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– Fatima – dijo. Exhaló el humo con exagerada satisfacción -. Tabaco turco. Fantástico.

El nombre completo de Nick era Nicolái Davídovich Fomek, pero todos le llamaban Nick Forman. Ocasionalmente asumía el papel que antes habían desempeñado Spiria y Rhys Price en las timbas de cartas de Lev, aunque esencialmente era ladrón.

– ¿Cuánto? – preguntó Lev.

– En las tiendas, cincuenta centavos la lata de cien cigarrillos. Para ti, diez. Véndelos por veinticinco.

Lev sabía que Fatima era una marca conocida. Sería fácil venderlos a mitad de precio. Paseó la mirada por el cercado. El jefe no estaba a la vista.

– Hecho.

– ¿Cuántos quieres? Tengo un cargamento.

Lev llevaba un dólar en el bolsillo.

– Veinte latas – dijo -. Te daré un dólar ahora y otro después.

– No fío.

Lev sonrió y posó una mano en el hombro de Nick.

– Vamos, tío, puedes confiar en mí. Somos colegas, ¿no?

– Vale, veinte. Vuelvo enseguida.

Lev encontró un viejo saco de forraje en un rincón. Nick volvió con veinte latas verdes y alargadas, en cuya tapa aparecía la imagen de una mujer con velo. Lev guardó las latas en el saco y le dio un dólar a Nick.

– Siempre es agradable echar una mano a un compatriota ruso – dijo Nick, y se alejó pausadamente.

Lev lavó la almohaza y el limpiacascos. A las seis y cinco se despidió del mozo de cuadra al cargo y se encaminó hacia First Ward. Tenía la sensación de que llamaba la atención, cargando con un saco de forraje por las calles, y se preguntó qué diría si algún poli lo paraba y le exigía que le mostrara lo que llevaba en él. Pero no estaba demasiado preocupado: gracias a su labia, era capaz de salir airoso de la mayoría de las situaciones.

Se dirigió a un bar grande y popular llamado Irish Rover. Se abrió paso entre el gentío, pidió una jarra de cerveza y se bebió la mitad con avidez, de un solo trago. Luego se sentó junto a un grupo de obreros que hablaban en una mezcla de polaco e inglés. Al rato, preguntó:

– ¿Alguno de vosotros fuma Fatima?

Un hombre calvo que llevaba un mandil de cuero contestó:

– Sí, yo siempre fumo Fatima.

– ¿Te interesa comprar una lata a mitad de precio? Veinticinco centavos cien cigarrillos.

– ¿Dónde está el truco?

– Se extraviaron. Alguien los encontró.

– Parece un poco arriesgado.

– Hagamos una cosa. Deja el dinero en la mesa. No lo cogeré hasta que tú me digas.

Los hombres mostraron entonces más interés. El calvo rebuscó en un bolsillo y sacó una moneda de veinticinco centavos. Lev cogió una lata del saco y se la tendió. El hombre la abrió; sacó de ella un pequeño rectángulo de papel doblado, lo abrió y vio que se trataba de una fotografía.

– ¡Eh! ¡Pero si viene con un cromo de béisbol y todo! – exclamó. Se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió -. Muy bien – le dijo a Lev -. Coge el dinero.

Otro hombre observaba la escena por encima del hombro de Lev.

– ¿Cuánto? – preguntó.

Lev se lo dijo, y el hombre compró dos latas.

En la siguiente media hora Lev vendió todos los cigarrillos. Estaba encantado: había convertido dos dólares en cinco en menos de una hora. Trabajando tardaba un día y medio en ganar tres dólares. Quizá le comprara a Nick más latas robadas.

Pidió otra cerveza, se la tomó y salió tras dejar el saco vacío en el suelo. Una vez fuera, se encaminó hacia Lovejoy, un barrio pobre de Buffalo donde vivían la mayoría de los rusos, junto con numerosos italianos y polacos. Podría comprar un filete de camino a casa y freírlo con patatas. O podría recoger a Marga y llevarla a bailar. O podría regalarse un traje nuevo.

En realidad, debería ahorrar para el pasaje de Grigori a América, pensó con sentimiento de culpa, a sabiendas de que no iba a hacerlo. Tres dólares eran una gota en el océano. Lo que de verdad necesitaba era un gran golpe. Entonces podría enviar todo el dinero a Grigori de una sola vez, antes de sucumbir a las tentaciones de gastárselo.

Le arrancó de su ensimismamiento un golpecito en el hombro.

Le dio un vuelco el corazón. Se volvió, casi esperando ver un uniforme de policía. Pero la persona que lo había parado no era un policía. Era un hombre muy corpulento y ataviado con un mono, con el tabique nasal torcido y una mirada ceñuda y agresiva. Lev se tensó: un hombre así solo tenía una función.

El hombre dijo:

– ¿Quién te ha dado permiso para vender cigarrillos en el Irish Rover?

– Solo intento ganarme unos cuantos pavos – contestó Lev con una sonrisa -. Espero no haber ofendido a nadie.

– ¿Ha sido Nicky Forman? He oído que Nick hizo volcar un camión cargado de cigarrillos.

Lev no tenía intención de ofrecer esa información a un extraño.

– No conozco a nadie con ese nombre – dijo, empleando aún un tono de voz afable.

– ¿No sabes que el propietario del Irish Rover es el señor V?

Lev sintió un arrebato de cólera. El señor V tenía que ser Josef Vyalov. Abandonó el tono conciliador.

– Pues que cuelgue un cartel.

– No se puede vender nada en los bares del señor V a menos que él dé permiso.

Lev se encogió de hombros.

– No lo sabía.

– Te daré algo que te ayudará a recordar – dijo el hombre, y le lanzó un puñetazo.

Lev esperaba el golpe y retrocedió rápidamente. El brazo atravesó el aire y el matón renqueó a punto de perder el equilibrio. Lev se adelantó y le asestó una patada en la espinilla. El puño solía ser un arma débil, ni de lejos tan dura como un pie enfundado en una bota. Lev le había dado con todas sus fuerzas, pero no bastó para romperle un hueso. El hombre, enfurecido, rugió y volvió a intentar asestarle un puñetazo, pero falló de nuevo.

No tenía sentido golpear a ese bruto en la cara; probablemente la tendría ya insensible. Lev le propinó una patada en la ingle. El hombre, con el aliento entrecortado, se llevó ambas manos a la entrepierna y se dobló sobre sí mismo. Lev le dio otra patada en el estómago. El hombre boqueaba como un pececillo, incapaz de respirar. Lev se apartó a un lado y le dio otro puntapié por detrás. El hombre cayó de espaldas. Lev apuntó con esmero y le pateó una rodilla, para que cuando se levantara no pudiera correr.

– Dile al señor V que debería ser más amable – le espetó, entre jadeos, a causa del esfuerzo.

Se alejó, aún con la respiración agitada. Oyó que alguien decía a sus espaldas:

– Eh, Ilya, ¿qué cojones ha pasado?

Dos calles más allá, Lev volvía a respirar ya con normalidad y su ritmo cardíaco se había ralentizado. «¡Al infierno con Josef Vyalov – pensó -. Ese malnacido me estafó y ahora no va a intimidarme.»

Vyalov no sabría quién había golpeado a Ilya. Nadie conocía a Lev en el Irish Rover.

Lev empezó a sentirse eufórico. «He derribado a Ilya – pensó -, ¡y no he sufrido ni un rasguño!»

Seguía teniendo un bolsillo lleno de dinero. Paró para comprar dos filetes y una botella de ginebra.

Vivía en una calle de casas de ladrillo en estado ruinoso y subdivididas en pequeños apartamentos. Sentada en el portal de la casa contigua, Marga se limaba las uñas. Era una joven rusa, hermosa, morena, de unos diecinueve años y sonrisa provocativa. Trabajaba como camarera, pero confiaba en labrarse un futuro como cantante. Él la había invitado a una copa en un par de ocasiones y la había besado en una. Ella le había devuelto el beso con entusiasmo.

– ¡Hola, niña! – gritó él.

– ¿A quién llamas niña?

– ¿Qué haces esta noche?