Walter debía averiguarlo.
Siguió avanzando a rastras. El ruido era cada vez más intenso. Tenía que mirar en el interior de la trinchera, pero ¿cómo podría hacerlo sin que lo vieran?
Escuchó una voz detrás de él y se le paró el corazón.
Se volvió y vio la luz de la linterna parecida a una luciérnaga. La bobina de alambrada de espino estaba regresando. Avanzó por el barro y, poco a poco, sacó la pistola.
Los soldados con la alambrada avanzaban a toda prisa, sin preocuparse por guardar silencio, contentos de haber cumplido con su misión y de volver sanos y salvos. Pasaron cerca de él, pero no miraron en su dirección.
Cuando hubieron pasado, sintió una inspiración repentina, y se levantó de un salto.
En ese momento, si alguien lo alumbraba y lo veía, creería que formaba parte del grupo.
Lo siguió. No pensó en que los hombres podían escuchar sus pasos y distinguirlos de los que ellos mismos daban. Ninguno de los soldados se volvió a mirar.
Walter dirigió la vista hacia el origen del ruido. Entonces sí pudo ver el interior de la trinchera, aunque al principio solo pudo vislumbrar un par de puntos de luz, que supuestamente eran de linternas. Pero la vista se le fue adaptando poco a poco, y al final distinguió lo que estaba viendo; se quedó atónito.
Estaba viendo a miles de hombres.
Se detuvo. La amplia trinchera, cuyo propósito no había quedado claro, resultó ser una trinchera de reunión. Los ingleses se estaban agrupando en elevado número para su gran ofensiva. Estaban de pie, a la espera, moviéndose sin parar, la luz de las linternas de los oficiales destellando sobre las bayonetas y los cascos metálicos; una fila tras otra de ellos. Walter intentó contar: diez filas de diez hombres hacían cien, otra más, hacían doscientos, cuatrocientos, ochocientos… había mil seiscientos hombres en su campo de visión; más allá, la oscuridad se cerraba sobre el resto.
El ataque estaba a punto de empezar.
Intentó regresar lo más rápido posible con aquella información. Si la artillería alemana abría fuego en ese momento, podían matar a miles de enemigos justo allí, tras las líneas inglesas, antes de que lanzasen la ofensiva. Era una oportunidad caída del cielo o, tal vez, la brindaba el infierno, que era donde se lanzaban los crueles dados para decidir el destino de la guerra. En cuanto llegase a su línea del frente haría una llamada telefónica al cuartel general.
Una bengala ascendió al cielo. Gracias a su luz, Walter vio a un centinela inglés mirando por encima del parapeto, fusil en ristre, apuntando en su dirección.
Walter se tiró al suelo y hundió la cara en el barro.
Se oyó un tiro. Luego uno de los soldados del destacamento de la alambrada de espinos gritó:
– No dispares, cabrón, ¡somos nosotros! – El acento recordó a Walter el servicio de la casa de Fitz en Gales, y supuso que se trataba de un regimiento galés.
El destello se apagó. Von Ulrich se levantó de un salto y salió corriendo en dirección al bando alemán. El centinela no tendría visión durante un par de segundos, pues estaría cegado por el destello de la bengala. Walter corrió más rápido que nunca en toda su vida, a la espera de que el fusil volviera a disparar en cualquier momento. En cuestión de medio minuto llegó a la alambrada de los ingleses y, agradecido, se tiró de rodillas al suelo. Gateó a toda prisa para pasar por el hueco. Lanzaron otra bengala. Seguía dentro del ángulo de tiro, aunque ya no se le veía fácilmente. Se tiró al suelo. El destello lo iluminó de forma directa, un peligroso fragmento cargado de magnesio ardiente cayó a un metro de su mano, pero no se produjeron más disparos.
Cuando el destello se apagó, Walter se levantó y salió corriendo hacia la línea alemana.
A algo más de tres kilómetros por detrás de la primera línea del frente británico, Fitz observaba con ansiedad cómo el 8º Batallón inglés estaba formando poco antes de las dos de la mañana. Tenía miedo de que aquellos hombres que acababan de recibir su formación lo dejaran en evidencia, pero no lo hicieron. Se mostraban dóciles y obedecían sus órdenes con presteza.
El general de brigada, montado a lomos de su caballo, dirigió unas breves palabras a los soldados. Un sargento lo alumbraba con su linterna desde abajo y parecía el malo de una película americana.
– Nuestra artillería ha acabado con las defensas alemanas – dijo -. Cuando lleguen al otro lado, no encontrarán más que alemanes muertos.
Alguien con acento galés, que se encontraba cerca del sargento, murmuró:
– ¡Es increíble!, ¿no?, que los alemanes puedan dispararnos incluso estando fiambres, ¡maldita sea!
Fitz echó un vistazo a las filas para poder identificar al que lo había dicho, pero no lo logró en la oscuridad.
El general de brigada prosiguió:
– Tomen y aseguren la posición en sus trincheras, y les seguirán las cocinas de campaña para servirles un plato de comida caliente.
La Compañía B salió marchando hacia el campo de batalla, seguida por los sargentos del pelotón. Cruzaron los campos, y dejaron así las carreteras despejadas para que pasara el transporte rodado. Iban cantando Guíame, oh, Jehová. Sus voces permanecieron en el aire de la noche durante unos minutos hasta que se ahogaron en la oscuridad.
Fitz regresó al cuartel general del batallón. Un camión con el remolque abierto estaba esperando para llevar a los oficiales a primera línea. Fitz se sentó junto al teniente segundo Roland Morgan, hijo del jefe de la mina de carbón de Aberowen.
Fitz hacía todo lo posible por desalentar el discurso derrotista, pero no podía evitar preguntarse si el general de brigada no se habría pasado yéndose al otro extremo. Jamás había existido un ejército que superase una ofensiva como aquella y nadie podría garantizar cuál sería el resultado. Siete días seguidos de incesante fuego de artillería no habían arrasado con las defensas enemigas: los alemanes seguían respondiendo con disparos, tal como había señalado con sarcasmo aquel soldado anónimo. De hecho, Fitz había dicho exactamente lo mismo en un informe, ante lo que el coronel Hervey le había preguntado si tenía miedo.
Fitz estaba preocupado. Cuando el Estado Mayor cerraba los ojos ante las malas noticias, morían hombres.
Como demostración de lo que pensaba, explotó un proyectil justo en la carretera que tenían a sus espaldas. El conde echó la vista atrás y vio los fragmentos de un camión como en el que él viajaba volando por los aires. Un coche que le seguía dio un volantazo y se dirigió al arcén; al virar recibió el impacto de otro camión. Fue una carnicería, pero el conductor del camión de Fitz no se detuvo a socorrer a los heridos, y obró de forma correcta. Había que dejar los heridos a los paramédicos.
Cayeron más proyectiles en los campos, a izquierda y derecha. Los alemanes estaban disparando a puntos cercanos a la primera línea británica, y no al frente en sí. Debían de haber imaginado que la gran ofensiva estaba a punto de producirse: un movimiento tan numeroso de hombres difícilmente se le podía ocultar a los servicios secretos alemanes y, con eficacia letal, estos estaban matando hombres que todavía no habían llegado a las trincheras. Fitz luchaba contra el pánico, pero no se le quitó el miedo. La Compañía B podía incluso no alcanzar el campo de batalla.
Llegó al punto de reunión sin mayor dificultad. Varios miles de hombres ya se encontraban allí, apoyados en sus fusiles y hablando entre susurros. Fitz escuchó que algunos grupos ya habían quedado diezmados por el bombardeo. Esperó mientras se preguntaba con aprensión si su propia compañía seguiría existiendo. Sin embargo, al final, los Aberowen Pals llegaron sanos y salvos, para su tranquilidad, y se colocaron en formación. Fitz los dirigió durante los últimos cientos de metros hasta la trinchera de reunión de la primera línea del frente.