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En el piso de arriba encontró la maleta de cartón de Grigori con el orificio de bala. La abrió y dentro puso la munición junto con su otra camisa, una muda y dos barajas de cartas.

No tenía reloj, pero calculó que habían transcurrido cinco minutos desde que había visto a Billy. Eso le dejaba quince minutos para llegar a pie a la estación; era suficiente.

Oyó las voces de varios hombres, procedentes de la calle.

No quería un enfrentamiento. Él era duro, pero los mineros también. Aunque ganara en la pelea, perdería el tren. Podría emplear el arma, claro, pero en aquel país la policía se tomaba muy en serio el apresamiento de los asesinos, incluso cuando las víctimas no eran nadie. Cuando menos, revisarían a los pasajeros en la estación y tendría problemas para comprar el billete. En todos los sentidos, era preferible abandonar la ciudad sin violencia.

Salió por la puerta trasera y echó a caminar a rápidamente por el sendero con todo el sigilo que le permitían las pesadas botas que llevaba. El suelo estaba embarrado, como ocurría prácticamente siempre en Gales, por lo que afortunadamente sus pasos hacían poco ruido.

Al final del sendero dobló por un callejón y salió a las luces de la calle. Los retretes en mitad de la calle le ocultaban de la vista de quien estuviera frente a su casa. Se alejó de allí a toda prisa.

Dos calles más adelante cayó en la cuenta de que el camino a la estación le haría pasar junto al Two Crowns. Se detuvo y pensó unos instantes. Conocía el trazado de la ciudad y que la única ruta alternativa lo obligaba a retroceder. Pero los hombres cuyas voces había oído podían seguir cerca de su casa.

Tenía que arriesgarse con el Two Crowns. Dobló por otro callejón y enfiló el sendero que pasaba por detrás del pub.

Mientras se acercaba al granero donde habían jugado a las cartas, oyó voces y divisó a dos o más hombres, cuyo tenue perfil iluminaba la luz de la farola que había al final del sendero. Se le acababa el tiempo, pero aun así se detuvo y esperó a que los hombres volvieran adentro. Se quedó junto a una cerca alta de madera para pasar inadvertido.

Los hombres parecían demorarse eternamente.

– Vamos – susurró -. ¿Es que no queréis volver a entrar en calor? – La gorra le goteaba, empapada por la lluvia, y le mojaba el cuello.

Al fin entraron, y Lev emergió de las sombras y reemprendió el camino a paso ligero. Pasó junto al granero sin incidentes, pero al dejarlo atrás oyó más voces. Maldijo para sí. Los clientes llevaban bebiendo cerveza desde el mediodía, y a esas horas de la tarde necesitaban visitar a menudo el callejón. Oyó que alguien le decía:

– ¿Qué hay, compañero?

Era la palabra que empleaban cuando no reconocían a alguien.

Fingió no oírles y siguió andando.

Oyó una conversación entre murmullos. La mayoría de las palabras eran ininteligibles, pero Lev creyó oír que uno de los hombres decía: «Parece un russki». La indumentaria rusa era diferente de la británica, y Lev supuso que habían atisbado la forma de su abrigo y de su gorro bajo la luz de la farola a la que se acercaba rápidamente. No obstante, las necesidades fisiológicas solían ser apremiantes para los hombres que salían de un pub, y pensó que no lo seguirían antes de haberlas satisfecho.

Dobló por el siguiente callejón y desapareció del campo de visión de los hombres. Por desgracia, dudó de si habría desaparecido también de sus pensamientos. Spiria debía de haber aireado ya su historia, y pronto alguien sospecharía de un hombre ataviado con ropa rusa y caminando hacia el centro de la ciudad con una maleta en la mano.

Tenía que subir a aquel tren.

Echó a correr.

La línea ferroviaria transcurría por la vaguada del valle, por lo que todo el camino a la estación era en descenso. Lev corría con soltura, a grandes zancadas. Alcanzaba a ver, por encima de los tejados, las luces de la estación, cada vez más próximas, y el vapor de la chimenea de un tren detenido en las vías.

Cruzó la plaza y entró en el vestíbulo. Las manecillas del gran reloj marcaban uno o dos minutos para las seis. Se precipitó a la ventanilla y rebuscó el dinero en el bolsillo.

– Un billete, por favor.

– ¿Adónde desea ir esta tarde? – preguntó afablemente el expendedor.

Lev señaló hacia el andén con un gesto perentorio.

– ¡Ese tren!

– Ese tren para en Aberdare, Pontypridd…

– ¡Cardiff! – Lev alzó la mirada y vio la manecilla de los minutos saltar el último segmento y detenerse, trémula, en las doce.

– ¿Solo ida, o ida y vuelta? – preguntó el expendedor con parsimonia.

– ¡Solo ida! ¡Deprisa!

Lev oyó el pitido. Desesperado, barajó las monedas que tenía en la mano. Conocía la tarifa – había ido a Cardiff dos veces en los últimos seis meses – y dejó el dinero sobre el mostrador.

El tren empezó a moverse.

El expendedor le dio el billete.

Lev lo cogió y se dio la vuelta.

– ¡No olvide el cambio! – dijo el hombre.

Lev recorrió el corto espacio que lo separaba de la barrera.

– Billete, por favor – le dijo el revisor, aunque acababa de ver cómo Lev lo compraba.

Lev vio que, tras la barrera, el tren ganaba velocidad.

El revisor perforó el billete y dijo:

– ¿No quiere usted el cambio?

La puerta del vestíbulo se abrió de golpe y los hermanos Ponti irrumpieron en él.

– ¡Allí está! – gritó Joey, y se precipitó hacia Lev.

Lev lo sorprendió embistiéndolo y le asestó un puñetazo en plena cara. Joey se detuvo en seco. Johnny se estampó contra la espalda de su hermano, y ambos cayeron de rodillas al suelo.

Lev arrebató el billete al revisor y salió corriendo al andén. El tren avanzaba ya deprisa. Corrió junto a él un momento. De pronto, una puerta se abrió y Lev vio la simpática cara de Billy de Jesús.

– ¡Salta! – gritó Billy.

Lev saltó al tren y posó un pie en el estribo. Billy lo agarró de un brazo. Ambos titubearon un instante mientras el ruso trataba de subir a bordo. Entonces Billy tiró de él hacia dentro.

Lev se desplomó agradecido en un asiento.

Billy cerró la puerta y se sentó frente a él.

– Gracias – dijo Lev.

– Has apurado mucho – dijo Billy.

– Pero lo he conseguido – repuso Lev sonriendo -. Eso es lo único que cuenta.

La mañana siguiente, en la estación de Paddington, Billy preguntó las señas para ir a Aldgate. Un afable londinense le ofreció un raudal de instrucciones detalladas, pero hasta la última palabra le resultó al joven del todo incomprensible. Dio las gracias al hombre y salió de la estación.

Nunca había estado en Londres, pero sabía que Paddington se encontraba en la zona oeste y que los pobres vivían en el este, de modo que se encaminó hacia el sol de media mañana. La ciudad era incluso más grande de lo que había imaginado, mucho más bulliciosa y desconcertante que Cardiff, pero lo deleitó: el ruido, el tráfico, el gentío y, sobre todo, las tiendas. No tenía idea de que hubiese tantas en el mundo. ¿Cuánto se gastaba a diario en las tiendas de Londres?, se preguntó. Debían de ser miles de libras… tal vez millones.

Lo invadió una sensación de libertad vertiginosa. Nadie allí lo conocía. En Aberowen, o incluso en sus viajes ocasionales a Cardiff, siempre cabía la posibilidad de que lo vieran amigos o parientes. En Londres podría caminar por la calle de la mano de una chica bonita y sus padres nunca llegarían a saberlo. No tenía intención de hacerlo, pero la sola idea de saber que podía – y el hecho de que hubiera tantas chicas bonitas y bien vestidas a su alrededor – resultaba embriagadora.

Al rato vio un autobús en cuya parte frontal se leía «Aldgate», y subió a él. Ethel mencionaba Aldgate en su carta.