El comandante de la zona era el general Brusílov, un soldado profesional, a diferencia de muchos de los generales, que no eran sino cortesanos. A las órdenes de Brusílov, los rusos habían ganado terreno en junio, haciendo retroceder a los austríacos, presa de la confusión. Grigori y sus hombres luchaban con ahínco cuando las órdenes tenían alguna lógica. De lo contrario, consagraban sus energías a permanecer fuera de la línea de fuego. Grigori había llegado a dominar esa táctica, y de este modo se había granjeado la lealtad de su pelotón.
En julio, el avance de los rusos se había ralentizado, como siempre, por la falta de suministros. Pero acababa de llegar el refuerzo del Ejército de Guardias. Los Guardias eran un grupo de élite, formado por los más altos y fuertes de los soldados rusos. A diferencia del resto del ejército, disponían de buenos uniformes – de color verde oscuro con galones dorados – y botas nuevas. Pero estaban a las órdenes de un comandante pésimo, el general Bezobrázov, otro cortesano. Grigori creía que Bezobrázov no conseguiría tomar Kovel, por muy altos que fueran los Guardias.
Fue el comandante Azov quien dictó las órdenes al amanecer. Era un hombre espigado y fornido, ataviado con un uniforme ceñido; como era habitual por las mañanas, tenía los ojos enrojecidos. Le acompañaba el teniente Kirílov; este convocó a los sargentos y Azov les dijo que debían vadear el río y seguir los senderos que transcurrían por la ciénaga en dirección al oeste. Los austríacos estaban emplazados allí, aunque no atrincherados: la tierra era demasiado húmeda para cavar trincheras.
Grigori se dio cuenta de que aquel plan iba a acabar en desastre. Los austríacos aguardarían agazapados, a cubierto, en posiciones que habrían podido escoger con esmero. Los rusos estarían concentrados en las veredas y no podrían desplazarse con rapidez por aquel suelo cenagoso. Serían masacrados.
Además, les quedaba poca munición.
– Excelencia, necesitamos un envío de municiones – dijo Grigori.
Azov se movió con presteza pese a su sobrepeso. Sin previo aviso, asestó un puñetazo a Grigori en la boca, que sintió una punzada de dolor abrasador en los labios y cayó de espaldas.
– Eso te mantendrá callado un rato – dijo Azov -. Tendrás la munición cuando tus superiores consideren que la necesitas. – Se volvió hacia los demás -. Formad en filas y avanzad cuando oigáis la señal.
Grigori se puso en pie con el sabor de la sangre en la boca. Se palpó la cara con cautela, y advirtió que había perdido un incisivo. Maldijo su falta de tacto. En un descuido se había acercado en exceso a un oficial. Debería haber sido más prudente: hacían restallar el látigo a la menor provocación. Había tenido suerte de que Azov no fuera armado con un fusil, porque de lo contrario habría sido la culata lo que le hubiese estampado en la cara.
Convocó a su pelotón y les hizo formar en una fila irregular. Tenía previsto rezagarse y dejar que fueran los otros quienes avanzaran, pero Azov hizo marchar enseguida a su compañía, y el pelotón de Grigori quedó en la vanguardia.
Tendría que idear otro plan.
Se dispuso a vadear el río y los treinta y cinco hombres que componían su pelotón le siguieron. El agua estaba fría, pero era un día despejado y cálido, por lo que a ninguno le importó demasiado mojarse. Grigori caminaba despacio, y sus hombres hacían lo propio, permaneciendo tras él, esperando a ver qué haría.
El Stokhod era ancho y somero, y alcanzaron la orilla opuesta sin mojarse más allá de los muslos. Grigori observó con satisfacción que ya los habían rebasado hombres más aplicados.
Cuando alcanzaron la angosta vereda que transcurría entre el cenagal, el pelotón tuvo que seguir el ritmo de los demás, y Grigori no pudo llevar a término su plan de rezagarse. Empezó a inquietarse. No quería que sus hombres formaran parte de aquella aglomeración cuando los austríacos abrieran fuego.
Tras algo más de un kilómetro, el sendero volvió a estrecharse y el ritmo se ralentizó cuando los hombres que iban al frente tuvieron que constreñirse en una fila de a uno. Grigori vio en ello una oportunidad. Fingiendo impacientarse por el retraso, abandonó la vereda y se internó en la ciénaga. El resto de sus hombres lo siguieron prestos. El pelotón que iba detrás de ellos avanzó y enseguida cubrió el hueco.
El agua le llegaba al pecho a Grigori, y el barro era denso. Resultaba arduo y lento caminar por el cenagal y, tal como había previsto, el pelotón se rezagó.
El teniente Kirílov advirtió lo que ocurría y gritó, irritado:
– ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Volved al camino!
Grigori le contestó:
– Sí, excelencia. – Pero alejó aún más a sus hombres, como buscando suelo firme.
El teniente renegó y abandonó el intento.
Grigori inspeccionaba el terreno con la misma cautela que los demás oficiales, aunque con distintas intenciones. Los otros buscaban al ejército austríaco; él buscaba un lugar donde esconderse.
Siguió avanzando, y permitiendo que centenares de soldados lo rebasaran. «Los Guardias están muy orgullosos de sí mismos – pensó -. Dejemos que sean ellos quienes luchen.»
A media mañana oyó los primeros disparos al frente. La vanguardia había abierto combate con el enemigo. Había llegado el momento de refugiarse.
Grigori llegó a una pequeña loma donde la tierra estaba más seca. El resto de la compañía del comandante Azov estaba ya lejos, fuera de su campo de visión. Desde lo alto de la loma, Grigori gritó:
– ¡A cubierto! ¡Emplazamiento enemigo al frente y a la izquierda!
No había ningún emplazamiento enemigo, y sus hombres lo sabían, pero se agazaparon detrás de arbustos y árboles, y apuntaron con los fusiles al otro lado de la pendiente. Grigori disparó una ráfaga a una mata de vegetación situada a unos quinientos metros, solo por si habían tenido la mala fortuna de elegir un punto donde sí hubiera algunos austríacos, pero no hubo respuesta.
Estarían a salvo mientras permanecieran allí, pensó Grigori satisfecho. Con el transcurso del día, la situación solo podría tener dos desenlaces posibles. Lo más probable era que en pocas horas los soldados rusos retrocedieran renqueantes por el cenagal cargando con los heridos y perseguidos por el enemigo, en cuyo caso el pelotón de Grigori se sumaría a ellos. De no ser así, al caer la noche Grigori concluiría que los rusos habían ganado la batalla y haría avanzar a su grupo para sumarse a la celebración de la victoria.
Mientras tanto, el único problema era obligar a los hombres a seguir fingiendo un combate con un emplazamiento enemigo. Resultaba tedioso yacer en tierra una hora tras otra, con la mirada al frente, como rastreando el terreno en busca de soldados enemigos. Los hombres solían ponerse a comer y a beber, a fumar, a jugar a las cartas e incluso a dormitar, lo cual daba al traste con la farsa.
Pero antes de que tuvieran tiempo para acomodarse, el teniente Kirílov apareció a unos doscientos metros a la derecha de Grigori, al otro extremo de una charca. Grigori gruñó: aquello podía estropearlo todo.
– ¿Qué estáis haciendo?
– ¡Al suelo, excelencia! – gritó Grigori.
Isaak disparó el fusil al aire y Grigori se agachó. Kirílov hizo lo propio y luego retrocedió por donde había llegado.
Isaak chasqueó la lengua.
– Siempre funciona.
Grigori no estaba seguro. Kirílov parecía molesto, no complacido, como si supiera que lo estaban engañando pero fuera incapaz de hacer nada al respecto.
El joven escuchó el estruendo, el estrépito y el fragor de la batalla que se desataba más allá, calculó que a algo menos de un kilómetro y sin desplazarse en ninguna dirección.