Выбрать главу

– ¡Oh, Dios! – exclamó.

Se levantó. No estaba herido. Miró a su alrededor, a los componentes de su sección: Tommy, George Barrow, Mortimer… todos estaban en pie. Todos avanzaron; de pronto vieron la primera línea como una vía de escape.

El comandante Fitzherbert gritó:

– ¡Mantengan las posiciones!

– ¡Tal como estaban, tal como estaban! – dijo Jones el Profeta.

El repentino avance fue detenido. Billy intentó sacudirse el barro del uniforme. Luego, otro proyectil estalló detrás de ellos. En todo caso, ese explotó más lejos, aunque no suponía una gran diferencia. Se oyó una deflagración, un huracán, y cayó una lluvia de residuos y miembros amputados. Los hombres empezaron a salir a rastras de la trinchera de reunión de la primera línea y a dirigirse hacia el otro lado. Billy y su sección hicieron lo propio. Fitzherbert, Carlton-Smith y Roland Morgan gritaban a los hombres que se quedasen donde estaban, pero nadie los escuchaba.

Avanzaban corriendo, intentando alcanzar una distancia de seguridad con respecto al lugar donde estallaban los proyectiles. A medida que se acercaban a la alambrada de espinos de los ingleses, empezaron a frenar, y se detuvieron en la linde de tierra de nadie al darse cuenta de que por delante los esperaba un peligro tan grande como el que habían dejado atrás.

Con el propósito de sacar partido de la situación, los oficiales se unieron a los hombres.

– ¡Formación en línea! – gritó Fitzherbert.

Billy miró al Profeta. El sargento dudó por un instante, y luego refrendó la orden.

– ¡Alinéense! ¡Alinéense! – gritó.

– Mira eso – le dijo Tommy a Billy.

– ¿El qué?

– Detrás de la alambrada.

Billy miró.

– Los cuerpos – aclaró Tommy.

Billy vio lo que quería decir. El suelo estaba plagado de cadáveres vestidos de color caqui, algunos retorcidos de forma espantosa, otros tendidos pacíficamente como si estuvieran durmiendo y otros abrazados como amantes.

Se contaban por miles.

– Dios, ayúdanos – susurró Billy.

Se sintió mareado. ¿En qué mundo vivían? ¿Qué pretendía Dios al dejar que aquello ocurriera?

La Compañía Ase alineó, y Billy y el resto de la Compañía B avanzaron como pudieron para colocarse detrás de ellos.

El horror que sentía Billy se tornó rabia. El conde Fitzherbert y los de su clase habían planeado todo aquello. Ellos estaban al mando y ellos eran los culpables de aquella carnicería. «Tendrían que fusilarlos – pensó con furia -; a todos y cada uno de ellos, ¡joder!»

El teniente segundo Morgan tocó un silbato, y la Compañía A corrió hacia delante como en un partido de rugby. Carlton-Smith tocó su silbato, y Billy se lanzó a la carrera.

En ese momento, las ametralladoras alemanas abrieron fuego.

Los soldados de la Compañía A empezaron a caer, y Morgan fue el primero. No habían disparado sus armas. Eso no era una batalla, era una carnicería. Billy miró a los hombres que tenía a su alrededor. Se sentía desafiante. Los oficiales habían fracasado. Los hombres tenían que tomar sus propias decisiones. ¡Al diablo con las órdenes!

– ¡A la mierda con todo! – gritó Billy -. ¡Poneos a cubierto! – Y se tiró al agujero hecho por una bomba.

Los laterales estaban fangosos y había agua estancada en el fondo, pero él, agradecido, hizo presión con el cuerpo sobre la tierra húmeda mientras las balas le pasaban volando por encima de la cabeza. Transcurridos unos segundos, Tommy aterrizó a su lado, luego, el resto de la sección. Los soldados de otras secciones imitaron a los hombres de Billy.

Fitzherbert pasó corriendo junto al agujero.

– ¡Sigan moviéndose! – gritó.

– Si sigue insistiendo – mascullo Billy -, voy a disparar a ese cabrón.

Entonces Fitzherbert fue alcanzado por el fuego de una ametralladora. Le salió un chorro de sangre de la mejilla y le quedó una pierna doblada por debajo del cuerpo. Se desplomó sobre el suelo.

Billy se dio cuenta de que los oficiales corrían el mismo peligro que los demás hombres. Ya no estaba furioso. En cambio, sí se sentía avergonzado por el ejército inglés. ¿Cómo podía ser tan incompetente? Después de todos los esfuerzos que habían hecho, del dinero que habían gastado, de los meses que habían dedicado a la planificación… la gran ofensiva había sido un fracaso. Resultaba humillante.

Billy echó un vistazo a su alrededor. Fitz estaba tendido, inmóvil, inconsciente. Ni el teniente segundo Carlton-Smith ni el sargento Jones estaban a la vista. Los demás hombres de la sección miraban a Billy. Él solo era cabo, pero esperaban que les dijera qué hacer.

Se volvió hacia Mortimer, que antes había sido oficial.

– ¿Tú qué crees que…?

– A mí no me mires, Taffy – respondió Mortimer con sequedad -. Tú eres el puto cabo.

Billy comprendió que tenía que ocurrírsele un plan.

No iba a hacerlos retroceder. Ni se había planteado esa posibilidad. Habría sido como desperdiciar las vidas de los hombres que ya habían muerto. «Tenemos que sacar algún provecho de esto – pensó -; tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos.»

Por otro lado, no pensaba cargar contra una ametralladora.

Lo primero que necesitaban era un análisis del panorama.

Agarró su casco de acero, lo levantó tanto como pudo estirando el brazo, y lo utilizó por encima del borde del cráter como señuelo, por si un alemán tenía visión sobre aquel agujero. Pero no ocurrió nada.

Asomó la cabeza por el borde, a la espera de que, en cualquier momento, un tiro le agujerease el cráneo. Pero también sobrevivió a esa prueba.

Miró más allá de la línea divisoria y a lo alto de la colina, por encima de la alambrada de espinos de la primera línea del frente alemán, enterrada en la ladera. Vio los cañones de los fusiles asomando por los agujeros del parapeto.

– ¿Dónde está esa puta ametralladora? – preguntó a Tommy.

– No estoy seguro.

La Compañía C pasó corriendo. Algunos se pusieron a cubierto, pero otros mantuvieron la posición. La ametralladora volvió a abrir fuego y recorrió la línea; los hombres cayeron como bolos. Billy ya no estaba impresionado. Intentaba localizar el punto de procedencia de las balas.

– Lo tengo – dijo Tommy.

– ¿Dónde?

– Traza una línea recta desde aquí hasta ese montón de arbustos en lo alto de la colina.

– Ya.

– Mira esa parte en que la línea cruza la trinchera alemana.

– Sí.

– Ahora desvíate un poco hacia la derecha.

– ¿Cuánto…?, da igual, ya veo a esos cabrones.

Justo enfrente y un poco hacia la derecha de donde estaba Billy, asomaba algo que podría ser un armazón metálico protector que se levantaba por encima del parapeto, y el inconfundible cañón de una ametralladora. Billy creyó poder distinguir tres cascos alemanes a su alrededor, aunque era difícil asegurarlo.

El joven pensó que el enemigo debía de estar concentrando sus esfuerzos en el hueco de la alambrada británica. Disparaban sin descanso a los hombres que surgían desde ese punto. La forma de atacarlos podía consistir en adoptar un ángulo distinto. Si su sección lograba encontrar una forma de avanzar en diagonal por tierra de nadie, llegarían a la ametralladora por la izquierda de los alemanes, mientras estos estaban mirando hacia la derecha.

Trazó una ruta utilizando tres grandes cráteres abiertos por proyectiles; el tercero de ellos se encontraba justo pasada la zona derribada de la alambrada alemana.