Con fría aprensión, pensó que los ingleses debían de albergar grandes esperanzas. La inversión en hombres, dinero y esfuerzos era colosal. Solo podía estar justificada por la idea de que el enemigo creyera que aquel sería el ataque decisivo de aquella guerra. Walter esperaba que así fuera, ganasen o perdiesen.
Siempre que miraba a territorio enemigo, pensaba en Maud. La foto que llevaba de ella en la cartera, recortada de la revista Tatler, la mostraba en el hotel Savoy con un sencillo vestido de baile sobre el pie de foto: «Lady Maud Fitzherbert siempre viste a la última moda». Supuso que, en esos días, Maud no acudiría a muchos bailes. ¿Habría encontrado alguna forma de participar en el esfuerzo bélico de la población civil, como lo había hecho Greta, la hermana de Walter, en Berlín, quien llevaba pequeños caprichos a los hombres heridos internados en los hospitales de guerra? ¿O se habría retirado al campo, como la madre de Walter, y habría plantado patatas en los arriates de flores debido a la escasez de comida?
No sabía si a los ingleses les faltaba alimento. La armada alemana estaba atrapada en el puerto por el bloqueo británico, así que, al menos durante dos años, no había llegado nada por la vía de la importación. Sin embargo, los ingleses continuaban recibiendo suministros de Estados Unidos. Los submarinos alemanes atacaban a los transatlánticos de forma intermitente, pero el alto mando se retiró de una campaña general – que dio en llamarse guerra submarina sin restricciones – por miedo a que los estadounidenses entraran en la guerra. Así que Walter supuso que Maud no estaría pasando tanta hambre como él. Y él estaba saliendo mejor parado que los civiles alemanes. Se habían producido huelgas y manifestaciones en contra del racionamiento de comida en algunas ciudades.
Walter no había escrito a Maud, ni ella a él. No había servicio postal entre Alemania y Gran Bretaña. La única posibilidad habría sido que uno de ellos hubiera viajado a algún país neutral, como Estados Unidos o Suiza, y hubiera enviado una carta desde allí; pero esa oportunidad no había surgido para él ni, supuestamente, para ella.
No saber nada de Maud era una tortura. Le obsesionaba el miedo de que pudiera estar ingresada en algún hospital sin él enterarse. Anhelaba el final de la guerra para poder acudir junto a ella. Deseaba con todas sus fuerzas que Alemania ganara, por supuesto, aunque había veces que sentía una total indiferencia por la victoria siempre que Maud se encontrara bien. Su pesadilla era que llegara el fin, fuera a Londres a buscarla y le comunicasen que había muerto.
Apartó esa idea terrible de su mente. Bajó los prismáticos, los enfocó para ver más de cerca y examinó la barrera de alambrada de espinos del bando alemán levantada en tierra de nadie. Estaba dispuesta en dos filas, cada una de ellas separada por unos cuatro metros de distancia. La alambrada estaba fijada con fuerza al suelo mediante unos postes de acero que no podían moverse fácilmente. Era una barrera protectora formidable que proporcionaba gran sensación de seguridad a las tropas.
Descendió del parapeto de la trinchera y desenrolló una escalerilla plegable de madera para llegar al refugio subterráneo. La desventaja de que su posición estuviera en lo alto de una colina era que las trincheras resultaban un blanco más visible para el fuego enemigo, así que, para compensar, los refugios subterráneos del sector estaban excavados en lo más profundo del suelo calcáreo, a la profundidad suficiente para ofrecer protección frente a cualquier arma con excepción del impacto directo de los proyectiles de mayor dimensión. Había espacio para albergar a todos los hombres de la guarnición de trincheras durante un bombardeo. Algunos refugios estaban comunicados entre sí y proporcionaban una vía de escape alternativa si los bombardeos bloqueaban la entrada.
Walter se sentó en un banco de madera y sacó su libreta. Dedicó un par de minutos a tomar unas cuantas notas con las que poder recordar todo cuanto había visto. Su informe confirmaría lo que contaran otras fuentes de los servicios secretos. Los agentes secretos llevaban un tiempo llamando la atención sobre un fenómeno que los ingleses calificaban de «gran ofensiva».
Von Ulrich se abrió paso hacia la retaguardia atravesando el laberinto. Los alemanes habían construido tres líneas de trincheras con dos o tres kilómetros de separación, así, si los desplazaban de la primera línea podían introducirse en otra trinchera y, si esa fallaba, podían entrar en una tercera. Walter pensó, bastante satisfecho, que, ocurriera lo que ocurriese, no habría victoria rápida para los ingleses.
Fue a por su caballo y volvió cabalgando al cuartel general del II Ejército, donde llegó a la hora de comer. En la cantina de los oficiales le sorprendió encontrar a su padre. Este era un oficial de alto rango del Estado Mayor, y en esos momentos viajaba a toda prisa de un campo de batalla a otro, al igual que, en tiempos de paz, había viajado de una capital europea a otra.
Otto parecía más viejo. Había perdido peso, todos los alemanes habían adelgazado. Su flequillo cortado al estilo monacal era tan minúsculo que parecía calvo. Sin embargo, mostraba una actitud enérgica y vital. La guerra le sentaba bien. Le gustaba la emoción, las prisas, las decisiones rápidas y la sensación constante de emergencia.
Jamás hablaba de Maud.
– ¿Qué has visto? – preguntó.
– Se producirá un ataque importante en esta zona en las próximas semanas – anunció Walter.
Su padre sacudió la cabeza con escepticismo.
– La zona del Somme es la franja mejor defendida de nuestra línea. Dominamos el sector más elevado y tres líneas de trincheras. En la guerra, se ataca el punto más débil del enemigo, no su punto más fuerte… incluso los ingleses lo saben.
Walter ató cabos teniendo en cuenta lo que acababa de ver: los camiones, los trenes y el destacamento de comunicaciones tendiendo los cables telefónicos.
– Creo que es todo una farsa – dijo Otto -. Si este fuera el verdadero lugar de ataque, se esforzarían más por ocultar sus maniobras. Se producirá un amago aquí, seguido por una ofensiva real más al norte, en Flandes.
Walter preguntó:
– ¿Qué cree Von Falkenhayn? – Erich von Falkenhayn había sido jefe del Estado Mayor durante casi dos años.
Su padre sonrió.
– Cree lo que yo le diga.
Mientras servían el café al final de la comida, lady Maud preguntó a lady Hermia:
– En caso de emergencia, tía, ¿sabrías cómo ponerte en contacto con el abogado de Fitz?
Tía Herm se quedó un tanto sorprendida.
– Querida, ¿qué puedo tener yo que ver con los abogados?
– Nunca se sabe. – Maud se volvió hacia el mayordomo mientras este posaba la cafetera sobre un salvamanteles plateado -. Grout, ¿serías tan amable de traerme una hoja de papel y un lápiz?
Grout se marchó y regresó con los utensilios de escritura. Maud escribió el nombre y dirección del abogado de la familia.
– ¿Para qué quiero esto? – preguntó tía Herm.
– Esta misma tarde podrían detenerme – dijo Maud de forma despreocupada -. De ser así, por favor, pídele que venga a sacarme de la cárcel.
– ¡Oh! – exclamó tía Herm -. ¡No puedes estar hablando en serio!
– No, estoy segura de que no ocurrirá – afirmó Maud -. Pero, bueno, ya sabes, es solo por si acaso… – Besó a su tía y salió de la sala.
La actitud de tía Herm enfureció a Maud, aunque la mayoría de las mujeres se comportaba igual. No era nada apropiado para una dama conocer siquiera el nombre de su propio abogado, ni mucho menos entender qué derechos tenía ante la ley. No era de extrañar que se explotase sin piedad a las mujeres.
Maud se puso el sombrero y los guantes y un fino abrigo de entretiempo. Salió a la calle y tomó el autobús a Aldgate.