Entonces Barbie perdió el sentido común y desechó la posibilidad de huir corriendo. Se puso en pie, de cara a ellos, estiró los brazos, con las palmas hacia arriba, y les hizo gestos para que se acercaran. Los estaba azuzando. Barbie se encontraba en un espacio estrecho, de modo que iban a tener que ir a por él de uno en uno.
Junior fue el primero en intentarlo; su entusiasmo se vio recompensado con una patada en la barriga. Barbie llevaba unas zapatillas Nike en lugar de botas, pero fue una patada fuerte que hizo que Junior quedara doblado junto a la furgoneta, boqueando, sin aire en los pulmones. Frankie intentó pasar por encima de él y Barbie le golpeó dos veces en la cara: fueron dos aguijonazos, pero no lo suficientemente fuertes para romperle un hueso. El sentido común volvió a hacer acto de presencia.
Oyó ruido de grava. Se volvió justo a tiempo para recibir un puñetazo de Thibodeau, que había rodeado la furgoneta. El golpe le impactó en la sien. Barbie vio las estrellas. («Aunque tal vez alguna era un cometa», le dijo a Brenda mientras abría la válvula de la nueva bombona de gas.) Thibodeau se le acercó y Barbie le dio una patada en el tobillo, lo que provocó que la sonrisa del muchacho se transformara en una mueca. Hincó una rodilla en el suelo, como si fuera un jugador de fútbol americano sujetando el balón para intentar un gol de campo. Salvo que el jugador encargado de sujetar la pelota no acostumbra a agarrarse el tobillo.
Por absurdo que parezca, Carter Thibodeau gritó:
– ¡Has jugado sucio, cabrón!
– Mira quién ha… -Pero Barbie no pudo decir nada más porque Melvin Searles lo estranguló con un brazo. Barbie le clavó el codo en las costillas y oyó el gruñido que lanzó su rival al quedarse sin aire. Y también olió su aliento: cerveza, tabaco y Slim Jims. Entonces se volvió, ya que imaginaba que probablemente Thibodeau contraatacaría antes de que pudiera abrirse paso entre los vehículos donde se había refugiado, sin que le importara ya nada. Le palpitaba la cara, las costillas, y de pronto se decantó por la opción que le pareció más razonable: hacer que esos cuatro acabaran en el hospital. Así tendrían tiempo de discutir lo que era jugar sucio y lo que no mientras firmaban en la escayola de cada uno.
Fue entonces cuando el jefe Perkins, avisado por Tommy o, por Willow Anderson, los propietarios del bar de carretera, entró en el aparcamiento con las luces encendidas y los faros centelleando. Los cinco quedaron iluminados como si fueran un grupo de actores en un escenario.
Perkins hizo sonar la sirena solo una vez; calló a medio pitido. Entonces salió y se colocó bien el cinturón alrededor de su voluminosa circunferencia.
– Estamos a principios de semana, un poco pronto para esto, ¿no os parece, chicos?
A lo que Junior Rennie replicó:
11
No fue necesario que Barbie le contara lo demás; Brenda lo había oído por boca de Howie, y no le sorprendió en absoluto. Ya de niño, el hijo de Big Jim había sido un gran charlatán, sobre todo cuando había algo en juego que afectaba a sus intereses.
– A lo que replicó: «Ha empezado el cocinero». ¿Sí?
– Sí. -Barbie apretó el botón de encendido del generador, que rugió al cobrar vida. Sonrió a su anfitriona y se ruborizó. Lo que acababa de contarle no era una de sus historias favoritas. Aunque imaginaba que con el tiempo acabaría prefiriéndola a la historia del gimnasio de Faluya-. Ya está: luces, cámara, acción.
– Gracias. ¿Cuánto tiempo aguantará?
– Unos cuantos días, pero quizá para entonces ya todo haya acabado.
– O no. Supongo que es consciente de lo que lo salvó de una visita a los calabozos del condado esa noche.
– Claro -dijo Barbie-. Su marido vio lo que ocurrió. Cuatro contra uno. Era difícil no verlo.
– Cualquier otro policía podría no haberlo visto aunque hubiera sucedido en sus narices. Y tuvo suerte de que Howie estuviera de servicio esa noche; en principio le tocaba a George Frederick, pero llamó para decir que tenía gastroenteritis. -Hizo una pausa-. Más que suerte, tal vez podríamos llamarlo providencia.
– Así es -admitió Barbie.
– ¿Le gustaría entrar, señor Barbara?
– ¿Por qué no nos sentamos aquí fuera? Si no le importa. Se está muy bien.
– Por mí perfecto. Dentro de poco empezará el frío. ¿No es así?
Barbie respondió que no lo sabía.
– Cuando Howie los llevó a todos a la comisaría, DeLesseps le dijo a mi marido que usted había violado a Angie McCain, ¿Verdad?
– Esa fue su primera versión. Luego dijo que tal vez no fue una violación, sino que cuando ella se asustó y me dijo que parara, yo no le hice caso. Supongo que eso lo convirtió en una violación en segundo grado.
La mujer esbozó una sonrisa fugaz.
– Que no le oiga ninguna feminista decir que existen distintos grados de violación.
– Supongo que mejor que no. En cualquier caso, su marido me hizo pasar a la sala de interrogatorios, que al parecer durante el día es el armario de la limpieza…
Brenda se rió.
– … Y llevó también a Angie. La sentó frente a mí para que tuviera que mirarme a los ojos. Joder, casi estábamos codo con codo. Hay que prepararse mentalmente para mentir sobre algo tan grave, sobre todo alguien joven. Eso lo descubrí en el ejército. Y su marido también lo sabía. Le dijo que el caso iría a juicio. Le explicó las penas por cometer perjurio. En pocas palabras, Angie se retractó. Dijo que no había habido coito, y menos aún violación.
– Howie tenía un lema: «La razón antes que la ley». Siempre obraba tomando como base ese principio. Por desgracia, Peter Randolph no se comportará de este modo, en parte porque es un tipo muy obtuso, pero sobre todo porque no será capaz de manejar a Rennie. Mi marido sabía cómo hacerlo. Howie dijo que cuando las noticias de su… altercado… llegaron a oídos del señor Rennie, este insistió en que lo juzgaran por algo. Estaba hecho una furia. ¿Lo sabía?
– No. -Pero tampoco le sorprendía.
– Howie le dijo al señor Rennie que si el caso llegaba a los tribunales se aseguraría de que saliera a la luz toda la verdad, incluido el intento de paliza de cuatro contra uno en el aparcamiento. Y añadió que un buen abogado defensor incluso podría lograr que constaran en acta algunas de las travesuras de instituto de Frankie y Junior, aunque ninguna era tan grave como lo que le hicieron a usted.
Brenda meneó la cabeza.
– Junior Rennie nunca había sido un muchacho fantástico, pero en general era relativamente inofensivo. Sin embargo, durante el último año ha cambiado. Howie se dio cuenta de ello, y el asunto le preocupaba. He descubierto que Howie sabía cosas sobre ambos, padre e hijo… -Dejó la frase en el aire. Barbie se dio cuenta de que se debatía entre acabarla o no, y al final decidió no hacerlo. Como mujer de un agente de policía de pueblo había aprendido a ser discreta, una costumbre difícil de olvidar.
– Howie le aconsejó que se fuera del pueblo antes de que Rennie encontrara algún modo de causarle problemas, ¿verdad? Imagino que quedó atrapado por la Cúpula y no pudo marcharse.
– Ambas cosas son ciertas. ¿Le importa que tome una Coca-Cola Light, señora Perkins?
– Llámame Brenda. Y yo te llamaré Barbie, si así es como te gusta. Sírvete tú mismo el refresco.
Barbie le hizo caso.