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– Creo que sé lo que dirá.

– Después podremos decírselo a todos.

– Sí.

– Gracias – dijo fervientemente -. Me has hecho muy feliz.

Gus llamó al despacho de Josef Vyalov por la mañana y pidió permiso formalmente para proponer matrimonio a su hija. Vyalov se declaró encantado. Aunque esa era la respuesta que Gus había esperado, el alivio que sintió al oírla le provocó cierta flojera.

Gus se encontraba ya camino de la estación para tomar el tren a Washington, por lo que convinieron en celebrar el enlace en cuanto pudiera regresar. Mientras tanto, Gus accedió de buen grado a dejar la planificación de la boda en manos de la madre de Olga.

Al entrar en la Estación Central por Exchange Street, se encontró a Rosa Hellman, que salía de ella con un sombrero rojo y un pequeño bolso de viaje.

– Hola – dijo -. ¿Puedo ayudarte con el equipaje?

– No, gracias, no pesa – contestó ella -. Solo he pasado fuera una noche. He ido a una entrevista en una agencia de noticias.

Gus arqueó las cejas.

– ¿Para un trabajo como reportera?

– Sí… y me lo han dado.

– ¡Enhorabuena! Disculpa que parezca sorprendido… Creía que no contrataban a mujeres…

– No es habitual, pero tampoco soy la primera. The New York Times contrató a su primera periodista en 1869. Se llamaba Maria Morgan.

– ¿De qué te encargarás?

– Seré la ayudante de su corresponsal en Washington. La verdad es que la vida amorosa del presidente les ha llevado a creer que necesitan a una mujer allí. Los hombres son propensos a pasar por alto historias románticas.

Gus se preguntó si habría mencionado su amistad con uno de los asesores más próximos a Wilson. Supuso que lo habría hecho: los reporteros nunca se andaban con remilgos. Sin duda eso habría contribuido a que le dieran el empleo.

– Yo vuelvo ahora – dijo él -. Supongo que nos veremos allí.

– Eso espero.

– También tengo buenas noticias – añadió el joven con alegría -. Le he propuesto matrimonio a Olga Vyalov… y ha aceptado. Vamos a casarnos.

Ella lo miró largo rato, y al final dijo:

– Idiota.

Si en lugar de insultarlo lo hubiera abofeteado, Gus no se habría quedado más sorprendido. La miró fijamente, boquiabierto.

– Maldito idiota – le espetó ella, y se alejó.

Dos estadounidenses más murieron el 19 de agosto cuando los alemanes torpedearon otro gran transatlántico británico, el Arabic.

Gus lamentaba las víctimas, pero le horrorizaba aún más que Estados Unidos se viera arrastrado inexorablemente al conflicto europeo. Tenía la impresión de que el presidente estaba al límite. Gus quería casarse en un mundo de paz y felicidad; le aterraba un futuro asolado por el caos, la crueldad y la destrucción de la guerra.

Siguiendo las instrucciones de Wilson, Gus informó a varios periodistas, de forma extraoficial, de que el presidente estaba a punto de romper las relaciones diplomáticas con Alemania. Mientras tanto, el nuevo secretario de Estado, Robert Lansing, trataba de llegar a algún acuerdo con el embajador alemán, el conde Johann von Bernstorff.

Podía ser un grave error, pensó Gus. Los alemanes podían poner a Wilson en evidencia y desafiarlo. Y entonces, ¿qué haría él? Si no hacía nada, quedaría como un necio. Le dijo a Gus que romper las relaciones diplomáticas no conduciría necesariamente a la guerra. Gus se quedó con la aterradora sensación de que la crisis estaba fuera de control.

Pero el káiser no quería entrar en guerra con Estados Unidos y, para inmenso alivio de Gus, la apuesta de Wilson mereció la pena. A finales de agosto, los alemanes prometieron no atacar barcos de pasajeros sin previa advertencia. Aquello no suponía una tranquilidad del todo satisfactoria, pero puso fin a la situación de punto muerto.

Los periódicos estadounidenses, que obviaron los matices, se mostraron eufóricos. El 2 de septiembre, Gus le leyó a Wilson con aire triunfal un párrafo de un artículo muy elogioso de aquel mismo día, publicado en el Evening Post de Nueva York.

– «Sin movilizar un regimiento ni reunir una flota, gracias a una perseverancia tenaz e inquebrantable para defender el bien, ha forzado la rendición de la más ufana, la más arrogante y la mejor armada de las naciones.» – Todavía no se han rendido – dijo el presidente.

Una tarde de finales de septiembre, llevaron a Lev al almacén, lo desnudaron y le ataron las manos a la espalda. Acto seguido, Vyalov salió de su despacho.

– Canalla – dijo -. Maldito canalla.

– ¿Qué he hecho? – se defendió Lev.

– Ya sabes lo que has hecho, perro sarnoso – contestó Vyalov.

Lev estaba aterrado. No podía salir airoso de aquella situación gracias a su labia si Vyalov no lo escuchaba.

Su jefe se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa.

– Tráemelo – ordenó.

Norman Niall, su enclenque contable, fue al despacho y volvió con un knut.

Lev lo miró fijamente. Era el típico modelo ruso, tradicionalmente utilizado para castigar a los criminales. Tenía una empuñadura larga de madera y tres correas de cuero, cada una de ellas rematada por una bola de plomo. Lev nunca había sido azotado, pero había visto hacerlo. En las regiones rurales era un castigo habitual para el hurto y el adulterio. En San Petersburgo, el knut se empleaba a menudo con transgresores políticos. Veinte latigazos lisiaban a un hombre; cien lo mataban.

Vyalov, ataviado aún con el chaleco, del que colgaba la cadena de oro del reloj, sopesó el knut. Niall soltó una risilla nerviosa. Ilya y Theo miraban con interés.

Lev se encogió de miedo, se volvió de espaldas y se agarró a la pila de neumáticos. El látigo llegó con un silbido cruel y le mordió el cuello y los hombros. Lev aulló de dolor.

Vyalov volvió a restallar el látigo. Esta vez dolió más.

Lev no podía creer lo insensato que había sido. Se había acostado con la hija virgen de un hombre poderoso y violento. ¿En qué había pensado? ¿Por qué nunca conseguía resistir la tentación?

Vyalov volvió a darle un latigazo. En esta ocasión, Lev se hizo a un lado para intentar eludir el knut. Solo le rozaron los extremos de las correas, que se clavaron sin piedad en su carne, y él volvió a gritar de dolor. Intentó zafarse, pero los hombres de Vyalov lo devolvieron a su sitio, riéndose.

Vyalov alzó de nuevo el látigo, empezó a bajarlo… y se detuvo a medio camino cuando Lev trató de esquivarlo; entonces le dio el latigazo. Lev tenía las piernas rajadas, y las heridas sangraban. Cuando Vyalov lo azotó otra vez, se apartó desesperadamente, tropezó y cayó al suelo de cemento. Se quedó tumbado de espaldas, perdiendo fuerzas por momentos, y Vyalov le fustigó y le alcanzó en el vientre y los muslos. Lev rodó sobre sí mismo, demasiado mortificado y aterrado para ponerse en pie, pero el knut siguió torturándolo. Hizo acopio de energía para gatear unos pasos como un bebé, pero resbaló con su propia sangre, y el látigo cayó de nuevo sobre él. Dejó de gritar: no le quedaba aliento. Concluyó que Vyalov lo azotaría hasta matarlo. Empezó a desear que el final llegara pronto.

Pero Vyalov le negó tal alivio. Soltó el knut, jadeando por el esfuerzo.

– Debería matarte – dijo cuando recuperó la respiración -, pero no puedo.

Lev estaba desconcertado. Yacía en un charco de sangre, con la mirada clavada en su torturador.

– Está embarazada – reveló Vyalov.

Aturdido por el miedo y el dolor, Lev intentó pensar. Había usado preservativo. Era fácil comprarlos en cualquier ciudad grande del país. Siempre lo había usado… excepto aquella vez, claro, cuando él no esperaba que ocurriera nada… y tampoco cuando ella le enseñó la casa, en la que no había nadie, y lo hicieron en la gran cama de la habitación de invitados… ni aquel otro día, en el jardín al anochecer…