– Tengo una cita – contestó ella.
Lev no la creyó. Ella nunca admitía que no tenía nada que hacer.
– Déjalo plantado – dijo él -. Le apesta el aliento.
Ella sonrió.
– ¡Ni siquiera sabes quién es!
– Ven luego. – Levantó la bolsa de papel -. Voy a hacer filetes.
– Me lo pensaré.
– Trae hielo. – Lev entró en el edificio.
Vivía en un apartamento de renta baja, para el promedio del país, pero a Lev le parecía amplio y lujoso. Tenía una sala de estar dormitorio y una cocina, con agua corriente y luz eléctrica, ¡y todo era para él! En San Petersburgo un apartamento como aquel habría alojado a diez personas o más.
Se quitó la chaqueta, se arremangó y se lavó las manos y la cara en el fregadero. Confiaba en que Marga fuera a verlo. Era su tipo de chica, siempre dispuesta a reírse, bailar o montar una fiesta, nunca demasiado preocupada por el futuro. Peló y cortó varias patatas, puso una sartén sobre el hornillo y añadió un pedazo de manteca. Mientras se freían las patatas, Marga llegó con una jarra llena de hielo picado. Preparó las bebidas con ginebra y azúcar.
Lev tomó un sorbo de la suya, y luego le dio un beso fugaz en los labios.
– ¡Está buena! – exclamó.
– Eres un fresco – repuso ella, pero no era una protesta seria. Él empezó a preguntarse si lograría llevársela a la cama más tarde.
Comenzó a freír los filetes.
– Estoy impresionada – comentó ella -. No hay muchos chicos que sepan cocinar.
– Mi padre murió cuando yo tenía seis años, y mi madre cuando tenía once – dijo Lev -. Me crió mi hermano, Grigori. Lo aprendimos a hacer todo solos. Aunque la verdad es que en Rusia nunca teníamos filetes.
Ella le preguntó acerca de Grigori, y él le narró su vida durante la cena. A la mayoría de las chicas les conmovía la historia de dos muchachos huérfanos que luchaban por salir adelante, trabajando en una gigantesca fábrica de locomotoras y viviendo en un piso minúsculo. Omitió, con sentimiento de culpa, la parte de la historia en que abandonaba a su novia embarazada.
Tomaron una segunda copa. Para cuando empezaron la tercera, ya anochecía y ella estaba sentada en el regazo de él. Entre trago y trago, Lev la besaba. Cuando ella abrió la boca para recibir su lengua, él le acarició los senos.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe.
Marga gritó.
Entraron tres hombres. Marga se levantó de un salto del regazo de Lev, sin dejar de gritar. Uno de los hombres le dio una bofetada con el dorso de la mano y le ordenó:
– Cierra la puta boca, zorra.
Ella corrió hacia la puerta cubriéndose con las manos los labios sangrantes. Los intrusos la dejaron marchar.
Lev se levantó de un brinco y la emprendió a golpes contra el hombre que había agredido a Marga; uno de sus puñetazos le acertó en un ojo. Entonces los otros dos lo aferraron por los brazos. Eran fuertes y no podía zafarse. Mientras lo sujetaban, el primer hombre, que parecía ser el cabecilla, le asestó un puñetazo en la boca, y luego varios en el estómago. Lev escupió sangre y vomitó el filete.
Debilitado y terriblemente dolorido, lo obligaron a bajar la escalera y a salir del edificio. Un Hudson azul esperaba en el bordillo con el motor en marcha. Los hombres lo arrojaron al suelo en la parte posterior del vehículo. Dos de ellos se sentaron con los pies apoyados en él, y el otro se puso al volante.
Sentía demasiado dolor para pensar a dónde lo llevaban. Supuso que aquellos hombres trabajaban para Vyalov, pero ¿cómo lo habían encontrado? ¿Y qué iban a hacer con él? Intentó no sucumbir al miedo.
Minutos después, el coche se detuvo y lo sacaron a rastras. Se encontraban frente a un almacén. La calle estaba desierta y en penumbra. Lev percibió el olor del lago, por lo que supo que estaban cerca de él. Era un buen lugar para matar a alguien, concluyó con lúgubre fatalismo. No habría testigos, y el cuerpo podría acabar en el lago Erie, atado dentro de un saco junto con varios ladrillos para garantizar que se hundiera hasta el fondo.
Lo arrastraron al interior del edificio. Lev intentó calmarse. Aquel era el peor aprieto en el que se había encontrado nunca. No estaba seguro de que pudiera salir airoso de él gracias a su labia. «¿Por qué hago estas cosas?», se preguntó.
El almacén estaba lleno de neumáticos nuevos, en pilas de quince o veinte cada una. Le condujeron entre ellas a la parte trasera y se pararon frente a una puerta que estaba vigilada por otro hombre corpulento, que alzó un arma para detenerlos.
No se medió palabra.
Al cabo de un minuto, Lev dijo:
– Parece que vamos a tener que esperar un rato. ¿Alguien ha traído una baraja?
Nadie sonrió siquiera.
Finalmente, la puerta se abrió y Nick Forman salió por ella. Tenía el labio superior hinchado y un ojo cerrado. Al ver a Lev, dijo:
– He tenido que hacerlo. Me habrían matado.
«Así que me han encontrado por medio de Nick», pensó Lev.
Un hombre delgado con anteojos salió a la puerta de la oficina. No podía tratarse de Vyalov de ninguna de las maneras, dedujo Lev: era demasiado enclenque.
– Llévalo adentro, Theo – dijo.
– Enseguida, señor Niall – contestó el cabecilla de los matones.
El despacho recordó a Lev la cabaña de campo en la que había nacido: también allí hacía demasiado calor y el aire estaba saturado de humo. En un rincón había una mesa pequeña con iconos de santos.
Detrás de un escritorio de acero estaba sentado un hombre de mediana edad con las espaldas insólitamente anchas. Llevaba un terno de calle con cuello y corbata, y lucía dos anillos en la mano con que sujetaba el cigarrillo.
– ¿Qué es ese puto olor? – preguntó.
– Lo siento, señor V. Es vómito – contestó Theo -. Dio guerra y tuvimos que calmarlo un poco, y después vomitó la comida.
– Soltadlo.
Obedecieron pero permanecieron a su lado.
El señor V lo observó.
– Recibí tu mensaje – dijo -, el mensaje en el que me decías que debería ser más amable.
Lev hizo acopio de todo su valor. No iba a morir lloriqueando.
– ¿Es usted Josef Vyalov?
– Vaya, sin duda tienes coraje, para preguntarme quién soy – dijo el hombre.
– Lo he estado buscando.
– ¿Tú me has estado buscando a mí?
– La familia Vyalov me vendió un pasaje de San Petersburgo a Nueva York, pero me dejó tirado en Cardiff – dijo Lev.
– ¿Y?
– Quiero recuperar mi dinero.
Vyalov lo escrutó largo rato y entonces se echó a reír.
– No puedo evitarlo – dijo -. Me caes bien.
Lev contuvo el aliento. ¿Significaba eso que Vyalov no iba a matarlo?
– ¿Tienes trabajo? – preguntó Vyalov.
– Trabajo para usted.
– ¿Dónde?
– En el hotel San Petersburgo, en las cuadras.
Vyalov asintió.
– Creo que podemos ofrecerte algo mejor – dijo.
En junio de 1915, Estados Unidos se acercó un paso más a la guerra.
Gus Dewar estaba consternado. No creía que Estados Unidos debiera participar en la guerra europea. El pueblo norteamericano opinaba lo mismo, y también el presidente Woodrow Wilson. Pero, de algún modo, el peligro acechaba cada vez más cerca.
La crisis llegó en mayo, cuando un submarino alemán torpedeó el Lusitania, un transatlántico británico que transportaba ciento setenta y tres toneladas de fusiles, munición y granadas de metralla. También llevaba a bordo a dos mil pasajeros, entre ellos ciento veintiocho ciudadanos estadounidenses.
La noticia conmocionó a los norteamericanos como si de un asesinato se hubiera tratado. Los periódicos estallaron en proclamas de indignación.