Aunque la carta estaba redactada en jerga legal y no en la de Howie, había ciertas frases que saltaban a los ojos como si estuvieran escritas en negrita. Malversación de bienes y servicios municipales era la primera. La implicación del concejal Sanders parece prácticamente segura era la siguiente. Después, Esta conducta criminal está más extendida y arraigada de lo que podíamos haber imaginado hace tres meses.
Y cerca del final, con aspecto de estar escrito no solo en negrita sino en mayúsculas: FABRICACIÓN Y VENTA DE ESTUPEFACIENTES ILEGALES.
Parecía que sus oraciones habían sido respondidas, y de una forma completamente inesperada. Brenda se sentó en la silla de Howie, hizo clic sobre «Investigación abierta», dentro de VADER, y dejó que su difunto marido le hablara.
7
El presidente puso punto final a su discurso -generoso en consuelo, escaso en información- a las 00.21 de la noche. Rusty Everett estuvo viéndolo en la sala del tercer piso del hospital, comprobó los cuadros clínicos una última vez y se fue a casa. A lo largo de su carrera médica había vivido días en los que había terminado más cansado que ese, pero nunca se había sentido más desalentado ni preocupado por el futuro.
La casa estaba a oscuras. Linda y él habían hablado el año anterior (y el anterior) de comprar un generador, porque Chester's Mills siempre se quedaba sin electricidad cuatro o cinco días todos los inviernos, y normalmente un par de veces en verano; la compañía eléctrica de Western Maine no era el proveedor de servicios más fiable del mundo. La conclusión había sido que no podían permitírselo. Tal vez si Lin estuviera a tiempo completo en la poli… pero ninguno de los dos quería eso con las niñas todavía pequeñas.
Al menos tenemos una buena caldera y un montonazo de leña. Si la necesitamos.
En la guantera había una linterna, pero cuando la encendió solo emitió un débil haz durante cinco segundos y luego se apagó. Rusty masculló una obscenidad y se recordó que al día siguiente tenía que hacer acopio de pilas… al día siguiente no, ese día, en ese momento. Suponiendo que las tiendas estuvieran abiertas.
Si después de doce años no soy capaz de moverme por aquí, es que soy un poco burro.
Sí, bueno. Sí que se sentía un poco burro esa noche. Y estaba claro que también olía a animal. A lo mejor una ducha antes de acostarse…
Pero no. No había corriente, no había agua caliente.
Era una noche despejada y, aunque no había luna, sí había mil millones de estrellas encima de la casa, y tenían el mismo aspecto de siempre. A lo mejor allí arriba no había barrera. El presidente no había dicho nada al respecto, así que a lo mejor la gente que estaba al cargo de la investigación aún no lo sabía. Si Mills se encontraba en el fondo de un pozo recién creado en lugar de atrapado bajo una extraña campana de vidrio, a lo mejor habría solución. El gobierno podría lanzarles suministros por vía aérea. Seguro que si el país podía gastarse cientos de miles de millones en rescatar a empresas en apuros, también podría permitirse lanzar en paracaídas unos cuantos pastelitos prehorneados Pop-Tarts y un par de generadores.
Subió los escalones del porche mientras sacaba las llaves de casa, pero al llegar a la puerta vio algo colgando encima de la cerradura. Se inclinó para acercarse, entrecerrando los ojos, y sonrió. Era una minilinterna. En las Ofertas del Final del Verano de Burpee's, Linda había comprado seis por cinco pavos. En ese momento a él le había parecido un gasto tonto, aún recordaba haber pensado: Las mujeres compran cosas en los saldos por la misma razón por la que los hombres escalan montañas: porque están ahí.
Del extremo de la linterna colgaba una cadenilla metálica. Atado a ella había un cordón de una de sus viejas zapatillas de tenis. Había una nota sujeta al cordón. La arrancó y enfocó la linterna hacia ella.
Hola, cielo. Espero que estés bien. Las dos J por fin han caído rendidas para toda la noche. Estaban preocupadas e inquietas, pero al final se han quedado KO. Mañana estaré de servicio todo el día, y será
Cariñín, sé que estás cansado, pero ¿sacarás a pasear a Audrey? Todavía hace «eso de los gañidos». ¿Puede ser que supiera que iba a pasar esto? Dicen que los perros pueden presentir los terremotos, así que a lo mejor…
Judy y Jannie dicen que quieren a su papá. Yo también.
Ya encontraremos algún momento para hablar mañana, ¿verdad? Hablar y hacer balance.
Estoy algo asustada.
Lin
Él también estaba asustado, y no le gustaba la idea de que su mujer tuviese que trabajar doce horas al día siguiente cuando él probablemente estaría haciendo un turno de dieciséis o más. Tampoco le gustaba que Judy y Janelle se pasaran un día entero con Marta cuando no había duda de que también ellas estaban asustadas.
Sin embargo, lo que menos le gustaba era la idea de tener que sacar a pasear a su golden retriever casi a la una de la madrugada. Pensó que era posible que la perra hubiera presentido la llegada de la barrera; sabía que los perros eran sensibles a muchos fenómenos inminentes, no solo a los terremotos. Pero en tal caso ya tendría que haber dejado de hacer lo que Linda y él llamaban «eso de los gañidos», ¿no? Los otros perros del pueblo habían estado callados como tumbas mientras él volvía a casa esa noche. Ni ladridos ni aullidos. Tampoco había oído a nadie más explicando que su perro hiciera «eso de los gañidos».
A lo mejor está dormida en la cama que tiene junto a la caldera, pensó mientras abría la puerta de la cocina.
Audrey no dormía. Enseguida se le acercó, no saltando de alegría como solía hacer -¡Ya has vuelto! ¡Ya has vuelto! ¡Oh, gracias a Dios que has vuelto!-, sino sigilosamente, casi a hurtadillas, con la cola escondida entre las patas, como si esperara un golpe (que nunca había recibido) en lugar de unas palmaditas en la cabeza. Y sí, otra vez estaba haciendo «eso de los gañidos». La verdad es que lo hacía desde antes de la barrera. Lo dejó durante un par de semanas y, cuando Rusty esperaba que hubiera pasado, empezó de nuevo, a veces flojito, a veces muy alto. Esa noche era muy alto… o a lo mejor solo lo parecía por la oscuridad que reinaba en la cocina, donde los indicadores digitales de la caldera y el microondas estaban apagados y la luz que Linda siempre le dejaba encendida sobre el fregadero no estaba iluminada.
– Vale ya, chica -dijo-. Vas a despertar a toda la casa.
Pero Audrey no paraba. Le daba suaves topetazos con la cabeza en las rodillas y miraba hacia arriba a través del reluciente y estrecho haz de luz que él sostenía con la mano derecha. Habría jurado que era una mirada de súplica.
– Está bien -dijo-. Está bien, está bien. De paseo.
La correa colgaba de un gancho junto a la puerta de la despensa. Al ir a cogerla (colgándose la linterna al cuello por el cordón de la zapatilla), Audrey se deslizó delante de él, más como un gato que como un perro. De no ser por la linterna, podría haberlo hecho caer y acabar a lo grande aquel día de mierda.
– Espera un minuto, solo un minuto, espera.
Pero ella le ladró y reculó.
– ¡Chis! ¡Audrey, chis!
En lugar de callarse, la perra volvió a ladrar. Sonaba escandalosamente fuerte en la casa dormida. Rusty se sobresaltó y se echó hacia atrás. Audrey salió disparada hacia delante, le agarró la pernera de los pantalones con los dientes y empezó a recular hacia el pasillo, intentando tirar de él.