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Fitz recibió sus órdenes al mismo tiempo que otra media docena de oficiales e invitó a una ronda en la cantina para celebrarlo. El capitán al que habían encomendado el mando de la Compañía A levantó su vaso de whisky y dijo:

– ¿Fitzherbert? Debe de ser el dueño de la mina de carbón. Soy Gwyn Evans, el tendero. Seguramente me ha comprado todas sus sábanas y toallas.

En ese momento, había muchos de esos comerciantes engreídos en el ejército. Era típico de los de su clase hablar como si ellos y Fitz fueran iguales, y que simplemente se dedicasen a negocios distintos. Sin embargo, Fitz también sabía que las habilidades organizativas de los hombres de negocios eran muy valoradas en el ejército. Al decir de sí mismo que era tendero, el capitán se comportaba con falsa modestia. Gwyn Evans era el nombre de los grandes almacenes de las ciudades más importantes de Gales del Sur. Tenía a muchas más personas en plantilla que las que tenía a su cargo en la Compañía A. Fitz jamás había organizado nada más complejo que un equipo de críquet y la sobrecogedora complejidad del entramado bélico lo hacía sentirse muy consciente de su inexperiencia.

– Supongo que este es el ataque que acordaron en Chantilly – dijo Evans.

Fitz sabía a qué se refería. En diciembre, al menos habían herido ya a sir John French, y sir Douglas Haig había tomado el mando de comandante en jefe del ejército británico en Francia. Unos días después, Fitz – quien todavía desempeñaba labores de agente de enlace – había acudido a la conferencia de los aliados en Chantilly. Los franceses habían propuesto un ataque a gran escala en el frente occidental durante 1916, y los rusos habían accedido a propinar un golpe similar en el frente oriental.

Evans prosiguió:

– Lo que he oído es que los franceses atacarían con cuarenta divisiones y nosotros con veinticinco. Y eso no va a ocurrir ahora.

A Fitz no le gustaba esa forma tan negativa de hablar – tal como ya estaban las cosas, se sentía bastante preocupado -, aunque, por desgracia, Evans tenía razón.

– Es por Verdún – dijo Fitz.

Desde el pacto de diciembre, los franceses habían perdido doscientos cincuenta mil hombres defendiendo la ciudad fortificada de Verdún, y no les quedaban muchos efectivos para destinarlos al Somme.

– Sea cual sea el motivo, estamos prácticamente solos – repuso Evans.

– No estoy muy seguro de que eso cambie mucho las cosas – respondió Fitz con un aire de despreocupación del todo fingido -. Atacaremos a lo largo de toda la extensión de la línea del frente, sin importar lo que ellos hagan.

– Disiento – replicó Evans, con una seguridad que no resultó del todo insolente -. La retirada francesa libera gran cantidad de reservas alemanas. Pueden llegar todos empujados a nuestro sector como refuerzos.

– Creo que nos movemos demasiado deprisa para que eso nos afecte.

– ¿De verdad lo cree así, señor? – preguntó Evans con frialdad, de nuevo quedándose a un paso de cruzar la fina línea del desacato -. Si logramos atravesar la primera línea de la alambrada de espino de los alemanes, todavía tendremos que arreglárnoslas para pasar por la segunda y la tercera.

Evans estaba empezando a molestar a Fitz. Ese tipo de conversación resultaba desmoralizante.

– La alambrada de espino quedará destruida por nuestra artillería – aseguró Fitz.

– Por mi experiencia, la artillería no resulta efectiva contra la alambrada de espino. Un proyectil con metralla dispara bolas de acero hacia abajo y hacia delante…

– Ya sé lo que es la metralla, pero gracias por la aclaración.

Evans no hizo caso del comentario.

– Así que tiene que hacer explosión a tan solo unos metros por encima y por delante del objetivo; de no ser así, no tiene efecto alguno. Nuestras armas no son tan precisas. Un proyectil de grandes dimensiones estalla al impactar contra el suelo; aunque impacte de forma directa, a veces se limita a elevar una alambrada por los aires y la deja caer sin haber llegado a dañarla en realidad.

– Subestima usted la dimensión de nuestra cortina de fuego. – La irritación de Fitz con Evans se acrecentó por la molesta sospecha de que podía tener razón. Lo que era peor, el nerviosismo del conde aumentaba por esa sospecha -. Después de eso no quedará nada. El frente alemán será destruido por completo.

– Espero que tenga razón. Si se ocultan en sus refugios subterráneos durante la cortina de fuego, y luego salen con sus ametralladoras, nuestros hombres caerán abatidos.

– Parece no entender lo que digo – dijo Fitz, enfadado -. Jamás se ha producido un bombardeo tan intenso en toda la historia de la guerra. Tenemos un cañón cada veinte metros de la primera línea del frente. ¡Planeamos disparar más de un millón de proyectiles! No quedará nada ni nadie con vida.

– Bueno, al menos estamos de acuerdo en una cosa – dijo el capitán Evans -. Como usted dice, esto no se ha hecho nunca; así que ninguno de nosotros puede tener la certeza de que funcionará.

Lady Maud apareció en los juzgados de Aldgate con un enorme sombrero rojo, ornamentado con lazos y plumas de avestruz; le impusieron una guinea de fianza por alteración del orden público.

– Espero que el primer ministro Asquith tome nota – dijo a Ethel cuando salieron del tribunal.

Ethel no se mostró muy optimista.

– No tenemos forma de recurrir a él para que intervenga en el asunto – dijo con exasperación -. Esta clase de comportamiento continuará hasta que las mujeres no tengan el poder de votar a un gobierno que suba al poder. – Las sufragistas tenían pensado convertir el voto femenino en el gran tema de las elecciones generales de 1915, pero el Parlamento había pospuesto los comicios debido a la guerra -. Puede que tengamos que esperar hasta el final del conflicto.

– No necesariamente – dijo Maud. Se detuvieron para posar para un fotógrafo en los escalones de los juzgados, y luego se dirigieron hacia las oficinas de The Soldier’s Wife -. Asquith está luchando por mantener unida la coalición de conservadores y liberales. Si se separa, tendrán que celebrarse elecciones. Y eso nos daría una oportunidad.

Ethel estaba sorprendida. Ella había pensado que el tema del voto para las mujeres era un asunto zanjado.

– ¿Por qué?

– El gobierno tiene un problema. Según el sistema actual, los soldados en activo no pueden votar porque no son propietarios ni inquilinos de una casa. Eso no importaba mucho antes de la guerra, cuando solo había unos cien mil soldados en el ejército. Pero en la actualidad son más de un millón. El gobierno no se atrevería a celebrar unas elecciones y dejarlos al margen, esos hombres están muriendo por su país. Habría un motín.

– Y si reforman el sistema, ¿cómo van a dejar fuera a las mujeres? – objetó Ethel.

– Ahora mismo, el alfeñique de Asquith está buscando una forma de conseguirlo – afirmó Maud.

– Pero ¡no puede! Las mujeres son una pieza tan fundamental como los hombres en la campaña de guerra: fabrican la munición, se ocupan de los soldados heridos en Francia y desempeñan muchas labores que antes solo realizaban los hombres.

– Asquith espera encontrar una forma que le permita evitar ese debate.

– Entonces debemos asegurarnos de que no lo consiga.