Estaba sola. Las normas sobre el acompañamiento a las damas se habían relajado desde el estallido de la guerra. Ya no se consideraba escandaloso que una mujer soltera saliera sin acompañante durante el día. Tía Herm desaprobaba el cambio, pero no podía encerrar bajo llave a Maud, ni tampoco podía recurrir a Fitz, que estaba en Francia, así que no le quedaba más que aceptar la situación, si bien es cierto que lo hacía de mala gana.
Maud era directora de la publicación The Soldier’s Wife, un rotativo de pequeña tirada que hacía campaña para conseguir un mejor trato para las personas que dependían de los hombres en el frente. Un diputado conservador del Parlamento británico había descrito el periódico como «un cargante fastidio para el gobierno», frase que, desde ese instante, apareció en las cabeceras de todas las ediciones. La fuerza que Maud tenía para hacer campaña por esa causa estaba alimentada por su indignación contra la subyugación de las mujeres combinada con el horror de la carnicería sinsentido que era la guerra. Maud subvencionaba el periódico con su humilde herencia. De todas formas, no necesitaba el dinero: Fitz siempre pagaba todo cuanto ella necesitaba.
Ethel Williams era la directora editorial del periódico. Había dejado con mucho gusto el taller de costura donde la explotaban y lo había cambiado por un sueldo más cuantioso y el papel que desempeñaba en la campaña por la causa. Ethel compartía el furor de Maud, pero tenía una serie de habilidades distintas. Maud entendía la política de alto niveclass="underline" había conocido en acontecimientos de sociedad a los ministros del gabinete británico y hablaba con ellos sobre las cuestiones de actualidad. Ethel conocía un mundo político distinto: el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Confección, el Partido Laboralista Independiente, las huelgas, los encierros en las fábricas y las manifestaciones callejeras.
Tal como se habían citado, Maud se reunió con Ethel justo en la acera que quedaba delante de la oficina de Aldgate de la Asociación de Familiares de Soldados y Marinos.
Antes de la guerra aquella asociación benéfica bienintencionada había conseguido que damas de buena posición tuvieran la deferencia de ofrecer ayuda y consejo a las necesitadas esposas de los hombres en el frente. En ese momento, la organización desempeñaba un nuevo papel. El gobierno pagaba una libra con un chelín a las esposas con dos hijos separadas de sus esposos por la guerra. No era gran cosa – más o menos la mitad del sueldo de un minero -, pero bastaba para sacar a millones de mujeres y a sus hijos de la pobreza más absoluta. La Asociación de Familiares de Soldados y Marinos administraba esa ayuda por separación.
No obstante, la subvención solo se concedía a las mujeres con «buen comportamiento», y las damas de la caridad en ocasiones negaban el dinero a las mujeres que rechazaban sus consejos sobre la crianza de los niños, la gestión doméstica y los peligros de visitar los locales de música y beber ginebra.
Maud opinaba que esas mujeres estarían mejor sin la ginebra, pero eso no daba a nadie el derecho de dejarlas sumidas en la pobreza. Se ponía hecha una furia al ver cómo acomodadas personas de clase media juzgaban a las esposas de los soldados y las privaban de los medios para alimentar a sus hijos. Pensó que el Parlamento no permitiría un abuso de tal magnitud si las mujeres tuvieran derecho a voto.
Contando con Ethel, se habían reunido doce mujeres de clase trabajadora y un hombre, Bernie Leckwith, secretario del Partido Laboralista Independiente de Aldgate. El partido aprobaba el papel desempeñado por Maud y apoyaba sus campañas.
Cuando Maud se reunió con el grupo que se encontraba sobre la calzada, Ethel estaba hablando con un joven que sostenía una libreta.
– La ayuda por la separación no es un donativo de la beneficencia – declaró -. Las esposas de los soldados lo reciben por pleno derecho. ¿Acaso tiene que pasar usted un examen de buena conducta para recibir su sueldo de reportero? ¿Al señor Asquith le preguntan cuánto madeira bebe antes de poder cobrar su sueldo como miembro del Parlamento? Esas mujeres tienen derecho a recibir ese dinero como si fuera un salario.
Maud pensó que Ethel había encontrado voz propia. Se expresaba con sencillez y fuerza. Tal vez hubiera heredado ese talento de su padre, el sindicalista.
El reportero miraba con admiración a Etheclass="underline" parecía medio enamorado de ella.
– Sus detractores dicen que una mujer que ha sido infiel a su marido soldado no debe recibir la ayuda – repuso con tono de disculpa.
– ¿Es que están vigilando a los maridos? – respondió Ethel con indignación -. Creo que hay casas con muy mala fama en Francia y Mesopotamia, y en otros lugares donde sirven los hombres. ¿Es que el ejército apunta los nombres de los hombres casados que entran en esas casas y les retira la paga? El adulterio es un pecado, pero ese no es motivo para empobrecer aún más a los pecadores y dejar que sus hijos se mueran de hambre.
Ethel llevaba a su hijo, Lloyd, apoyado en la cadera. Ya tenía dieciséis meses y sabía andar, o al menos tambalearse. Tenía un hermoso pelo negro y los ojos verdes, y era tan guapo como su madre. Maud le tendió los brazos para cogerlo, y el pequeño se acercó entusiasmado. La joven sintió un intenso deseo: podía decirse que quería haberse quedado embarazada durante aquella única noche con Walter, pese a todos los problemas que pudieran haberse derivado de esa condición.
No había sabido nada de Walter desde la Navidad pasada. No sabía si estaba vivo o muerto. En aquellos momentos bien podía ser viuda. Intentó no dejarse llevar por la imaginación, pero esos pensamientos horribles la asaltaban sin previo aviso y, a veces, tenía que reprimir el llanto.
Ethel terminó de encandilar al reportero y luego presentó a Maud a una joven con dos niños agarrados a sus faldas.
– Esta es Jayne McCulley, de quien ya te he hablado. – Jayne tenía un hermoso rostro y una mirada decidida.
Maud le estrechó la mano.
– Espero que hoy podamos hacer justicia por usted, señora McCulley – dijo.
– Muy amable por su parte, estoy segura de que lo conseguirá, señora. – Las costumbres de deferencia difícilmente desaparecían en los movimientos políticos igualitarios.
– ¿Estamos listos? – preguntó Ethel.
Maud devolvió a Lloyd a los brazos de Ethel, y todos juntos, en grupo, cruzaron la calle y se dirigieron a la puerta de entrada de la asociación de beneficencia. Había una zona de recepción donde se encontraba una mujer de mediana edad sentada a un escritorio. Se asustó al ver la multitud.
– No tiene por qué preocuparse – dijo Maud -. La señora Williams y yo estamos aquí para ver a la señora Hargreaves, su jefa.
La recepcionista se levantó.
– Iré a ver si está – respondió con nerviosismo.
– Sé que está – replicó Ethel -. Hace media hora la he visto entrar por la puerta.
La recepcionista se fue corriendo.
La mujer que regresó con ella era más difícil de intimidar. La señora Hargreaves era una robusta mujer de unos cuarenta años, llevaba abrigo y falda al estilo francés, y un sombrero a la última ornamentado con un enorme lazo plisado. Maud pensó con malicia que el conjunto perdía todo su encanto continental en esa percha baja y fornida, pero la mujer hacía gala de la seguridad que daba el dinero. Además, tenía una nariz enorme.
– ¿Sí? – preguntó con brusquedad.
Maud reflexionó que, en la lucha por la igualdad de derechos para las mujeres, algunas veces también había que luchar contra las propias mujeres, no solo contra los hombres.
– He venido a verla porque me preocupa el trato que le ha dispensado a la señora Mc-Culley.
La señora Hargreaves parecía asombrada, sin duda alguna, por la forma de hablar de Maud, tan característica de la alta sociedad. Le echó una mirada de arriba abajo. Seguramente, en ese momento, estaba tomando conciencia de que la ropa de la joven era tan cara como la que ella misma llevaba puesta. Al volver a hablar, su tono resultó menos arrogante.