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Benny recitó:

– «Mata al cerdo. Córtale el cuello. Pártele el cráneo.» La gente llama cerdos a los polis, pero voy a decirte lo que pienso: pienso que los polis encuentran a los cerdos cuando todo se complica de cojones. Quizá porque ellos también se asustan.

Norrie Calvert rompió a llorar. Joe «el Espantapájaros» la rodeó con un brazo. Lo hizo con mucho cuidado, como si tuviera miedo de que semejante gesto fuera a provocar que ambos explotaran, pero Norrie pegó la cara a su camisa y también lo abrazó, aunque con un solo brazo porque aún aferraba la mano de Benny. Joe no había sentido en toda su vida algo tan extraño y al mismo tiempo tan emocionante como esa sensación cuando notó que las lágrimas de ella le humedecían la camisa. Por encima de la cabeza de Norrie, lanzó una mirada de reproche a Benny.

– Lo siento, tío -dijo Benny, que dio unas palmadas en la espalda a Norrie-. No tengas miedo.

– ¡Le faltaba un ojo! -gritó ella. Las palabras quedaron amortiguadas por el pecho de Joe. Entonces Norrie lo soltó-: Esto ya no tiene gracia. Ni la más mínima gracia.

– No -admitió Joe, como si hubiera descubierto una gran verdad-. No la tiene.

– Mira -dijo Benny.

Era la ambulancia. Twitch estaba atravesando el campo de Dinsmore con las luces rojas del techo encendidas. Su hermana, la mujer que regentaba el Sweetbriar Rose, caminaba frente a él, guiándolo para que pudiera esquivar los peores baches. Una ambulancia en un campo de heno, bajo el cielo resplandeciente de un atardecer de octubre: era el toque final.

De pronto a Joe «el Espantapájaros» se le pasaron las ganas de protestar. Pero tampoco quería irse a casa.

En ese instante lo único que quería era salir del pueblo.

6

Julia se sentó al volante del coche pero no encendió el motor; iban a pasar un buen rato allí, no tenía sentido malgastar gasolina. Se inclinó frente a Barbie, abrió la guantera y sacó un viejo paquete de American Spirits.

– Provisiones de emergencia -dijo a modo de disculpa-. ¿Quieres uno?

Barbie negó con la cabeza.

– ¿Te importa? Porque puedo esperar.

Negó de nuevo con la cabeza. Julia encendió el cigarro y echó el humo por la ventanilla. Aún hacía calor, era un día de veranillo de San Martín, pero no iba a durar mucho. Dentro de una semana, más o menos, el tiempo se iría al carajo, como decían los ancianos. O quizá no, pensó ella. ¿Quién demonios lo sabe? Si la Cúpula seguía en su sitio, no le cabía la menor duda de que muchos meteorólogos empezarían a elucubrar sobre el tema del tiempo en el interior, ¿y? Los Yoda del Canal Meteorológico ni siquiera podían predecir la evolución de una tormenta de nieve, y en opinión de Julia no merecían más crédito que los genios de la política que se pasaban todo el día de palique en las mesas del Sweetbriar Rose.

– Gracias por intervenir antes -dijo Barbie-. Me has salvado el culo.

– Voy a darte una primicia, cielo: tu trasero está sano y salvo. De momento. ¿Qué piensas hacer la próxima vez? ¿Vas a pedirle a tu amigo Cox que avise a los de la Unión Americana por las Libertades Civiles? Tal vez les interese tu caso, pero no creo que nadie de la oficina de Portland vaya a venir de visita a Chester's Mills en breve.

– No seas tan pesimista. Quizá la Cúpula desaparezca esta noche. O tal vez se disipe. No lo sabemos.

– No creo. Esto es obra del gobierno, y menudo gobierno. Estoy segura de que el coronel Cox lo sabe.

Barbie permaneció en silencio. Creyó a Cox cuando le dijo que el gobierno de Estados Unidos no tenía nada que ver con la Cúpula. No porque Cox fuera alguien digno de confianza, sino porque Barbie no creía que Estados Unidos poseyera la tecnología necesaria. Ni ningún otro país, en realidad. Pero ¿él qué sabía? Su última misión como miembro del ejército había consistido en amenazar a iraquíes asustados. En ocasiones apuntándolos con una pistola en la cabeza.

Frankie DeLesseps, el amigo de Junior, estaba en la 119 ayudando a dirigir el tráfico. Llevaba una camisa azul de uniforme sobre los vaqueros; seguramente en la comisaría no había unos pantalones de uniforme de su talla. El cabrón era alto. Y Julia se fijó, con recelo, en que llevaba una pistola en la cadera. Más pequeña que las Glock de los policías oficiales, probablemente suya, pero una pistola al fin y al cabo.

– ¿Qué harás si las Juventudes Hitlerianas van a por ti? -le preguntó, señalando con la barbilla a Frankie-. Espero que tengas buena suerte mientras gritas «brutalidad policial» si te enchironan y deciden acabar lo que empezaron. Solo hay dos abogados en el pueblo. Uno está senil y el otro conduce un Boxter que Jim Rennie le vendió rebajado. O eso he oído.

– Sé cuidar de mí mismo.

– Oooh, qué macho.

– ¿Qué pasa con tu periódico? Parecía que lo tenías listo cuando me fui anoche.

– Técnicamente te has ido esta mañana. Y sí, está listo. Pete y yo y unos cuantos amigos nos aseguraremos de que se distribuya. Lo que ocurre es que creía que no tenía sentido empezar a hacerlo cuando solo quedaba una cuarta parte de los habitantes en el pueblo. ¿Quieres trabajar de repartidor voluntario?

– Lo haría encantado, pero tengo que preparar un millón de bocadillos. Esta noche solo se servirá comida fría en el restaurante.

– Quizá me pase. -Tiró el cigarrillo, que había dejado a medias, por la ventana. Entonces, tras pensarlo un instante, bajó del coche y lo pisó. Más valía que no provocara un incendio, sobre todo teniendo en cuenta que los camiones de bomberos nuevos del pueblo estaban atrapados en Castle Rock-. Antes me he pasado por casa del jefe Perkins -dijo mientras se sentaba de nuevo al volante-. Bueno, claro, ahora solo es casa de Brenda.

– ¿Qué tal está?

– Destrozada. Pero cuando le dije que querías verla, y que era importante, aunque no le revelé el motivo, me dijo que le parecía bien. Será mejor que vayas cuando se haya puesto el sol. Supongo que tu amigo estará impaciente…

– Deja de decir que Cox es mi amigo. No lo es.

Observaron en silencio cómo subían al muchacho herido a la ambulancia. Los soldados también miraban la escena. Seguramente estaban desobedeciendo las órdenes de sus superiores, y eso hizo que Julia se sintiera un poco mejor. La ambulancia empezó a abrirse camino por el campo con las luces encendidas.

– Es terrible -dijo en voz baja.

Barbie le puso un brazo sobre los hombros. Por un instante, ella se puso tensa, pero luego se relajó. Miró al frente, hacia la ambulancia, que se incorporaba a un carril libre de la 119, y añadió:

– ¿Y si me encierran, amigo mío? ¿Y si Rennie y sus títeres de la policía deciden cerrar mi pequeño periódico?

– Eso no va a suceder -replicó Barbie. Pero no pudo evitar darle vueltas al asunto. Si la situación se alargaba mucho tiempo, creía que cada día acabaría convirtiéndose en el día de Cualquier Cosa es Posible en Chester's Mills.

– Esa mujer tenía alguna otra cosa en la cabeza -dijo Julia Shumway.

– ¿La señora Perkins?

– Sí. En muchos sentidos, fue una conversación muy rara.

– Está apenada por lo de su marido -dijo Barbie-. El dolor hace que la gente se comporte de un modo extraño. Ayer saludé a Jack Evans (su mujer murió ayer cuando bajó la Cúpula) y me miró como si no me conociera, y eso que llevo sirviéndole mi famoso pastel de carne de los miércoles desde la pasada primavera.

– Conozco a Brenda Perkins desde que era Brenda Morse -dijo Julia-. Casi cuarenta años. Creía que me diría qué le preocupaba… pero no lo hizo.

Barbie señaló hacia la carretera.

– Creo que ya puedes arrancar.

Cuando Julia encendió el motor, sonó su móvil. Con las prisas por cogerlo, casi se le cayó el bolso. Escuchó y se lo pasó a Barbie con una sonrisa irónica.

– Es para ti, jefe.