Cuando acabó de decodificar la carta, se quedó consternado. Obviamente, no podía hablar de aquello con sus padres. Había esperado hasta que se marcharon para acudir al servicio vespertino en el templo de Bethesda – al que él ya no asistía – y luego había escrito una nota.
Querida mamá:
Estoy preocupado por Eth y me voy a buscarla. Siento marcharme así, pero no deseo discutir.
Tu hijo que te quiere,
BILLY
Como era domingo, ya se había bañado, afeitado y vestido con su mejor ropa. El traje, ya raído, lo había heredado de su padre, pero tenía una camisa blanca limpia y una corbata negra de punto. Había dormitado en la sala de espera de la estación de Cardiff y tomado el tren lechero a primera hora de la mañana.
El conductor del autobús lo avisó cuando llegaron a Aldgate, y Billy se apeó. Era una barriada pobre, con casuchas ruinosas, tenderetes callejeros en los que se vendía ropa de segunda mano, y niños descalzos jugando en malolientes huecos de escalera. No sabía dónde vivía Ethel; en su carta no figuraba dirección alguna. La única pista de la que disponía era: «Trabajo doce horas al día en el taller del explotador de Mannie Litov».
Estaba impaciente por compartir con Ethel todas las noticias de Aberowen. Ella sabría por los periódicos que la Huelga de las Viudas había fracasado. A Billy le hervía la sangre al pensar en eso. Los jefes podían comportarse de forma indignante porque tenían todas las cartas en su poder. Eran dueños de las minas y las casas, y actuaban como si también lo fueran de la gente. Debido a varias y complejas reglas del sufragio, la mayoría de los mineros no tenían derecho a voto, de modo que el parlamentario de Aberowen era un conservador que invariablemente secundaba a la compañía. El padre de Tommy Griffiths dijo que nada cambiaría nunca sin una revolución como la que habían tenido en Francia. El padre de Billy dijo que necesitaban un gobierno laborista. Billy no sabía cuál de ellos tenía razón.
Se acercó a un joven de aspecto cordial y le preguntó:
– ¿Sabes cómo se llega al taller de Mannie Litov?
El hombre contestó en un idioma que parecía ruso.
Volvió a intentarlo, y en esta ocasión dio con un anglófono que nunca había oído hablar de Mannie Litov. Aldgate no era como Aberowen, donde todos los viandantes conocían el camino a todos los comercios y empresas de la ciudad. ¿Había ido hasta allí, y se había gastado todo aquel dinero en el billete del tren, para nada?
Sin embargo, aún no estaba dispuesto a rendirse. Buscó por la concurrida calle a personas de aspecto británico que parecieran estar haciendo alguna clase de trabajo, que llevaran herramientas o empujaran carretas. Preguntó a otras cinco, sin éxito, hasta que encontró a un limpiacristales que cargaba una escalera de mano.
– ¿De Mannie Li’ov? – repitió el hombre. Consiguió articular «Litov» sin pronunciar la «t» y emitiendo en su lugar un sonido gutural similar a un carraspeo -. ¿El taller de ropa?
– ¿Cómo dice? – preguntó cortésmente Billy -. ¿Le importaría repetirlo?
– El taller de ropa. El sitiese dond’hacen ropa: chaquetas y pantones y to’eso.
– Hum… probablemente, sí – concluyó Billy, desesperado.
El limpiacristales asintió.
– Todo retto, cuatrocinto metos, luego ala drecha, po’ Ark Rav Ra.
– ¿Todo recto? – repitió Billy -. ¿Cuatrocientos metros?
– Sasto, ala drecha.
– ¿Doblo a la derecha?
– Ark Rav Ra.
– ¿Ark Rav Road?
– No tié pérdida.
La calle resultó ser Oak Grove Road. No había ninguna arboleda y menos aún robles, tal y como sugería su nombre. Se trataba de un callejón angosto y sinuoso flanqueado por ruinosos edificios de ladrillo y repleto de gente, caballos y carretillas. Dos consultas más llevaron a Billy hasta una casa embutida entre el pub Dog and Duck y una tienda tapiada con tablones y llamada Lippmann’s. La puerta principal de la casa estaba abierta. Billy subió la escalera que llevaba a la planta superior, donde se encontró en una sala con unas veinte mujeres cosiendo uniformes del ejército británico.
Todas siguieron trabajando, accionando los pedales sin atisbo de haber reparado en él, hasta que finalmente una dijo:
– Entra, cariño, no vamos a comerte… Aunque, pensándolo bien, podríamos darte un mordisquito para probarte. – Todas rompieron a reír.
– Estoy buscando a Ethel Williams – dijo él.
– No está – contestó la mujer.
– ¿Por qué? – preguntó él, angustiado -. ¿Está enferma?
– ¿Y a ti qué te incumbe? – La mujer se puso en pie -. Soy Mildred. ¿Quién eres tú?
Billy la miró atentamente. Era guapa, pese a tener los incisivos prominentes. Llevaba los labios pintados de un rojo brillante, y del sombrero asomaban rizos rubios. Iba arropada con un abrigo gris, grueso e informe, pero, pese a ello, Billy vio cómo le temblaban los labios mientras se dirigía hacia él. Estaba demasiado fascinado por aquella mujer para hablar.
– No serás el malnacido que le hizo el bombo y después se largó, ¿eh?
Billy recuperó la voz.
– Soy su hermano.
– ¡Oh! – exclamó ella -. ¡Joder! ¿Eres Billy?
Billy se quedó boquiabierto. Nunca había oído a ninguna mujer emplear esa expresión.
Ella lo escrutó con una mirada audaz.
– Eres su hermano, sí, ya lo veo, aunque parece que tengas más de dieciséis años. – El tono de su voz se había suavizado y él sintió cómo su interior se templaba -. Tienes los mismos ojos oscuros y el mismo pelo rizado.
– ¿Dónde puedo encontrarla? – preguntó.
Ella lo miró desafiante.
– Da la casualidad de que sé que no quiere que su familia sepa dónde vive.
– Le tiene miedo a nuestro padre – repuso Billy -, pero me ha escrito una carta. Estoy preocupado por ella y por eso he venido en tren.
– ¿Desde ese poblacho de Gales de donde es ella?
– No es un poblacho – replicó Billy indignado. Luego se encogió de hombros y dijo -: Bueno, sí, supongo que sí lo es.
– Me encanta tu acento – dijo Mildred -. Para mí es como oír a alguien cantando.
– ¿Sabes dónde vive?
– ¿Cómo has encontrado esto?
– Me dijo que trabajaba en el taller de Mannie Litov, en Aldgate.
– Ya. Así que eres el puñetero Sherlock Holmes, ¿eh? – dijo ella, no sin una nota de admiración a su pesar.
– Si no me dices dónde está, algún otro lo hará – declaró él con más confianza de la que sentía -. No pienso volver a casa hasta que la vea.
– Me matará, pero vale – accedió Mildred -. Número 23 de Nutley Street.
Billy le preguntó cómo se llegaba allí. Le pidió que hablara despacio.
– No me des las gracias – añadió ella cuando él se disponía a marcharse -. Solo protégeme si Ethel intenta matarme.
– Muy bien – dijo Billy, imaginando lo emocionante que sería proteger a Mildred de algo.
Las otras mujeres se despidieron de él a voces y le lanzaron besos, situación que lo abochornó.
La calle Nutley era un remanso de paz. Las casas adosadas estaban construidas siguiendo una disposición que, tras solo un día en Londres, a Billy ya le resultaba conocida. Eran mucho más grandes que las chozas de los mineros, con pequeños jardines delanteros en lugar de una puerta directa a la calle. El efecto general de orden y regularidad se desprendía de las ventanas de guillotina idénticas, cada una de ellas con nueve paneles de vidrio y dispuestas en hileras a lo largo de toda la calle.