– ¿Dónde está mamá?
– Ha ido a la cooperativa a por una lata de jamón. – La tienda de ultramarinos local era una cooperativa, y compartía sus beneficios con los clientes. Las tiendas de esa clase eran comunes en Gales del Sur, aunque muchas personas no sabían pronunciar la palabra de forma correcta, y las variaciones iban desde la «corporativa» a la «contemplativa» -. Volverá en cualquier momento.
Ethel dejó a Lloyd en el suelo. El pequeño empezó a explorar la estancia, avanzando tambaleante y ayudándose de los pomos de los armarios, algo parecido a lo que hacía el abuelo. Ethel le habló de su trabajo como directora editorial de The Soldier’s Wife: trabajaba con el impresor, distribuía los paquetes de periódicos, recuperaba los ejemplares que no se habían vendido, conseguía clientes para que se anunciaran en el rotativo. El abuelo se preguntó cómo se las arreglaba para saber hacer todo aquello, y su nieta reconoció que tanto Maud como ella iban improvisando sobre la marcha. La relación con el hombre de la imprenta le resultaba difícil – no le gustaba recibir órdenes de mujeres -, pero se le daba bien vender el espacio destinado a los anuncios. Mientras hablaban, el abuelo sacó su reloj de bolsillo y lo columpió con la mano sin mirar a Lloyd. El niño se quedó mirando la brillante cadena primero y luego se acercó a ella. El abuelo permitió que la agarrase. Lloyd no tardó en estar apoyado sobre las rodillas del anciano para sostenerse en pie mientras examinaba el reloj.
Ethel se sentía rara en la vieja casa. Había imaginado que le resultaría conocida y acogedora, como un par de botas que habían adoptado la forma del pie de quien las había llevado durante años. Pero, en realidad, se sentía ligeramente incómoda. Le daba la sensación de estar en casa de unos antiguos vecinos. No dejaba de mirar los desvaídos dechados bordados con sus cansinos versículos bíblicos y de preguntarse por qué su madre no los habría cambiado en décadas. No sentía que fuera un lugar al que ella perteneciera.
– ¿Has sabido algo de nuestro Billy? – preguntó al abuelo.
– No, ¿y tú?
– No, desde que se marchó a Francia.
– Supongo que estará en esa importante batalla del río Somme.
– Espero que no. Dicen que ha ido mal.
– Sí, ha sido terrible; a juzgar por los rumores, terrible.
Los rumores eran lo único que tenían todos, pues los periódicos hacían gala de una alegre ambigüedad en su información. No obstante, muchos heridos habían regresado a hospitales de Gran Bretaña, y las historias que ellos mismos relataban sobre la incompetencia militar de consecuencias letales habían pasado de boca en boca.
Llegó la madre de Ethel.
– Estaban ahí hablando en la tienda como si no tuvieran otra cosa que hacer… ¡vaya! – Se calló de pronto -. ¡Dios de los cielos! ¿Es nuestra Eth? – Rompió a llorar.
Ethel la abrazó.
– Mira, Cara, te presento a tu nieto, Lloyd – dijo el abuelo.
La madre de Ethel se secó las lágrimas y lo levantó en brazos.
– Pero ¡qué guapo es! – exclamó -. ¡Qué pelito tan rizado! Es igualito a Billy cuando tenía su edad. – Lloyd se quedó mirando muy enfadado a la madre de Ethel durante un rato, luego se puso a llorar.
Ethel lo tomó en brazos.
– Últimamente está muy enmadrado – dijo disculpándose.
– Les pasa a todos a su edad – respondió su madre -. Tú aprovéchalo, porque dentro de nada, cambiará.
– ¿Dónde está papá? – preguntó Ethel, intentando no parecer demasiado impaciente.
Su madre se puso tensa.
– Ha ido a Caerphilly, a una reunión del sindicato. – Miró el reloj -. Llegará a casa a la hora del té, en cualquier momento, a menos que haya perdido el tren.
Ethel supuso que su madre esperaba que llegase tarde. Ella deseaba lo mismo. Quería estar más tiempo a solas con su madre antes de que estallara la crisis.
Cara le preparó una taza de té y sirvió un plato de tortitas galesas. Ethel tomó una.
– Llevo dos años sin probarlas – dijo -. Son deliciosas.
– Esto sí que es agradable – dijo el abuelo, muy contento -. Tengo a mi hija, a mi nieta y a mi bisnieto en la misma habitación. ¿Qué más puede pedir un hombre en esta vida? – Tomó una tortita galesa.
Ethel pensó en que mucha gente creería que el abuelo no había tenido una gran vida, todo el día sentado en una cocina humeante con el único traje que poseía. Pero se sentía agradecido con lo que tenía, y, al menos, ella lo había hecho feliz ese día.
Entonces entró su padre.
Su madre acababa de empezar una frase.
– Una vez tuve la oportunidad de ir a Londres, cuando tenía tu edad, pero el abuelo dijo…
Se abrió la puerta y Cara dejó de hablar en seco. Todos se quedaron mirando al padre de Ethel mientras entraba de la calle. Llevaba su traje para las reuniones y una gorra de minero, estaba sudando por la ascensión de la colina. Luego dio un paso para entrar a la sala y se quedó parado, mirando.
– Mira quién ha venido – dijo la madre de Ethel con alegría forzada -. Ethel y tu nieto. – Tenía la cara pálida de los nervios.
El padre no dijo nada. Se quitó la gorra.
– Hola, papá. Este es Lloyd.
No la miró.
– El pequeño se parece a ti, Dai, muchacho… por la boquita, ¿lo ves? – dijo el abuelo.
Lloyd percibió la hostilidad que se respiraba en la habitación y empezó a llorar.
El padre de Ethel seguía sin abrir la boca. Ethel se dio cuenta de que había cometido un error al presentarle aquella situación de golpe. No había querido darle la oportunidad de prohibirle que fuera a su casa. Sin embargo, en ese momento comprendió que la sorpresa lo había puesto a la defensiva. Miraba de soslayo. Ethel recordó que siempre había sido un error poner a su padre entre la espada y la pared.
David Williams puso gesto de tozudez. Miró a su mujer y dijo:
– Yo no tengo ningún nieto.
– Venga, vamos – dijo Cara intentando apaciguar los ánimos.
Su esposo siguió con expresión de rigidez. Estaba quieto, mirando a su mujer, sin hablar. Estaba esperando algo, y Ethel se dio cuenta de que no se movería hasta que ella se marchase. Empezó a llorar.
– Oh, ¡por el amor de Dios! – exclamó el abuelo.
Ethel recogió a Lloyd.
– Lo siento, mamá – dijo la joven llorando -. Creí que tal vez… – Se quedó sin voz por el llanto y no pudo acabar la frase. Con Lloyd en brazos pasó junto a su padre. No lo miró a los ojos.
Ethel salió de allí y dio un portazo.
Por la mañana, después de que los hombres se hubieran ido a trabajar a la mina y los niños se hubieran ido al colegio, las mujeres realizaban sus labores en el exterior de la casa. Fregaban la acera, los escalones de la entrada de la vivienda o limpiaban las ventanas. Algunas iban a la tienda o salían a hacer otros recados. Ethel pensó que necesitaban ver mundo más allá de sus pequeñas casas, algo que les recordase que la vida no estaba confinada a aquellas cuatro paredes mal construidas.
Se quedó de pie bajo el sol delante de la puerta de la señora Griffiths la Socialista, apoyada contra la pared. A lo largo de toda la calle, las mujeres habían encontrado algún motivo para salir al sol. Lloyd estaba jugando con una pelota. Había visto a otros niños lanzar balones e intentaba imitarlos, pero no lo lograba. Ethel advirtió lo complicada que era la acción de lanzamiento, había que utilizar el hombro y el brazo, la muñeca y la mano juntos. Los dedos tenían que soltar la pelota justo en el momento previo en que el brazo alcanzase su máxima extensión. Lloyd no dominaba todavía aquella técnica, y la dejaba ir demasiado rápido; algunas veces la tiraba por detrás del hombro, o demasiado tarde, así que no tenía velocidad. Pero seguía intentándolo. Ethel suponía que acabaría consiguiéndolo, y entonces jamás lo olvidaría. Hasta que no se tiene un hijo, no se entiende lo mucho que tienen que aprender.