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– ¿Cómo puedes creer algo así si ellos te enviaron al correccional?

– Tienen que meter a la gente como yo en la cárcel – respondió George con firmeza -. Si no, todo el mundo estaría robando. ¡Yo podría robarme a mí mismo!

Todos rieron, excepto el taciturno Mortimer.

El comandante Fitzherbert reapareció; parecía apagado y llevaba una jarra de ron. El teniente repartió una ración a todos, se la servía en las tazas de latón de la cantina que sostenían con las manos. Billy se bebió su ron sin disfrutarlo. El alcohol abrasador animaba a los hombres, pero no durante mucho tiempo.

El único momento en que Billy se había sentido así fue su primer día en el interior de la mina, cuando Rhys Price lo dejó solo y se le apagó la lámpara. En esa ocasión, lo había ayudado una visión. Por desgracia, Jesús se aparecía a los chicos con imaginaciones febriles, no a hombres sobrios y racionales. Ese día, Billy estaba solo.

Estaba a punto de pasar la prueba definitiva, tal vez a un par de minutos. ¿Podría mantener la calma? Si no lo lograba – si se quedaba hecho un ovillo en el suelo y cerraba los ojos, y rompía a llorar o salía huyendo -, se sentiría avergonzado durante el resto de su vida. «Preferiría morir – pensó -, pero ¿me sentiré así cuando empiecen los disparos?»

Todos avanzaron unos pasos.

Sacó la cartera. Mildred le había dado una foto suya. Llevaba un abrigo y un sombrero: él habría preferido recordarla tal como la había visto la noche que fue a su habitación.

Se preguntó qué estaría haciendo en ese momento. Era sábado, así que seguramente estaba en el taller de Mannie Litov, cosiendo uniformes. Era media mañana, y las mujeres habrían dejado de trabajar para hacer un descanso en ese mismo instante. Mildred podía estar contándoles alguna anécdota divertida.

Pensaba en ella todo el tiempo. La noche que habían pasado juntos había sido una continuación de la lección de besos. Ella lo había frenado y le había enseñado a no comportarse como un animal en celo; le había enseñado a ir más despacio, a jugar más, le había enseñado caricias que resultaban en extremo placenteras, más de lo que nunca habría imaginado. Le había besado el miembro y le había pedido que él hiciera lo mismo con sus zonas íntimas. Lo que era aún mejor, le había enseñado cómo hacerlo para lograr que ella gritara de placer. Al final, había sacado un condón del cajón de su mesilla de noche. Billy nunca había visto uno, aunque los chicos hablaban de ellos, y los llamaban gomas. Mildred se lo había puesto, e incluso eso había resultado excitante.

Había sido como si lo hubiera soñado, y tenía que recordarse constantemente que había ocurrido en realidad. Nada en toda su educación lo había preparado para la actitud abierta y dispuesta de Mildred ante el sexo, y para él había sido como una revelación. Sus padres y la mayoría de las personas de Aberowen la habrían calificado de «inapropiada», con dos hijos y sin rastro de marido a la vista; pero a Billy no le habría importado aunque tuviera seis hijos. Le había abierto las puertas del paraíso, y lo único que quería era volver a ese lugar. Más que ninguna otra cosa en el mundo, deseaba sobrevivir a ese día para poder volver a ver a Mildred y pasar otra noche con ella.

A medida que el batallón de los Pals avanzaba como podía, acercándose poco a poco a la primera línea del frente, Billy se dio cuenta de que estaba sudando.

Owen Bevin empezó a llorar. Billy le dijo con brusquedad:

– No pierdas la calma, soldado Bevin. Llorar no sirve de nada, ¿verdad?

– Quiero irme a casa – respondió el chico.

– Yo también, muchacho, yo también.

– Por favor, cabo. No imaginé que fuera así.

– ¿Cuántos años tienes?

– Dieciséis.

– ¡Por todos los demonios! – exclamó Billy -. ¿Cómo conseguiste que te reclutaran?

– Le dije al médico la edad que tenía y me soltó: «Vete, y vuelve mañana por la mañana. Eres alto para la edad que tienes, podrías haber cumplido los dieciocho mañana». Y me guiñó el ojo, así que supe que tenía que mentir.

– Cabrón – dijo Billy. Miró a Owen. El chico no iba a servir para nada en el campo de batalla. Estaba temblando y llorando.

Billy habló con el teniente segundo Carlton-Smith.

– Señor, Bevin solo tiene dieciséis años, señor.

– Por el amor de Dios – dijo el teniente segundo.

– Tendríamos que enviarlo a la retaguardia. Será un lastre.

– No lo sé. – Carlton-Smith parecía desconcertado y perdido.

Billy recordó la forma en que Jones el Profeta había intentado convertir a Mortimer en su aliado. El Profeta era un buen líder: pensaba para adelantarse a los acontecimientos y actuaba para prevenir los problemas. Carlton-Smith, por el contrario, parecía no tener ninguna habilidad destacable, aunque era un oficial de rango superior. «Por eso lo llaman sistema de clases», habría dicho el padre de Billy.

Un minuto después, Carlton-Smith acudió a Fitzherbert y le dijo algo en voz baja. El comandante negó con la cabeza, y Carlton-Smith se encogió de hombros, en un gesto de impotencia.

Billy no había sido educado para ser testigo mudo de la crueldad.

– ¡El chico solo tiene dieciséis años, señor!

– Es demasiado tarde para decirlo ahora – respondió Fitzherbert -. Y no hable si no se lo he ordenado antes, cabo.

Billy sabía que Fitzherbert no lo había reconocido. Billy era simplemente uno de los cientos de hombres que trabajaban en las minas del conde. Fitzherbert no sabía que él era el hermano de Ethel. En cualquier caso, el desprecio que le hizo enfureció al muchacho.

– Va en contra de la ley – insistió con tozudez.

En otras circunstancias, Fitzherbert habría sido el primero en pontificar sobre el respeto de la ley.

– Yo seré quien juzgue eso – respondió Fitz, irritado -. Por eso soy yo el oficial.

A Billy empezó a hervirle la sangre. Fitzherbert y Carlton-Smith estaban ahí, con sus uniformes hechos a medida, mirando a Billy, con su áspero uniforme de color caqui, diciéndole que no podían hacer nada.

– La ley es la ley – sentenció Billy.

El Profeta habló con calma.

– Veo que ha olvidado su bastón de mando esta mañana, comandante Fitzherbert. ¿Quiere que envíe a Bevin al cuartel a buscárselo?

Con esa misión conseguiría lo que quería, pensó Billy. «Bien hecho, Profeta.»

Pero Fitzherbert no tragó.

– No sea usted ridículo – respondió.

De pronto, Bevin salió disparado como un rayo. Se mezcló con el grupo de hombres que iba detrás y se esfumó en un segundo. Fue algo tan sorprendente que algunos de los hombres rieron.

– No llegará lejos – dijo Fitzherbert -. Y, cuando lo cojan, no será muy divertido.

– ¡Es un crío! – exclamó Billy.

Fitzherbert lo miró fijamente.

– ¿Cómo se llama? – preguntó.

– Williams, señor.

Fitzherbert se quedó perplejo, aunque no tardó en recuperarse.

– Hay cientos de Williams – dijo -. ¿Cuál es su nombre de pila?

– William, señor. Me llaman Billy Doble.

Fitzherbert lo fulminó con la mirada.

«Lo sabe – pensó Billy -. Sabe que Ethel tiene un hermano que se llama Billy Williams.» Le devolvió la mirada.

– Una palabra más, soldado William Williams, y acabará ante un consejo de guerra – dijo Fitzherbert.

Se oyó un silbido en lo alto. Billy se agachó. Desde detrás les llegó una deflagración ensordecedora. Estalló un huracán a su alrededor: montones de tierra y fragmentos de tablones salieron volando por los aires. Billy oyó gritos. De pronto se encontró tendido en el suelo; no estaba seguro de si lo habían derribado o de si se había tirado él. Algo pesado le golpeó la cabeza, y blasfemó. Luego cayó una bota produciendo un ruido sordo en el suelo, junto a su cara. Había una pierna metida dentro, pero nada más.