La euforia corría por sus venas como una droga. Apenas era consciente del peligro. No tenía ni idea de cuántos alemanes podían estar en esa trinchera apuntándole con sus fusiles. Los demás hombres lo siguieron. Lanzó su segunda granada, y ellos lo imitaron. Algunas salieron propulsadas sin orden ni concierto, otras aterrizaron en la trinchera y explotaron dentro.
Billy llegó a la trinchera. En ese momento se dio cuenta de que iba con el fusil en bandolera. Antes de poder colocarse en posición de tiro, un alemán podría haberlo matado.
Pero no quedaban alemanes vivos.
Las granadas habían causado daños devastadores. El suelo de la trinchera estaba plagado de cadáveres y – lo que era más insoportable de ver – de restos de cuerpos mutilados. Si había sobrevivido algún alemán a aquella carnicería, se habría batido en retirada. Billy saltó al interior de la trinchera y al final consiguió agarrar el fusil con ambas manos para adoptar la postura de disparo. Pero no fue necesario. No quedaba nadie a quien disparar.
Tommy llegó de un salto a su lado.
– ¡Lo hemos conseguido! – gritó, eufórico -. ¡Hemos tomado una trinchera alemana!
Billy sentía un regocijo desmedido. Habían intentado matarlo, pero él había sido quien los había matado a ellos. Era un sentimiento de profunda satisfacción, incomparable a nada que pudiera haber sentido antes.
– Tienes razón – le dijo a Tommy -. Lo hemos conseguido.
Billy se quedó impresionado por la calidad de las fortificaciones alemanas. Tenía ojo de minero para valorar una estructura segura. Las paredes estaban reforzadas con tablones, las traviesas eran cuadradas y los refugios subterráneos tenían una profundidad sorprendente: de entre seis y hasta nueve metros, con puertas provistas de dintel y escalones de madera. Eso explicaba cómo habían sobrevivido tantos alemanes durante siete días de bombardeos ininterrumpidos.
Supuestamente, los alemanes cavaban sus trincheras y construían redes gracias a las trincheras de comunicación, mediante las que se vinculaba la primera línea destinada al almacenamiento con las zonas de servicios de la retaguardia. Billy debía asegurarse de que no había tropas enemigas esperando para lanzar una emboscada. Dirigió a los demás en una patrulla de exploración, con los fusiles en ristre, pero no encontraron a nadie.
La red de trincheras acababa en la cumbre de la colina. Desde ese punto, Billy echó un vistazo a su alrededor. A la izquierda de su posición, más allá de la zona en peores condiciones a causa de los proyectiles, otros soldados ingleses habían tomado el sector siguiente; a su derecha, la trinchera terminaba y la ladera descendía hasta un valle con un arroyuelo.
Miró hacia el este, en dirección a territorio enemigo. Sabía que a dos o tres kilómetros había otra red de trincheras: la segunda línea de defensa alemana. Estaba listo para seguir avanzando con su grupo, aunque lo dudó por un instante. No veía a otros soldados ingleses avanzando, y se preguntó si sus hombres ya habrían usado casi toda la munición. Supuso que, en cualquier momento, llegarían los camiones de suministros dando tumbos por los cráteres del terreno con más munición y órdenes para la siguiente acción.
Elevó la vista al cielo. Era mediodía. Los hombres no habían comido nada desde la noche anterior.
– Vamos a ver si los alemanes han dejado algo de comer – dijo.
Situó al Seboso Hewitt en lo alto de la colina como vigía por si los alemanes contraatacaban.
No había mucho que echarse al estómago. Al parecer, los alemanes no estaban muy bien alimentados. Encontraron pan negro enmohecido y salami seco. No había ni una triste cerveza. Se suponía que los alemanes eran famosos por su cerveza.
El general de brigada había prometido que a las tropas que avanzaran les seguirían las cocinas de campaña, pero cuando Billy echó la vista atrás con impaciencia hacia tierra de nadie, no vio ni rastro de los suministros.
Se sentaron a comer sus raciones de pan seco y ternera en lata.
Se dio cuenta de que debía enviar a alguien de vuelta para informar de lo ocurrido. Pero antes de poder hacerlo, la artillería alemana cambió su objetivo. Habían empezado a lanzar proyectiles desde la retaguardia de los ingleses. En ese momento, se centraban en tierra de nadie. Volcanes de tierra hacían erupción entre la línea británica y la alemana. El bombardeo era tan intenso que nadie podría haber retrocedido y haber salido con vida.
Por suerte, los artilleros estaban evitando dar a su propia primera línea. Seguramente no sabían con certeza qué sectores habían sido tomados por los ingleses y cuáles seguían en poder de las tropas alemanas.
El grupo de Billy estaba atrapado. No podían avanzar sin munición, y no podían retroceder por el bombardeo. Aunque Billy parecía ser el único preocupado en su posición. Los demás empezaron a buscar recuerdos. Recogían los cascos acabados en punta, las insignias de las gorras y las navajas de bolsillo. George Barrow registraba todos los cadáveres y les quitaba el reloj y los anillos. Tommy se quedó con una Luger 9 mm de un oficial y una caja de municiones.
Empezaron a sentirse aletargados. No era de extrañar: llevaban toda la noche despiertos. Billy nombró a dos vigías y dejó a los demás echar una cabezada. Se sentía desilusionado. En su primer día de combate había logrado una pequeña victoria y deseaba contárselo a alguien.
Por la noche, la cortina de fuego cesó. Billy pensó en batirse en retirada. Parecía no tener sentido hacer otra cosa, pero temía ser acusado de deserción ante el enemigo. Era imposible imaginar de qué serían capaces los oficiales.
No obstante, los alemanes decidieron por él. El Seboso Hewitt, el vigía en lo alto de la colina, los vio avanzar desde el este. Billy divisó un grupo numeroso – de unos cincuenta o cien hombres – atravesando el valle a la carrera hacia donde ellos estaban. Sus hombres no podrían defender el territorio que acababan de tomar si no conseguían munición.
Por otra parte, si se batían en retirada, los podían acusar.
Reunió a sus hombres.
– Bien, muchachos – dijo -. Disparad a discreción, y batíos en retirada cuando se os acaben las balas.
Vació su cargador apuntando hacia el grupo que se acercaba a ellos, que se encontraba todavía a un kilómetro de distancia, luego se volvió y salió corriendo. Los demás hicieron lo mismo.
Cruzaron tambaleantes las trincheras alemanas y regresaron por tierra de nadie hacia el sol del ocaso, saltando sobre los cadáveres y esquivando a los camilleros que recogían a los heridos. Pero nadie les disparó.
Cuando Billy llegó al lado británico, saltó al interior de la trinchera plagada de cadáveres, heridos y supervivientes exhaustos como él. Vio al comandante Fitzherbert tendido sobre una camilla, con el rostro cubierto de sangre, pero los ojos abiertos, vivo y respirando todavía. «Ahí va uno al que no me habría importado perder», pensó. Había muchos hombres sentados o tendidos en el barro, mirando al vacío, abrumados por la impresión y paralizados por el miedo. Los oficiales intentaban organizar el regreso de los hombres y de los cuerpos a las secciones de retaguardia. No se respiraba sensación de triunfo; nadie avanzaba, los oficiales ni siquiera miraban al campo de batalla. La gran ofensiva había sido un fracaso.
Los hombres que quedaban en la sección de Billy lo siguieron hasta la trinchera.
– ¡Qué follón! – exclamó Billy -. ¡Por el amor de Dios, qué follón!
Una semana después, Owen Bevin fue acusado de deserción y cobardía por un tribunal militar.
En el juicio, le dieron la oportunidad de contar con la defensa de un oficial designado como «amigo del prisionero», pero lo rechazó. Como el delito estaba castigado con la pena de muerte, se interpuso de forma automática la apelación de inocencia. Sin embargo, Bevin no dijo nada en su defensa. El juicio duró menos de una hora. Bevin fue declarado culpable.