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– ¿Qué tal está el libro? – le preguntó.

– Es extraordinariamente bueno, aunque, paradójicamente, he oído que el autor es un auténtico canalla.

Gus le preparó un Old Fashioned como a ella le gustaba, con angostura pero sin azúcar. Estaba nervioso. «A mi edad no debería temer a mi madre», pensó. Pero la mujer podía ser mordaz. Le tendió la copa.

– Gracias – dijo ella -. ¿Estás disfrutando tu descanso estival?

– Mucho.

– Temía que por estas fechas estuvieras ya ansioso por regresar a la emoción de Washington y de la Casa Blanca.

Gus también había esperado eso, pero las vacaciones le habían proporcionado placeres inesperados.

– Volveré en cuanto lo haga el presidente, pero mientras tanto me estoy divirtiendo mucho.

– ¿Crees que Woodrow va a declararle la guerra a Alemania?

– Confío en que no. Los alemanes están dispuestos a recular, pero quieren que nosotros dejemos de vender armas a los aliados.

– ¿Y dejaremos de hacerlo? – Ursula era de ascendencia alemana, al igual que aproximadamente la mitad de la población de Buffalo, pero al hablar en plural se refería a los estadounidenses y se contaba entre ellos.

– Por supuesto que no. Nuestras fábricas están ganando mucho dinero con los pedidos británicos.

– Entonces, ¿la situación está en un punto muerto?

– No, todavía. Seguimos tanteándonos. Mientras tanto, como para recordarnos las presiones a las que están sometidos los países neutrales, Italia se ha unido a los aliados.

– ¿Cambiará eso algo?

– No lo suficiente. – Gus respiró hondo -. Esta tarde he ido a jugar al tenis a la finca de los Vyalov – dijo. El tono de su voz no resultó tan despreocupado como había pretendido.

– ¿Has ganado, querido?

– Sí. Tienen una casa campestre. Es impresionante.

– Los nouveau riches…

– Supongo que hubo un tiempo en que nosotros también fuimos nouveau riches, ¿no es así? ¿Cuando tu abuelo abrió su almacén, tal vez?

– Resultas tedioso cuando hablas como un socialista, Angus, aunque sé que no es tu intención hacerlo. – Tomó un sorbo del cóctel -. Mmm, es perfecto.

Gus inspiró una larga bocanada de aire.

– Madre, ¿me harías un favor?

– Por supuesto, querido, siempre que esté en mis manos.

– No va a gustarte.

– ¿De qué se trata?

– Quiero invitar al té a la señorita Vyalov.

Su madre bajó la copa con un movimiento pausado y cuidado.

– Entiendo – dijo.

– ¿No vas a preguntar por qué?

– Sé por qué – repuso ella -. Solo hay una razón posible. He conocido a la deslumbrante y cautivadora hija.

– No tienes por qué enojarte. Vyalov es un hombre prominente en esta ciudad, y muy poderoso. Y Olga es un ángel.

– Si no un ángel, al menos sí cristiana.

– Los Vyalov son rusos ortodoxos – dijo Gus. «Quizá debería poner todas las malas noticias sobre la mesa», pensó -. Van a la iglesia de los Santos Pedro y Pablo, en Ideal Street. – Los Dewar eran episcopalianos.

– Pero no judía, gracias a Dios. – La madre había temido durante algún tiempo que Gus se casara con Rachel Abramov, que le había gustado mucho a su hijo pero a la que nunca había llegado a amar -. Y supongo que podemos estar agradecidos de que Olga no sea una cazafortunas.

– En efecto, no lo es. Diría incluso que Vyalov es más rico que papá.

– No tengo la menor idea.

Se suponía que las mujeres como Ursula no entendían de dinero. Gus, en cambio, sospechaba que todas sabían hasta el último centavo que poseían sus respectivos esposos y los de las demás, pero tenían que fingir ignorancia.

Su madre no parecía tan enojada como él había esperado.

– Entonces, ¿lo harás? – preguntó él, ansioso.

– Por supuesto. Enviaré una nota a la señorita Vyalov.

Gus se sintió eufórico, pero un nuevo temor lo asaltó.

– Por cierto, no invitarás a tus amigas esnobs para que hagan sentirse inferior a la señorita Vyalov…

– Yo no tengo amigas esnobs.

El comentario era demasiado absurdo siquiera para replicar.

– Invita a la señora Fischer, es simpática. Y a tía Gertrude.

– Muy bien.

– Gracias, mamá. – Gus experimentó un gran alivio, como si hubiese sobrevivido a una ordalía -. Sé que Olga no es la prometida que habrías soñado para mí, pero estoy seguro de que le tomarás cariño enseguida.

– Mi querido hijo, tienes casi veintiséis años. Tal vez hace cinco habría intentado convencerte de que no te casaras con la hija de un turbio empresario. Pero últimamente me he preguntado si llegaré a tener nietos. Si en estos momentos anunciases que deseas casarte con una camarera polaca divorciada, me temo que mi principal preocupación radicaría en si sería lo bastante joven para tener hijos.

– No te precipites… Olga no ha accedido aún a casarse conmigo. Ni siquiera se lo he pedido.

– ¿Cómo se va a resistir a ti? – Se puso en pie y le besó -. Y ahora, prepárame otra copa.

– ¡Me has salvado la vida! – le dijo Olga a Lev -. Papá me habría matado.

Lev sonrió.

– Lo vi llegar. Tuve que reaccionar deprisa.

– Te estoy tan agradecida… – dijo Olga, y le besó en los labios.

Lev se quedó perplejo. Ella se apartó antes de que él pudiera aprovecharse, pero Lev sintió de pronto que su relación había cambiado por completo. Nervioso, echó un vistazo a su alrededor en el garaje, pero estaban solos.

Ella sacó una cajetilla de cigarrillos y se llevó uno a los labios. Él lo encendió, emulando lo que Gus Dewar había hecho el día anterior. Era un gesto íntimo, que obligaba a la mujer a agachar la cabeza y permitía al hombre mirarle fijamente los labios. Tenía algo de romántico.

La joven se recostó contra el respaldo del asiento trasero del Packard y exhaló el humo. Lev subió al coche y se sentó a su lado. Ella no puso objeción. Él se encendió también un cigarrillo. Permanecieron sentados un rato en la penumbra; el humo de sus cigarrillos se mezclaba con el olor a aceite, a cuero y al perfume floral que Olga se había puesto.

– Espero que hayas disfrutado del partido de tenis – comentó Lev para romper el silencio.

Ella suspiró.

– Todos los chicos de esta ciudad temen a mi padre – dijo -. Creen que les pegaría un tiro si me besaran.

– ¿Les pegaría un tiro?

Olga se rió.

– Es probable.

– Yo no lo temo. – Lev no mentía. No era que no le tuviera miedo, tan solo intentaba no hacer caso de sus temores, con la esperanza de que su labia le permitiría salir airoso de cualquier apuro.

Pero ella parecía incrédula.

– ¿De veras?

– Por eso me contrató. – Aquella afirmación tampoco era una mentira -. Pregúntaselo.

– Lo haré.

– Le gustas mucho a Gus Dewar.

– A mi padre le encantaría que me casara con él.

– ¿Por qué?

– Es rico, su familia pertenece a la rancia aristocracia de Buffalo, y su padre es senador.

– ¿Siempre haces lo que tu papá quiere?

Ella dio una larga calada al cigarrillo.

– Sí – contestó, y exhaló el humo.

– Me encanta mirarte los labios cuando fumas – dijo Lev.

Ella no respondió, pero le dirigió una mirada especulativa.

Para Lev, aquello fue una invitación, y la besó.

Ella emitió un leve gemido y lo empujó débilmente con una mano contra el pecho, pero ninguna de esas protestas fue lo bastante firme. Él arrojó el cigarrillo fuera del coche y posó la mano sobre sus pechos. Ella le aferró la muñeca, como para apartársela, pero en lugar de hacerlo la apretó aún más contra su tierna carne.