No tenía ni idea de si se trataba de una estrategia militar correcta. Pero la estrategia correcta había costado la vida a miles de hombres esa misma mañana, así que, ¡al diablo con lo correcto!
Volvió a agacharse y miró a los hombres que tenía a su alrededor. George Barrow era un tirador muy preciso pese a su juventud.
– La próxima vez que esa ametralladora abra fuego, prepárate para disparar. En cuanto pare, empieza tú. Con un poco de suerte, se pondrán a cubierto. Yo saldré corriendo hacia ese agujero que hay ahí. Tira con firmeza y vacía el cargador. Tienes diez disparos, consigue que duren medio minuto. En el momento en que los alemanes levanten la cabeza, yo debería de haber llegado al siguiente agujero. – Miró a los demás -. Esperad a la pausa siguiente; luego, salid corriendo mientras Tommy os cubre. La tercera vez, yo os cubriré, y Tommy podrá correr.
La Compañía D llegó a tierra de nadie. La ametralladora abrió fuego. Los fusiles y los morteros de trinchera dispararon al unísono. Pero la carnicería fue menos sangrienta porque había más hombres poniéndose a cubierto en los agujeros de los proyectiles en lugar de seguir corriendo hacia la lluvia de balas.
«En cualquier momento a partir de ahora», pensó Billy. Ya había dicho a los hombres qué iba a hacer, y habría sido una vergüenza retroceder. Apretó los dientes. Era mejor morir que ser un cobarde, volvió a repetirse.
El fuego de ametralladora cesó.
En un segundo, Billy se puso de pie. En ese momento se había convertido en un blanco perfecto. Se agachó y empezó a correr.
A sus espaldas, oyó cómo Barrow disparaba. Su vida estaba en manos de ese chico de correccional de diecisiete años. George disparaba de forma constante: disparo, dos, tres; disparo, dos, tres; tal como le habían ordenado.
Billy cruzó el campo de batalla tan deprisa como pudo, agachado por el peso del macuto. Las botas se le hundían en el barro, respiraba a bocanadas ahogadas, le dolía el pecho, y el único pensamiento que tenía en la mente era que debía ir más deprisa. Estaba más cerca de la muerte de lo que jamás había experimentado.
Cuando se encontraba a un par de metros de distancia del agujero indicado, tiró el arma a su interior y se lanzó como si estuviera placando a un jugador del equipo contrario en un partido de rugby. Cayó en el borde del cráter y se arrastró como pudo al fondo embarrado. Le parecía increíble que aún siguiera con vida.
Escuchó gritos de júbilo lejanos. Su sección aplaudía la carrera. Le asombraba que pudieran estar tan animados en medio de una carnicería como aquella. ¡Qué raros eran los hombres!
Cuando recuperó el aliento, miró con cuidado por encima del borde. Había recorrido algo menos de cien metros. A ese ritmo, le iba a costar un tiempo cruzar tierra de nadie. Pero la alternativa era un suicidio.
La ametralladora volvió a abrir fuego. Cuando paró, Tommy empezó a disparar. Siguió el ejemplo de George e iba haciendo pausas entre los disparos. «Con qué rapidez aprendemos cuando nuestras vidas están en peligro», pensó Billy. Cuando la décima y última bala salió del cargador de Tommy, el resto de la sección llegó al agujero junto a Billy.
– Colocaos a este lado – les gritó, y les hizo una señal para que se situaran por delante.
La posición alemana se encontraba en lo alto de la colina, y Billy temía que el enemigo tuviera visibilidad sobre la parte de atrás del cráter.
Apoyó el fusil en el borde del agujero y apuntó a la ametralladora. Pasado un rato, los alemanes volvieron a abrir fuego. Cuando pararon, Billy disparó. Deseó que Tommy corriera más deprisa. Se dio cuenta de que se preocupaba más por su amigo que por todos los demás hombres de la sección juntos. Mantuvo firme el fusil y disparó a intervalos de unos cinco segundos. No le importaba dar a nadie, siempre que obligase a los alemanes a mantener la cabeza agachada mientras Tommy corría.
El cargador del fusil emitió el ruido característico al quedarse vacío y Tommy aterrizó a su lado.
– ¡Por todos los demonios! – dijo Tommy -. ¿Cuántas veces más tendremos que hacerlo?
– Calculo que dos más – respondió Billy al tiempo que recargaba -. Luego o estaremos lo bastante cerca para lanzar una granada de mano… o seremos putos fiambres.
– Por favor, no digas tacos ahora, Billy – dijo Tommy, muy serio -. Ya sabes que lo encuentro de mal gusto.
Billy soltó una carcajada. Y entonces se preguntó cómo había sido capaz de hacerlo. «Estoy en un agujero mientras el ejército alemán me dispara, y estoy riéndome – pensó -. ¡Que Dios me asista!»
Avanzaron de la misma forma hasta el cráter siguiente, aunque este estaba más lejos, y, esta vez, perdieron a un hombre. Joey Ponti recibió un disparo en la cabeza mientras corría. George Barrow lo levantó y lo llevó a cuestas, pero estaba muerto, tenía un sanguinolento agujero en el cráneo. Billy se preguntó dónde estaría su hermano pequeño Johnny: no lo había visto desde que habían salido de la trinchera de reunión. «Tendré que ser yo quien le informe», pensó Billy. Johnny adoraba a su hermano mayor.
Había otros hombres muertos en aquel agujero; tres cuerpos vestidos de caqui flotando en el agua estancada. Debieron de ser de los primeros que corrieron hacia la cumbre de la colina. Billy se preguntó cómo habrían llegado hasta allí. Tal vez fuera pura casualidad. Los cañones debieron de fallar un par de tiros en la primera ráfaga, y los abatieron al regresar.
En ese momento había otros grupos que se aproximaban a los alemanes siguiendo tácticas similares. O bien imitaban al grupo de Billy, o lo que era más probable: habían llegado a las mismas conclusiones y habían descartado la estúpida idea de cargar en la formación lineal ordenada por los oficiales para diseñar sus propias tácticas más lógicas. El resultado era que los alemanes ya no lo tenían todo a su favor. Como estaban recibiendo disparos, ya no eran capaces de mantener la misma cortina de fuego constante. Tal vez por esa razón, el grupo de Billy llegó al último agujero sin sufrir más bajas.
De hecho, contaban con un hombre más. Un completo desconocido estaba tendido junto a Billy.
– ¿De dónde cojones sales tú? – le preguntó Billy.
– He perdido a mi grupo – respondió el soldado -. Parece que sabéis lo que hacéis, así que os he seguido. Espero que no te importe.
Hablaba con un acento que Billy imaginó que podía ser canadiense.
– ¿Eres buen lanzador? – le preguntó Billy.
– Jugaba en el equipo de béisbol de mi instituto.
– Bien. Entonces, cuando te dé la orden, intenta alcanzar el emplazamiento de esa ametralladora con una granada de mano.
Billy dijo a Llewellyn el Manchas y a Alun Pritchard que lanzasen sus granadas mientras los demás hombres de la sección los cubrían disparando. Una vez más, esperaron a que cesaran las ráfagas de la ametralladora.
– ¡Ahora! – gritó Billy, y se levantó.
Se oyó un breve estruendo de disparos de fusil procedente de la trinchera alemana. El Manchas y Alun, asustados por las balas, lanzaron sin control las granadas. Ninguna llegó a la trinchera, que estaba a unos cincuenta metros de distancia, sino que cayeron cerca e hicieron explosión sin causar daños. Billy blasfemó: no habían acabado con la ametralladora y, seguramente, los alemanes volverían a abrir fuego unos segundos después. El Manchas se convulsionó de forma espantosa cuando una ráfaga de balas lo alcanzó.
Billy se sentía extrañamente tranquilo. Se tomó un segundo para centrarse en su objetivo y echó el brazo hacia atrás. Calculó la distancia como si estuviera lanzando una pelota de rugby. Apenas se dio cuenta de que el canadiense, que estaba a su lado, estaba igual de centrado. La ametralladora disparó y se volvió hacia ellos.
Ambos lanzaron al mismo tiempo.
Las granadas cayeron en el interior de la trinchera, cerca del emplazamiento de la ametralladora. Se oyeron dos ruidos sordos. Billy vio el cañón de la ametralladora salir volando por los aires y lanzó un grito triunfal. Sacó la anilla de la segunda granada y ascendió corriendo la ladera, gritando: «¡A la carga!».