No lograba comprender cómo su padre podía rechazar a ese pequeñín. Lloyd no había hecho nada malo. Ethel era una pecadora, pero también lo era la mayoría de las personas. Dios perdonaba sus pecados, así que, ¿quién era su padre para juzgarla? Aquello la enfadaba y la entristecía al mismo tiempo.
El chico de la oficina de correos llegó por la calle con su caballo y lo ató cerca de los retretes públicos. Se llamaba Geraint Jones. Su trabajo consistía en entregar paquetes y telegramas, aunque ese día no parecía llevar ningún paquete. Ethel sintió un escalofrío repentino, como si una nube hubiera tapado el sol. En Wellington Row, los telegramas no eran muy frecuentes y por lo general traían malas noticias.
Geraint descendió la cuesta, alejándose de Ethel. Se sintió aliviada: las noticias no eran para su familia.
De pronto, le vino a la memoria una carta que había recibido de lady Maud. Ethel, Maud y otras mujeres habían iniciado una campaña para garantizar que el voto femenino formara parte de cualquier debate en la reforma por el derecho a voto de los soldados. Habían conseguido publicidad suficiente como para asegurarse de que el primer ministro Asquith no pudiera pasar por alto la cuestión.
Las noticias de Maud eran que el primer ministro había evitado enfrentarse a esa causa poniendo todo el asunto en manos de un comité llamado Conferencia Parlamentaria. Pero era algo bueno, según dijo Maud. Se produciría un debate tranquilo y en privado en lugar de los histriónicos discursos de la Cámara de los Comunes. Tal vez se impusiera el sentido común. De todas formas, ella estaba intentando por todos los medios averiguar quiénes eran los designados por Asquith para ese comité.
Unas puertas más allá y calle arriba, el abuelo salió de la casa de los Williams, se sentó en el alféizar que quedaba muy cerca del suelo y encendió la primera pipa del día. Vio a Ethel, le sonrió y la saludó con la mano.
En el otro lado de la calle, Minnie Ponti, la madre de Joey y Johnny, empezó a atizar la alfombrilla con un sacudidor, quitando el polvo a golpes, lo que la hacía toser.
La señora Griffiths salió con una pala llena de ceniza de la cocina de carbón y la tiró en un bache del camino de tierra.
– ¿Puedo hacer algo? – le preguntó Ethel -. Puedo ir a la cooperativa si quieres. – Ya había hecho las camas y había lavado los platos del desayuno.
– Está bien – respondió la señora Griffiths -. Te hago una lista en un momento. – Se apoyó en la pared, jadeando. Era una mujer obesa y cualquier esfuerzo la dejaba sin aliento.
Ethel se percató del revuelo que se había armado al fondo de la calle. Varias personas levantaron la voz. Luego oyó un chillido.
La señora Griffiths y ella se miraron, entonces Ethel recogió a Lloyd y se dieron tanta prisa como pudieron para ir a averiguar qué estaba ocurriendo cerca de los retretes más alejados.
Lo primero que vio Ethel fue un reducido grupo de mujeres apelotonadas en torno a la señora Pritchard, que estaba gritando a pleno pulmón. Las demás intentaban tranquilizarla. Pero ella no era la única. Pugh el Retaco, un antiguo trabajador de la mina que había perdido una pierna en el hundimiento de un techo, estaba con dos vecinos, uno a cada lado. Al otro extremo de la calle, la señora de John Jones el Tendero estaba en la puerta, llorando, agarrando una hoja de papel.
Ethel vio a Geraint, el chico de la oficina de correos, blanco como la cera y a punto de llorar también; estaba cruzando la calle y tocando a la puerta de una nueva casa.
– Telegramas del Ministerio de Guerra… – dijo la señora Griffiths -. ¡Oh! ¡Dios nos asista!
– La batalla del Somme – dijo Ethel -. Los Aberowen Pals deben de haber participado.
– Alun Pritchard tiene que estar muerto, y Clive Pugh, y Jones el Profeta… era sargento, y sus padres estaban tan orgullosos…
– Pobre señora Jones, su otro hijo murió en la explosión de la mina.
– Por favor, Dios, que mi Tommy esté bien – rogaba la señora Griffiths, aunque su marido fuera un ateo recalcitrante -. ¡Oh!, salva a Tommy.
– Y a Billy – dijo Ethel; y luego, susurrando al pequeño oído de Lloyd, añadió -: Y a tu papá.
Geraint llevaba una bolsa de lona colgada del hombro. Ethel se preguntó con miedo cuántos telegramas más llevaría dentro. El chico iba cruzando la calle en zigzag: era el ángel de la muerte con gorra de cartero.
Cuando dejó atrás los retretes públicos y llegó a la mitad superior de la calle, todo el mundo estaba sobre el asfalto. Las mujeres habían dejado de hacer sus tareas y estaban esperando. Los padres de Ethel salieron a la calle: su padre todavía no se había marchado a trabajar. Estaban ahí parados con el abuelo, en silencio y asustados.
Geraint se acercó a la señora Llewellyn. Su hijo Arthur debía de haber muerto. Lo conocían con el sobrenombre del Manchas, según recordaba Ethel. El pobre chico ya no tendría que preocuparse más por su piel.
La señora Llewellyn levantó las manos como para impedir que Geraint siguiera avanzando.
– ¡No! – gritó -. ¡No, por favor!
El chico le entregó el telegrama.
– Yo no puedo hacer nada, señora Llewellyn – dijo. No tenía más que diecisiete años -. Lleva su dirección en el destinatario, ¿lo ve?
Aun así, la mujer se negaba a recibir el sobre.
– ¡No! – gritó, se volvió de espaldas y se tapó la cara con las manos.
Al chico le temblaban los labios.
– Por favor, tómelo – le rogó -. Aún tengo que repartir todos estos. Y hay más en la oficina, ¡cientos de ellos! Ya son las diez y no sé si voy a poder hacerlo todo antes de que anochezca. Por favor.
La vecina de al lado, la señora de Roley Hughes, dijo:
– Yo lo recibiré por ella. No he tenido hijos.
– Muchas gracias, señora Hughes – dijo Geraint, y siguió caminando.
Sacó otro telegrama de la bolsa y pasó de largo por la casa de la señora Griffiths.
– ¡Oh, gracias a Dios! – exclamó la señora Griffiths -. Mi Tommy está bien, gracias a Dios. – Empezó a llorar de alivio.
Ethel se cambió a Lloyd a la otra cadera y abrazó a su anfitriona.
El chico se acercó a Minnie Ponti. Ella no gritó, pero empezaron a caerle las lágrimas por las mejillas.
– ¿Cuál de los dos? – preguntó con la voz rota -. ¿Joey o Johnny?
– No lo sé, señora Ponti – respondió Geraint -. Tendrá que leer lo que dice ahí.
La señora Ponti rasgó el sobre.
– ¡No veo nada! – gritó. Se frotó, intentando aclararse la visión, borrosa por las lágrimas, y volvió a mirar -. ¡Giuseppe! – dijo -. Mi Joey está muerto. ¡Oh, mi pobre niñito!
La señora Ponti vivía casi al final de la calle. Ethel se quedó esperando, con el corazón en un puño, para ver si Geraint se dirigía hacia casa de los Williams. ¿Billy estaba vivo o muerto?
El chico volvió la espalda a la señora Ponti, que era un mar de lágrimas. Miró al otro lado de la calle y vio al padre de Ethel, a su madre y al abuelo, que lo observaban aterrados y en vilo. Echó un vistazo a la bolsa y levantó la mirada.
– Ya no hay nada más para Wellington Row – anunció.
Ethel estuvo a punto de desmayarse. Billy seguía vivo.
Ella miró a sus padres. Su madre estaba llorando. El abuelo intentaba encender su pipa, pero le temblaban las manos.
Su padre la escrutaba. Ethel no podía mirarlo a la cara. El hombre era presa de un fuerte sentimiento, pero ella no sabía cuál.
Dio un paso hacia ella.
No fue mucho, pero sí suficiente. Con Lloyd en brazos, corrió hacia su padre.