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– No son como nosotros, ¿verdad? -susurró el anciano.

– No, en absoluto.

– La compasión es para los fuertes -dijo Sam; suspiró-. Yo solo puedo arrepentirme. Lo que hice fue por culpa del alcohol, pero aun así me arrepiento. Si pudiera enmendaría todo lo hecho.

– Fuera lo que fuese, al final lo has compensado -terció Barbie; le agarró la mano izquierda. La alianza, grotescamente grande para tan poca carne, bailaba en el dedo corazón.

Los ojos de Sam, de un azul yanqui desvaído, se volvieron hacia él, e intentó sonreír.

– Quizá sí… por todo lo que he hecho. Pero he sido feliz en el proceso. No creo que se pueda compensar una cosa como… -Empezó a toser de nuevo, y escupió más sangre con la boca desdentada.

– Ya vale -dijo Julia-. No intentes hablar más. -Estaban arrodillados, uno a cada lado de Sam. Julia miró a Barbie-. Olvídate de llevarlo a ningún lado. Ha sufrido un desgarro interno. Vamos a tener que ir a pedir ayuda.

– ¡Oh, el cielo! -dijo Sam Verdreaux.

Esas fueron sus últimas palabras. Suspiró y su pecho, vacío, no volvió a hincharse. Barbie intentó cerrarle los ojos, pero Julia le cogió la mano para detenerlo.

– Deja que mire -dijo-. Aunque esté muerto, deja que mire tanto tiempo como quiera.

Se sentaron junto a él. Oyeron cantar a un pájaro. Y en algún lugar, Horace seguía ladrando.

– Supongo que debería ir a buscar a mi perro -dijo Julia.

– Sí -dijo Barbie-. ¿En coche?

Ella negó con la cabeza.

– Vayamos a pie. Creo que aguantaremos medio kilómetro si vamos despacio, ¿no?

Barbie la ayudó a levantarse.

– Averigüémoslo -respondió.

18

Mientras caminaban con las manos entrelazadas sobre la alfombra de hierba que cubría el antiguo camino de suministros, Julia le contó todo lo que pudo sobre lo que llamaba su «estancia en el interior de la caja».

– Así pues -dijo Barbie cuando ella acabó su relato-, le has contado las cosas horribles de las que somos capaces, o se las has mostrado, y aun así nos ha liberado.

– Saben todas las cosas horribles que podemos hacer -dijo Julia.

– Ese día de Faluya es el peor recuerdo de mi vida. Lo que lo convierte en algo tan malo es… -Intentó pensar en la expresión que había utilizado Julia-. Es que yo fui el agresor en lugar de la víctima.

– Tú no lo hiciste -dijo ella-. Fue ese otro hombre.

– No importa -replicó Barbie-. Aquel hombre está muerto, da igual quién lo hiciera.

– ¿Habría sucedido si solo hubiera habido dos o tres de vosotros en el gimnasio? ¿O si hubieras estado tú solo?

– No. Por supuesto que no.

– Entonces culpa al destino. O a Dios. O al universo. Pero deja de culparte a ti mismo.

Quizá nunca fuera capaz de conseguirlo, pero entendía lo que había dicho Sam al final. El arrepentimiento por algo mal hecho era mejor que nada, supuso Barbie, pero por muy grande que fuera ese arrepentimiento no podría compensar la alegría sentida durante la destrucción, tanto si era quemar hormigas como disparar a prisioneros.

En Faluya no sintió alegría alguna. Podía considerarse inocente en ese aspecto. Y eso era bueno.

Los soldados corrían hacia ellos. Tal vez les quedaba un minuto más a solas. Quizá dos.

Barbara se detuvo y la agarró de los brazos.

– Te quiero por lo que has hecho, Julia.

– Lo sé -respondió ella con calma.

– Lo que has hecho es muy valiente.

– ¿Me perdonas por haberte robado recuerdos? No quería hacerlo; simplemente ocurrió.

– Estás perdonada del todo.

Los soldados estaban más cerca. Cox corría con los demás, seguido de Horace. El coronel no tardaría en llegar, preguntaría por Ken y con esa pregunta el mundo los reclamaría.

Barbie alzó la mirada hacia el cielo, respiró hondo aquel aire cada vez más limpio.

– No puedo creer que haya desaparecido.

– ¿Crees que regresará alguna vez?

– Quizá no a este planeta, y no gracias a esa tropa. Crecerán y no volverán a su cuarto de los juguetes, pero la caja permanecerá. Y otros niños la encontrarán. Tarde o temprano, la sangre siempre acaba salpicando la pared.

– Eso es horrible.

– Quizá, pero ¿quieres que te diga lo que decía mi madre?

– Por supuesto.

Barbie recitó:

– «La noche es más oscura justo antes del amanecer.»

Julia rió. Fue un sonido precioso.

– ¿Qué te dijo la niña cabeza de cuero al final? -preguntó Barbara-. Dímelo rápido porque ya casi han llegado y esto es solo entre tú y yo.

A Julia pareció sorprenderle que no lo supiera.

– Me dijo lo mismo que Kayla. «Póntelo para irte a casa, parecerá que llevas un vestido.»

– ¿Hablaba del jersey marrón?

Julia le cogió la mano de nuevo.

– No. De nuestra vida. Nuestra pequeña vida.

Barbara meditó sobre sus palabras.

– Si es lo que te ha dado, aprovechémosla.

Julia señaló hacia los soldados:

– ¡Mira quién viene!

Horace la vio. Avivó el paso, se coló entre los hombres que corrían y, cuando los dejó atrás, se agachó un poco y aceleró al máximo. Una gran sonrisa adornaba su hocico. Llevaba las orejas pegadas hacia atrás. Su sombra se deslizaba sobre la hierba manchada de hollín. Julia se arrodilló y extendió los brazos.

– ¡Ven con mamá, cariño! -gritó.

Horace saltó. Ella lo agarró al vuelo y se echó hacia atrás, riendo. Barbie la ayudó a ponerse en pie.

Regresaron juntos al mundo, con ese regalo que les habían dado: simplemente la vida.

La compasión no era amor, pensó Barbie…, pero si eres un niño, darle ropa a alguien que está desnudo tenía que ser un paso en la dirección adecuada.

22 de noviembre de 2007 – 14 de marzo de 2009

NOTA DEL AUTOR

Intenté escribir La Cúpula por primera vez en 1976, y la abandoné con el rabo entre las piernas tras dos semanas de trabajo que dieron como fruto unas setenta y cinco páginas. El manuscrito llevaba ya mucho tiempo perdido el día de 2007 que me senté para empezar de nuevo, pero recordaba el capítulo que lo abría («La avioneta y la marmota») lo bastante bien para recrearlo de forma casi exacta.

No me sentí abrumado por el gran número de personajes (me gustan las novelas con alta densidad de población) sino por los problemas técnicos que presentaba la historia, sobre todo en lo referente a las consecuencias ecológicas y meteorológicas de la Cúpula. El hecho de que esas cuestiones revistieran el libro de una gran importancia para mí hizo que me sintiera un cobarde, y un vago, pero me aterraba la posibilidad de fastidiarla. De modo que lo abandoné y me dediqué a otros proyectos, pero nunca me olvidé de la idea de la Cúpula.

Durante todos estos años, mi buen amigo Russ Dorr, un auxiliar médico de Bridgeton (Maine), me ha ayudado con los detalles médicos de muchos libros, en especial de La danza de la muerte. A finales del verano de 2007, le pregunté si estaría dispuesto a asumir un papel mucho más importante, como investigador principal de una novela larga titulada La Cúpula. Accedió y, gracias a Russ, creo que gran parte de los detalles técnicos son correctos. Fue Russ quien investigó sobre los misiles guiados por ordenador, los patrones de las corrientes de chorro, las recetas para fabricar metanfetaminas, los generadores portátiles, la radiación, posibles adelantos en la tecnología de telefonía móvil y cientos de cosas más. También fue Russ quien inventó el traje antirradiación casero de Rusty Everett y quien cayó en la cuenta de que la gente podía respirar gracias al aire de los neumáticos, al menos durante un rato. ¿Hemos cometido errores? Seguro. Pero la mayoría serán culpa mía, ya sea porque no entendí bien o porque malinterpreté algunas de sus respuestas.