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Gus tenía los brazos y las piernas largas; era un deporte que se le daba bastante bien.

– Sí – contestó -. Me encanta el tenis.

– ¿Vendrás?

– Iré encantado – declaró.

Lev aprendió a conducir en un día. Dominar la otra habilidad principal de un chófer, cambiar neumáticos pinchados, le llevó un par de horas. Cuando acabó la semana también sabía llenar el depósito, cambiar el aceite y ajustar los frenos. Si el coche no funcionaba, sabía comprobar si la batería se había descargado o si el conducto del combustible se había atascado.

Los caballos eran ya el transporte del pasado, le dijo Josef Vyalov. Los mozos de cuadra cobraban poco: había demasiados. Los chóferes escaseaban, y tenían buenos salarios.

Además, a Vyalov le gustaba disponer de un conductor que fuera lo bastante duro para hacer las veces de guardaespaldas.

El coche de Vyalov era un Packard Twin Six nuevo, una limusina de siete plazas. Los otros chóferes se quedaban impresionados. El modelo había salido al mercado apenas hacía unas semanas, y su motor de doce cilindros era la envidia incluso de los conductores del Cadillac V8.

A Lev no le impresionó tanto la mansión ultramoderna de Vyalov. En su opinión, parecía la vaqueriza más grande del mundo. Era alargada y baja, con grandes aleros voladizos. El jardinero jefe le dijo que era una «casa campestre» a la última moda.

– Si yo tuviera una casa tan grande, querría que pareciera un palacio – dijo Lev.

Pensó en escribir a Grigori y hablarle de todo aquello, de Buffalo, del empleo y del coche, pero dudó. Le habría gustado decirle que había apartado dinero para su pasaje, pero en realidad no había ahorrado nada. En cuanto tuviera un pellizco le escribiría, se prometió. Mientras tanto, Grigori no podría escribirle a él porque no conocía su dirección.

La familia Vyalov estaba compuesta por tres miembros: el propio Josef; su esposa, Lena, que apenas hablaba, y Olga, su hija, una bella joven de aproximadamente la edad de Lev y mirada audaz. Josef era atento y afable con su esposa, aunque pasaba la mayoría de las veladas fuera, con sus compinches. Con su hija, era afectuoso pero estricto. A menudo volvía a casa al mediodía para almorzar con ellas. Después, Lena y él echaban una siesta.

Mientras Lev esperaba para llevar de vuelta a Josef al centro, a veces charlaba con Olga.

A ella le gustaba fumar cigarrillos, algo que le tenía prohibido su padre, que había tomado la firme determinación de que fuera una dama respetable y se casara con algún miembro de la élite social. Había algunos lugares de la finca a los que Josef nunca iba, y el garaje era uno de ellos, por lo que Olga acudía allí para fumar. Se sentaba en el asiento trasero del Packard, su vestido de seda sobre el cuero nuevo, y Lev se apoyaba contra la portezuela, con un pie sobre el estribo, y hablaba con ella.

Era consciente de que estaba atractivo con el uniforme de chófer, y se echaba la gorra atrás. Pronto descubrió que la manera de complacer a Olga era halagarla por su pertenencia a la clase alta. A ella le encantaba que le dijera que caminaba como una princesa, que hablaba como la esposa del presidente y que vestía como una figura de la alta sociedad parisina. Era una esnob, como su padre. La mayor parte del tiempo, Josef era un bruto y un matón, pero Lev observó que se tornaba cortés, y adoptaba una actitud casi deferente, cuando se dirigía a hombres de condición elevada, como presidentes de banco y congresistas.

Lev tenía una intuición ágil, y pronto captó a Olga. Era una chica rica sobreprotegida que no daba rienda suelta a sus impulsos naturales románticos y sentimentales. A diferencia de las chicas que Lev había conocido en los suburbios de San Petersburgo, Olga no podía escabullirse para encontrarse con un chico al anochecer y dejar que la manoseara en la penumbra del portal de una tienda. Tenía veinte años y era virgen. Era incluso posible que nunca la hubieran besado.

Lev vio el partido de tenis desde cierta distancia, sin quitarle el ojo al cuerpo fuerte y esbelto de Olga, y al modo en que sus senos se movían bajo el algodón fino del vestido mientras corría por la pista. Jugaba contra un hombre muy alto que llevaba pantalones blancos de franela. De pronto, a Lev le pareció reconocerlo. Lo observó un rato y finalmente recordó dónde lo había visto antes. Había sido en la fábrica Putílov. Lev le timó un dólar y Grigori le preguntó si Josef Vyalov era de verdad un hombre poderoso en Buffalo. ¿Cómo se llamaba? Tenía el mismo nombre que una marca de whisky… Dewar, eso era. Gus Dewar.

Un grupo de media docena de jóvenes miraban el partido, las chicas con alegres vestidos veraniegos, los hombres con canotiers de paja. La señora Vyalov observaba el encuentro bajo un parasol con una sonrisa complacida. Una doncella uniformada le servía limonada.

Gus Dewar venció a Olga y ambos abandonaron la pista, donde otra pareja los reemplazó de inmediato. Olga aceptó osadamente el cigarrillo que le ofreció su oponente. Lev vio cómo él se lo encendía. Ansiaba ser uno de ellos, jugar al tenis con aquella bonita ropa y beber limonada.

Un golpe errado envió la pelota en su dirección. Él la recogió y, en lugar de lanzarla, la llevó hasta la pista y se la dio a uno de los jugadores. Miró a Olga. Estaba absorta en una animada conversación con Dewar, cautivándolo con una actitud coqueta, como hacía con Lev en el garaje. Sintió una punzada de celos y le dieron ganas de darle un puñetazo en la boca al tipo alto. Olga lo miró y él le brindó su sonrisa más encantadora, pero ella apartó la mirada sin saludarlo. Los demás jóvenes no le hicieron el menor caso.

Era perfectamente normal, se dijo: una chica podía mostrarse simpática con el chófer mientras fumaban en el garaje y luego tratarlo como a un mueble cuando estaba rodeada de sus amigos. Aun así, se sintió herido en el orgullo.

Se dio la vuelta… y vio al padre de Olga acercándose a la pista de tenis por el sendero de grava. Vyalov llevaba un elegante traje con chaleco. Había ido a saludar a los invitados de su hija antes de volver a sus negocios en el centro, supuso Lev.

En cualquier instante vería a Olga fumando, y el castigo sería inimaginable.

Lev no lo pensó dos veces: en dos zancadas cruzó hasta donde Olga estaba sentada y, con un gesto raudo, le arrebató el cigarrillo encendido de entre los dedos.

– ¡Eh! – protestó ella.

Gus Dewar arrugó la frente y le preguntó:

– ¿Qué diablos te propones?

Lev se dio la vuelta y se llevó el cigarrillo a la boca. Un instante después, Vyalov lo alcanzó.

– ¿Qué estás haciendo aquí? – le espetó con sequedad -. Saca el coche.

– Sí, señor – obedeció Lev.

– Y apaga el maldito cigarrillo cuando hables conmigo.

Lev descabezó la colilla y se la guardó en el bolsillo.

– Discúlpeme, señor Vyalov. Ha sido un descuido.

– Asegúrate de que no se repita.

– Sí, señor.

– Y ahora, vete.

Lev se alejó precipitadamente, y luego volvió la mirada atrás. El joven se había puesto en pie de un salto y Vyalov estrechaba una mano tras otra con aire jovial. Olga, con aspecto de sentirse culpable, le presentaba a sus amigos. Habían estado a punto de sorprenderla in fraganti. Sus ojos se cruzaron con los de Lev, y le dirigió una mirada de agradecimiento.

Lev le guiñó un ojo y siguió andando.

En el salón de Ursula Dewar había pocos muebles, todos muy valiosos en diferentes sentidos: un busto de mármol obra de Elie Nadelman, una primera edición de la Biblia de Ginebra, una única rosa en un jarrón de cristal tallado y una fotografía enmarcada de su abuelo, que había abierto uno de los primeros grandes almacenes de Estados Unidos. Cuando Gus entró, a las seis en punto, su madre estaba sentada, ataviada con un vestido de noche de seda, y leía una novela titulada El buen soldado.