Nosotros contra ellos, pensó Barbie. Ahora somos nosotros contra ellos. A menos que su absurda idea funcione, claro.
– Señor, tendré que volver a llamarle para transmitirle mi decisión final sobre la cuestión; este teléfono se está quedando sin batería. -Una mentira que dijo sin remordimientos-. Y tiene que esperar a recibir noticias mías antes de poder hablar con alguien más.
– Tan solo recuerde que el big bang está programado para las trece horas de mañana. Si quiere asegurar la viabilidad de todo esto, es mejor que se mantenga al frente.
«Asegurar la viabilidad.» Otra expresión que no tenía sentido bajo la Cúpula. A menos que se refiriera a mantener el suministro de propano del generador.
– Ya hablaremos -dijo Barbie, que colgó antes de que Cox pudiera añadir algo más.
La 119 ya estaba casi despejada, aunque DeLesseps seguía allí, apoyado en su coche clásico de gran potencia y con los brazos cruzados. Cuando Julia pasó junto al Nova, Barbie se fijó en una pegatina que decía PRECIO DEL VIAJE: SEXO, DROGAS O GASOIL. También unas luces de policía sobre el salpicadero. Pensó que el contraste resumía todo lo que iba mal en Chester's Mills.
Mientras avanzaban por la 119 Barbie le contó a Julia todo lo que le había dicho Cox.
– Lo que están planeando no se diferencia mucho de lo que acaba de intentar ese chico -dijo ella, horrorizada.
– Bueno, es un poco distinto -replicó Barbie-. Ese muchacho lo ha intentado con un fusil. Y ellos tienen preparado un misil de crucero. Llámalo la teoría del Big Bang.
Julia sonrió. Pero no era su sonrisa habitual; pálida y perpleja, aparentaba sesenta años en lugar de cuarenta y tres.
– Me parece que voy a sacar otro número del periódico antes de lo que creía.
Barbie asintió.
– Extra, extra, léalo todo aquí.
7
– Hola, Sammy -dijo alguien-. ¿Qué tal estás?
Samantha Bushey no reconoció la voz y se volvió con cautela, sujetando la mochila portabebés por debajo. Little Walter estaba dormido y pesaba mucho. A Samantha le dolía el trasero porque se había caído de culo, y le dolía el corazón porque esa maldita Georgia Roux la había llamado «bollera». La misma Georgia Roux que en más de una ocasión había acudido llorando a la caravana de Sammy a pillar material para ella y ese cachas hipertrofiado con el que salía.
Era el padre de Dodee. Sammy había hablado con él miles de veces, pero no había reconocido su voz; a duras penas lo reconoció a él. Estaba avejentado, parecía triste, destrozado. Ni siquiera le miró las tetas, que era lo primero que hacía siempre.
– Hola, señor Sanders. Vaya, ni siquiera lo vi en… -Señaló con la mano hacia el campo llano y la gran carpa, ahora medio hundida y con aspecto triste. Aunque no tan triste como el señor Sanders.
– Estaba sentado a la sombra. -La misma voz vacilante, filtrada por una sonrisa angustiada que parecía una disculpa y resultaba algo incómoda-. Estaba bebiendo algo. ¿No hacía demasiado calor para ser octubre? Joder, sí. Creía que era una buena tarde, una verdadera tarde en el pueblo, hasta que ese muchacho…
Oh, cielos, qué horror, estaba llorando.
– Siento muchísimo lo de su mujer, señor Sanders.
– Gracias, Sammy. Eres muy amable. ¿Quieres que lleve el bebé hasta el coche? Creo que puedes ponerte en marcha, ya no hay atasco.
Era un ofrecimiento que Sammy no podía rechazar aunque él estuviera llorando. Sacó a Little Walter de la mochila portabebés, -fue como coger un pedazo grande de masa de pan caliente- y se lo ofreció. El bebé abrió los ojos, sonrió, le lanzó una mirada vidriosa y volvió a quedarse dormido.
– Creo que este pañal trae un paquete -dijo el señor Sanders.
– Sí, es una máquina de cagar muy regular. El bueno de Little Walter.
– Walter es un nombre bonito, de los de antes.
– Gracias. -Le pareció que no valía la pena decirle que en realidad el nombre de pila era Little… Además, estaba convencida de que no era la primera vez que tenía esa conversación con él. Pero el señor Sanders no lo recordaba. Caminar a su lado, aunque era él quien llevaba al bebé, era el perfecto final coñazo para una perfecta tarde coñazo. Como mínimo el hombre tenía razón en lo del atasco; el caos de coches por fin se había disuelto. Sammy se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que todo el pueblo fuera en bicicleta.
– Nunca me hizo gracia la idea de que mi mujer subiera a esa avioneta -dijo el señor Sanders, como si hubiera retomado el hilo de una conversación interior-. A veces incluso me preguntaba si Claudie se acostaba con ese tipo.
¿La madre de Dodee durmiendo con Chuck Thompson? Sammy se quedó estupefacta e intrigada.
– Seguramente no -dijo el señor Sanders, y suspiró-. En todo caso, ya no importa. ¿Has visto a Dodee? Anoche no volvió a casa.
Sammy estuvo a punto de decir «Claro, ayer por la tarde». Pero si Dodee no había dormido en casa la noche anterior, tan solo habría logrado preocupar más aún a su padre. Y la habría obligado a mantener una larga conversación con un tipo que tenía los ojos anegados en lágrimas y al que le colgaba un moco de la nariz. Y eso no le molaba.
Habían llegado al coche, un antiguo Chevrolet con los faldones laterales corroídos. Sammy cogió a Little Walter e hizo una mueca al notar el olor. No era solo que hubiera un paquete en los pañales, era un cargamento completo de UPS y Federal Express.
– No, señor Sanders, no la he visto.
El hombre asintió y se limpió la nariz con el dorso de la mano. El moco desapareció o, como mínimo, cambió de ubicación, lo cual fue un alivio.
– Seguramente fue al centro comercial con Angie McCain, luego a ver a su tía Peg en Sabattus y ya no pudo volver a entrar en el pueblo.
– Sí, seguro que pasó eso. -Y cuando Dodee apareciera en Mills, él se llevaría una grata sorpresa. Dios sabía que se la merecía. Sammy abrió la puerta del coche y dejó a Little Walter en el asiento del conductor. Había quitado la silla para bebés hacía ya varios meses. Era un engorro. Además, conducía muy bien.
– Me alegro de verte, Sammy. -Hizo una pausa-. ¿Rezarás por mi mujer?
– Esto… claro, señor Sanders, por supuesto.
Iba a meterse en el coche cuando recordó dos cosas: que Georgia Roux le había aplastado un pecho con su maldita bota de motorista con suficiente fuerza como para dejarle un morado, y que Andy Sanders, desolado o no, era el primer concejal del pueblo.
– ¿Señor Sanders?
– ¿Sí, Sammy?
– Algunos polis han tenido un comportamiento bastante brusco. Tal vez debería hacer algo al respecto. Antes, ya sabe, de que la situación se desmadre.
Su sonrisa desdichada no se alteró.
– Bueno, Sammy, soy consciente de lo que sentís los jóvenes hacia la policía, yo también fui joven, pero nos encontramos en una situación bastante grave. Y cuanto antes logremos reestablecer un mínimo de autoridad, mejor nos irá a todos. Lo entiendes, ¿verdad?
– Claro -respondió Sammy. Lo que entendía era que el dolor, por verdadero que fuera, no impedía que los políticos siguieran diciendo un montón de chorradas-. Bueno, ya nos veremos.
– Forman un buen equipo -añadió Andy en tono distraído-. Pete Randolph se encargará de meterlos en vereda. De que lleven el mismo sombrero. De que… esto… bailen al son de la misma música. Proteger y servir, ya sabes.
– Claro -dijo Samantha. El baile del «proteger y servir», con alguna que otra patada en las tetas. Puso el coche en marcha mientras Little Walter roncaba en el asiento de al lado. El olor de caca de bebé era horrible. Bajó las ventanillas y miró por el espejo retrovisor. El señor Sanders seguía de pie en el aparcamiento provisional, que entonces ya estaba casi desierto. Levantó una mano para despedirse de ella.