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– ¡El pueblo le está pidiendo que haga lo imposible! – le dijo irritado Gus al presidente, que se encontraba en el Despacho Oval -. Quieren que sea duro con los alemanes, pero sin arriesgarse a entrar en guerra.

Wilson convenía con él y asintió. Alzó la mirada de la máquina de escribir y dijo:

– No hay ninguna ley que afirme que la opinión pública tenga que ser coherente.

La calma de su superior le parecía admirable, si bien algo frustrante.

– ¿Cómo demonios va a solucionar esto?

Wilson sonrió, dejando a la vista su mala dentadura.

– Gus, ¿te ha dicho alguien que la política fuera fácil?

Al final, Wilson envió un severo comunicado al gobierno alemán, exigiéndole que detuviera los ataques a buques. Sus asesores, entre ellos Gus, y él confiaban en que los alemanes accederían a llegar a algún acuerdo. Pero si optaban por una actitud desafiante, Gus no veía cómo Wilson iba a poder evitar el aumento de la tensión. Era un juego peligroso, y Gus se dio cuenta de que era incapaz de mantener una actitud fría y distante, como el presidente, con respecto al riesgo que corrían.

Mientras los telegramas diplomáticos cruzaban el Atlántico, Wilson fue a su casa de veraneo, en New Hampshire, y Gus, a Buffalo, donde se alojó en la mansión que sus padres tenían en Delaware Avenue. Su padre poseía también una casa en Washington, pero Gus vivía en un apartamento propio, y cuando volvía a Buffalo disfrutaba enormemente de las comodidades de una casa gobernada por su madre: el cuenco de plata con capullos de rosa en la mesilla de noche de su dormitorio, los panecillos calientes del desayuno, la mantelería blanca impoluta en cada comida, la aparición de un traje lavado con esponja y planchado en su ropero sin que él hubiese advertido que nadie se lo hubiera llevado de allí.

La casa estaba amueblada con deliberada sencillez, la reacción de su madre contra las modas decorativas de su propia generación. Gran parte del mobiliario era Biedermeier, un estilo alemán funcional que empezaba a resurgir. El comedor lucía un exquisito cuadro en cada una de sus cuatro paredes, y un único candelabro de tres brazos sobre la mesa. Durante el almuerzo del primer día, su madre dijo:

– Supongo que tienes previsto ir a los suburbios a ver peleas.

– No hay nada malo en el boxeo – repuso Gus.

Era su gran pasión. Incluso había llegado a probarlo, siendo un temerario chico de dieciocho años; sus largos brazos le habían granjeado un par de victorias, pero carecía de instinto asesino.

– Bah, canaille – dijo ella con desdén. Era una expresión esnob que había aprendido en Europa y que significaba «clase baja».

– Me gustaría evadirme un poco de la política internacional, si puedo.

– Esta tarde dan una conferencia sobre Tiziano, con proyección de transparencias con una linterna mágica, en el Albright – le informó ella. El Albright Art Gallery, un edificio clásico blanco situado en Delaware Park, era una de las instituciones culturales más importantes de Buffalo.

Gus había crecido rodeado de cuadros renacentistas, y le gustaban en particular los retratos de Tiziano, pero no le interesaba demasiado asistir a la conferencia. No obstante, era la clase de acto que solían frecuentar los hombres y las mujeres jóvenes de buena familia y, por tanto, una oportunidad para retomar antiguas amistades.

El Albright estaba a un breve trayecto en coche de Delaware Avenue. Entró en el atrio y tomó asiento. Tal como esperaba, entre los asistentes había varias personas a las que conocía. De pronto se sorprendió al ver que a su lado estaba sentada una chica de belleza extraordinaria que le resultaba conocida.

La miró y esbozó una sonrisa vaga, y ella dijo alegremente:

– Has olvidado quién soy, ¿no es así, señor Dewar?

Él se sintió como un tonto.

– Eh… He estado un tiempo fuera de la ciudad.

– Soy Olga Vyalov – dijo, y le tendió una mano enguantada.

– Por supuesto – dijo él.

Su padre era un inmigrante ruso cuyo primer empleo había consistido en echar a los borrachos de un bar de Canal Street. En ese momento era ya propietario de toda la calle. Era concejal del ayuntamiento y un pilar de la Iglesia ortodoxa rusa. Gus había visto a Olga en varias ocasiones, aunque no recordaba que fuera tan atractiva; tal vez había crecido de golpe… Tenía unos veinte años, supuso él, la tez pálida y los ojos azules, y llevaba una chaqueta rosa con cuello vuelto y un sombrero cloché con flores de seda rosa.

– He oído que trabajas para el presidente – comentó -. ¿Qué opinas del señor Wilson?

– Lo admiro enormemente – respondió Gus -. Es un político pragmático que sigue siendo fiel a sus ideales.

– Qué emocionante debe de ser estar en el centro del poder.

– Es emocionante pero, por extraño que parezca, uno no se siente allí en el centro del poder. En una democracia, el presidente depende de los electores.

– Pero sin duda no se limita a hacer lo que los ciudadanos quieren.

– No exactamente, no. El presidente Wilson dice que un líder debe tratar a la opinión pública del mismo modo en que un marinero se aprovecha del viento, utilizándolo para impulsar la nave en una dirección u otra, pero nunca intentando ir directamente contra él.

Olga suspiró.

– Me habría encantado estudiar esas cosas, pero mi padre no me deja ir a la universidad.

Gus sonrió.

– Supongo que cree que aprenderías a fumar cigarrillos y a beber ginebra.

– Y a algo peor, no me cabe duda – dijo ella. Era un comentario subido de tono para una mujer soltera, y el rostro de él debió de delatar su sorpresa, pues ella añadió -: Lo siento, te he incomodado.

– En absoluto. – De hecho, se sentía cautivado. Con la voluntad de que siguiera hablando, le preguntó -: ¿Qué estudiarías si pudieras ir a la universidad?

– Historia, creo.

– Adoro la historia. ¿Alguna época en particular?

– Me gustaría entender mi propio pasado. ¿Por qué tuvo que marcharse de Rusia mi padre? ¿Por qué Estados Unidos es mucho mejor? Debe de haber motivos para estas cosas.

– ¡Exacto!

A Gus le emocionaba que una joven hermosa compartiera su curiosidad intelectual. De pronto se imaginó a ambos como una pareja casada, en el vestidor después de una fiesta, charlando sobre acontecimientos del mundo mientras se preparaban para acostarse, él en pijama, sentado y contemplándola mientras ella se quitaba pausadamente las joyas y se desnudaba… Luego la miró a los ojos; tuvo la impresión de que ella había adivinado lo que tenía en la cabeza y se sintió azorado. Intentó pensar en algo que decir, pero se había quedado mudo.

En ese momento llegó el conferenciante, y el público guardó silencio.

Disfrutó de la charla más de lo que había esperado. El orador había preparado transparencias Autochrome a color de algunos lienzos de Tiziano, y su linterna mágica las proyectaba sobre una gran pantalla blanca.

Cuando la conferencia acabó, quiso seguir hablando con Olga, pero no pudo hacerlo. Chuck Dixon, un hombre a quien conocía de la escuela, se acercó a ellos. Chuck poseía un encanto natural que Gus envidiaba. Tenían la misma edad, veinticinco años, pero Chuck lo hacía sentir como un colegial torpe.

– Olga, tienes que conocer a mi primo – dijo Dixon con aire jovial -. Te ha estado mirando desde el otro extremo de la sala. – Dedicó una sonrisa cordial a Gus -. Siento privarte de una compañía tan cautivadora, Dewar, pero, ya sabes, no puede ser solo tuya toda la tarde. – Rodeó a Olga por la cintura con un brazo en un gesto posesivo y se la llevó.

Gus se sintió despojado. Tenía la sensación de haber congeniado tan bien con ella… Para él, esas primeras conversaciones con una chica solían ser las más arduas, pero con Olga le había sido fácil charlar. Y entonces Chuck Dixon, que en la escuela siempre había sido el último de la clase, se alejaba con ella con la misma desenvoltura con que habría cogido una copa de la bandeja de un camarero.