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¿Qué podía hacer Lev? Si dejaba las timbas de cartas, tardaría una eternidad en ahorrar lo necesario para el pasaje. Estaría condenado a pasar años ocupándose de ponis a ochocientos metros bajo tierra. Y nunca se redimiría enviándole a Grigori el dinero para el pasaje a América.

Nunca había elegido el camino fácil.

Se dirigió al pub Two Crowns. En Gales, donde se respetaba el día del Señor, los pubs no podían abrir en domingo, pero en Aberowen no se cumplían las normas a rajatabla. Solo había un policía en la ciudad y, como la mayoría de la población, se tomaba los domingos libres. El Two Crowns cerraba la puerta principal, para salvar las apariencias, pero los asiduos entraban por la cocina, y el negocio funcionaba como de costumbre.

Los hermanos Ponti, Joey y Johnny, estaban en la barra bebiendo whisky, algo insólito, pues los mineros tomaban cerveza. El whisky era un brebaje de ricos, y en el Two Crowns una botella probablemente duraba de una Navidad hasta la siguiente.

Lev pidió un jarra de cerveza y saludó al hermano mayor.

– ¿Qué hay, Joey?

– ¿Qué hay, Grigori? – Lev seguía utilizando el nombre de su hermano, que era el que figuraba en el pasaporte.

– Parece que hoy te sobra el dinero, Joey.

– Sí. Ayer fui con el chaval a Cardiff para ver el boxeo.

Ellos sí que parecían boxeadores, pensó Lev: dos hombres de espaldas anchas, cuello de toro y grandes manos.

– ¿Estuvo bien?

– Darkie Jenkins contra Roman Tony. Apostamos por Tony, porque es italiano como nosotros. Las apuestas estaban a trece a uno, y dejó fuera de combate a Jenkins en tres asaltos.

Lev a veces tenía dificultades con el inglés formal, pero entendió perfectamente lo de «trece a uno».

– Deberías venir a jugar a las cartas – dijo -. Estás… – vaciló, y al cabo dio con la frase -: estás en racha.

– Ah, no quiero perder el dinero tan rápido como lo gané – dijo Joey.

Sin embargo, cuando empezó la timba en el granero media hora después, Joey y Johnny estaban allí. Los demás jugadores eran una mezcla de rusos y galeses.

Jugaron a una versión local del póquer llamada three-card brag. A Lev le gustaba. Después de las tres cartas iniciales, ya no se repartían ni se cambiaban más, por lo que la partida era rápida. Si un jugador subía la apuesta, el siguiente tenía que igualarla inmediatamente – no podía seguir en la partida quedándose en la apuesta original -, y eso hacía que el bote aumentara deprisa. Se seguía apostando hasta que solo quedaban dos jugadores, y entonces uno de ellos podía zanjar la partida duplicando la apuesta anterior, lo que obligaba a su contrincante a enseñar sus cartas. La mejor mano era el trío, conocida como prial, y la más alta de estas era la prial of trays, un trío de treses.

Lev tenía un instinto natural para las apuestas y por lo general ganaba a las cartas sin hacer trampas, pero eso era demasiado lento.

El reparto de cartas avanzaba hacia la izquierda con cada mano, por lo que Lev solo podía amañarlas de cuando en cuando. No obstante, había mil maneras de hacer trampas, y Lev había ideado un sencillo código mediante el que Rhys le indicaba cuándo tenía una buena mano. Lev seguía entonces apostando, al margen de lo que tuviera, para forzar que las apuestas subieran y aumentaran el bote. La mayoría de las veces los demás se retiraban, y Lev perdía frente a Rhys.

Mientras se repartía la primera mano, Lev decidió que aquella sería su última partida. Si desplumaba a los hermanos Ponti, probablemente podría comprar el pasaje. El domingo siguiente Spiria indagaría para averiguar si Lev seguía organizando timbas, pero para entonces Lev pretendía estar ya en el mar.

Durante las siguientes dos horas, Lev vio cómo las ganancias de Rhys iban aumentando y pensó que con cada penique América se acercaba un poco más. Por lo general no le gustaba desplumar a nadie, porque le interesaba que todos volvieran la semana siguiente. Pero ese día tenía que ir a por todas.

Cuando la tarde empezaba a oscurecer, le tocó repartir. Dio tres ases a Joey Ponti y un trío de treses a Rhys. En ese juego, los treses superaban a los ases. Con la pareja de reyes que tenía él, tenía excusa para apostar alto. Siguió apostando hasta que Joey casi estaba arruinado; no quería aceptar pagarés. Joey invirtió lo último que le quedaba en ver la mano de Rhys. El semblante de Joey cuando Rhys enseñó un trío de treses fue tan cómico como lastimoso.

Rhys recogió el dinero. Lev se puso en pie y dijo:

– Estoy pelado.

La timba concluyó y todos volvieron a la barra, donde Rhys pidió una ronda para templar los ánimos de los perdedores. Los hermanos Ponti volvieron a la cerveza, y Joey dijo:

– Ah, tal como viene se va, ¿verdad?

Minutos después, Lev salió del local y Rhys lo siguió. No había retrete en el Two Crowns, de modo que los hombres utilizaban el callejón que quedaba en la parte trasera del granero, apenas iluminado por una farola alejada. Rhys entregó rápidamente a Lev la mitad de sus ganancias, una parte en monedas y la otra en billetes nuevos de intensos colores, verdes los de una libra y marrones los de diez chelines.

Lev sabía exactamente lo que le debía. Tenía una facilidad pasmosa con la aritmética, como le ocurría con las apuestas. Después contaría el dinero, pero estaba seguro de que Rhys no lo engañaría. Lo había intentado en una ocasión. Lev vio que en su parte faltaban cinco chelines, una cantidad que cualquier hombre descuidado habría pasado por alto. Lev fue a casa de Rhys, le embutió el cañón del revólver en la boca y lo amartilló. Rhys se manchó los pantalones de puro terror. Después de aquello, jamás había faltado un solo penique en las cuentas.

Lev se guardó el dinero en el bolsillo del abrigo y volvió al local.

En cuanto entró, vio a Spiria.

Spiria se había quitado el hábito y llevaba el mismo abrigo que en el barco. Estaba en la barra, no bebiendo sino charlando animadamente con un grupo de rusos, entre ellos varios de los participantes en la timba.

Su mirada se cruzó por un instante con la de Lev.

Lev dio media vuelta y salió, pero sabía que era demasiado tarde.

Se alejó a paso ligero colina arriba, en dirección a Wellington Row. Spiria lo traicionaría, estaba seguro. Tal vez en aquel preciso instante estaría ya explicando cómo se las arreglaba Lev para hacer trampas a las cartas y aun así dar la impresión de que perdía. Los hombres se pondrían furiosos, y los hermanos Ponti querrían que les devolviera su dinero.

Ya cerca de su casa vio a un hombre que caminaba en la dirección opuesta con una maleta, y a la luz de la farola lo identificó como un joven vecino conocido como Billy de Jesús.

– ¿Qué hay, Grigori?

El chico parecía estar a punto de marcharse de la ciudad, y Lev sintió curiosidad.

– ¿Te vas a algún sitio?

– A Londres.

El interés de Lev se acrecentó.

– ¿En qué tren?

– En el de las seis a Cardiff. – Los pasajeros con destino a Londres tenían que cambiar de tren en Cardiff.

– ¿Qué hora es ahora?

– Menos veinte.

– Vale, hasta luego. – Lev entró en su casa. Decidió que cogería el mismo tren que Billy.

Encendió la luz eléctrica de la cocina y levantó la losa. Sacó los ahorros, el pasaporte con el nombre y la fotografía de su hermano, una caja con balas de latón y el revólver, un Nagant M1895 que le había ganado en una timba de cartas a un capitán del ejército. Inspeccionó el tambor para asegurarse de que en cada recámara hubiera una bala nueva; el revólver no expulsaba las usadas de forma automática, sino que había que retirarlas manualmente cuando se volvía a cargar. Se guardó el dinero, el pasaporte y el arma en los bolsillos del abrigo.