburridos y con todo el universo en sus manos. Ella es Barbie, es Sam a punto de morir en el monovolumen de Linda Everett, es Ollie muriendo entre las cenizas, es Alva Drake llorando a su hijo muerto.

Pero, sobre todo, es una niña pequeña encogida de miedo sobre el suelo de madera astillosa del quiosco de música de la plaza del pueblo, una niña pequeña castigada por su inocente arrogancia, una niña pequeña que cometió el error de pensar que era grande cuando era pequeña, que era importante cuando no lo era, que le importaba al mundo cuando, en realidad, el mundo es una enorme locomotora muerta con motor pero sin faro. Pero con todo su corazón y mente y alma grita:

– ¡DÉJANOS VIVIR, POR FAVOR! ¡TE LO SUPLICO, POR FAVOR!

Y por un instante ella es la cabeza de cuero de la habitación blanca; es la chica que ha regresado (por una serie de motivos que ni siquiera puede explicarse a sí misma) al quiosco de música. Por un horrible instante Julia es la agresora en lugar de la víctima. Incluso es el soldado de la pistola, el monstruo con el que aún sueña Dale Barbara, el que no se detuvo.

Entonces vuelve a ser simplemente ella misma.

Y mira a Kayla Bevins.

La familia de Kayla es pobre. Su padre corta madera en el TR y bebe en el pub de Freshie (que, con el paso del tiempo, se convertirá en el Dipper's). Su madre tiene una cicatriz rosa en la mejilla, por lo que los niños la llaman Cara de Cereza o Cabeza de Fresa. Kayla no tiene ropa bonita. Hoy lleva un viejo jersey marrón y una falda de cuadros vieja y unos mocasines gastados y unos calcetines blancos que se le caen. Tiene un rasguño en una rodilla de alguna caída o algún empujón en el patio. Es Kayla Bevins, sin duda, pero ahora tiene la cara de cuero. Y aunque adopta diversas formas, ninguna de ella se parece ni remotamente a la humana.

Julia piensa: Estoy viendo el aspecto que tiene el niño para la hormiga, si la hormiga alza la vista desde su lado de la lupa. Si alza la vista antes de empezar a arder.

– ¡KAYLA, POR FAVOR! ¡POR FAVOR! ¡ESTAMOS VIVOS!

Kayla baja la mirada, hacia ella, sin hacer nada. Entonces cruza los brazos (son brazos humanos) y se quita el jersey por la cabeza. No hay cariño en su voz cuando habla; tampoco arrepentimiento ni remordimientos.

Pero tal vez haya compasión.

Dice

12

Julia fue apartada de la caja como si le hubieran dado un manotazo. Expulsó todo el aire. Antes de que pudiera inspirar, Barbie la agarró del hombro, quitó el tapón de plástico del tubo y se lo metió en la boca con la esperanza de no cortarle la lengua o, Dios no lo quisiera, clavarle el tubo de plástico en el paladar. Pero no podía permitir que respirara aire contaminado. Su necesidad de oxígeno era tan imperiosa, que podían darle convulsiones o morir en el acto.

Poco importaba dónde había estado, Julia parecía entender. En lugar de intentar zafarse, se aferró al neumático del Prius como si le fuera la vida en ello y empezó a aspirar por el tubo de forma desesperada. Barbie sintió las sacudidas estremecedoras que azotaron a Julia.

Sam por fin dejó de toser pero entonces oyó otro sonido. Julia también. Aspiró aire una vez más del neumático y alzó la vista, con los ojos abiertos como platos en sus profundas y oscuras órbitas.

Un perro ladró. Tenía que ser Horace, era el único perro que quedaba con vida. Él…

Barbie la agarró del brazo con tal fuerza que Julia creyó que se lo iba a romper. El rostro de Barbie era la expresión del más puro asombro.

La caja del extraño símbolo flotaba a algo más de un metro por encima del suelo.

13

Horace fue el primero que notó el aire fresco porque era el que estaba más cerca del suelo. Empezó a ladrar. Entonces lo notó Joe: una brisa sorprendentemente fría que le acarició la espalda empapada en sudor. Estaba apoyado contra la Cúpula, y la Cúpula se movía. Hacia arriba. Norrie dormitaba con la cara sonrojada apoyada en el pecho de Joe, cuando él vio que un mechón de su pelo sucio y apelmazado empezaba a ondear. Norrie abrió los ojos.

– ¿Qué…? Joey, ¿qué pasa?

Joe lo sabía, pero estaba demasiado aturdido para hablar. Sintió que algo frío se deslizaba por su espalda, como una interminable hoja de cristal que se alzaba.

Horace ladraba como un loco, agachado, con el hocico pegado al suelo. Era su postura de «quiero jugar», pero no estaba jugando. Metió el morro bajo la Cúpula y olisqueó el aire frío, dulce y fresco.

¡Cielos!

14

En el lado sur de la Cúpula, el soldado Clint Ames también dormitaba. Estaba sentado con las piernas cruzadas en el arcén de la carretera 119, envuelto en una manta, al estilo indio. De pronto el aire se enrareció, como si las pesadillas que revoloteaban en su cabeza hubieran adoptado forma física. Entonces tosió y se despertó.