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El sol siguió alzándose en el cielo y le secó la ropa húmeda. Grigori empezó a acusar el hambre y pellizcó un trozo de pan seco de la fiambrera, procurando evitar la zona dolorida de la boca, donde Azov le había asestado el puñetazo.

Cuando la bruma se dispersó, vio los aviones alemanes volando bajo a unos dos kilómetros al frente. A juzgar por el sonido, estaban ametrallando a los soldados que había en tierra. Los Guardias, apiñados en las estrechas veredas o vadeando por el barro, debían de constituir un objetivo terriblemente fácil. Grigori se alegró aún más de no encontrarse allí con sus hombres.

Hacia la media tarde, el fragor de la batalla pareció aproximarse. Los rusos se estaban viendo obligados a retroceder. Se preparó para ordenar a su pelotón que se sumara a las tropas en su huida… pero aún no. No quería llamar la atención. Retirarse despacio era casi tan importante como avanzar despacio.

Vio a varios hombres desperdigados a izquierda y derecha, chapoteando en el cenagal camino del río, algunos de ellos obviamente heridos. La retirada había comenzado, pero todavía no era total.

Desde algún lugar próximo oyó un relincho. La presencia de un caballo significaba la presencia de un oficial. Grigori disparó de inmediato a austríacos imaginarios. Sus hombres lo emularon al instante y hubo ráfagas de fuego disperso. A continuación, miró a su alrededor y vio al comandante Azov a lomos de un gran caballo de caza gris, trotando por el barro. Azov gritaba a un grupo de soldados en retirada, ordenándoles que reanudaran la lucha. Ellos le replicaron hasta que él sacó un revólver Nagant – igual que el de Lev, pensó Grigori, sin que viniera al caso – y los apuntó con él, tras lo cual los hombres dieron media vuelta y, a regañadientes, empezaron a deshacer el camino andado.

Azov enfundó el arma y trotó hasta la posición de Grigori.

– ¿Qué estáis haciendo aquí, imbéciles? – preguntó.

Grigori permaneció tendido pero rodó sobre sí mismo y volvió a cargar el fusil, colocando en posición el cargador de cinco proyectiles y fingiendo prisa.

– Emplazamiento enemigo en aquella arboleda, excelencia – contestó -. Será mejor que desmonte, señor. Pueden verlo.

Azov no se movió de la silla.

– ¿Y qué estáis haciendo? ¿Esconderos?

– Su Excelencia el teniente Kirílov nos ha ordenado que acabemos con ellos. He enviado a una patrulla para que se aproxime por un flanco mientras nosotros los cubrimos desde aquí.

Azov no era del todo estúpido.

– Pues no parece que estén disparando.

– Los tenemos cercados.

Azov sacudió la cabeza.

– Se habrán retirado… si es que en algún momento llegaron a estar ahí.

– No lo creo, excelencia. Hace un momento trataban de acribillarnos.

– Allí no hay nadie. – Azov alzó la voz -. ¡Alto el fuego! ¡Vosotros! ¡Alto el fuego!

El pelotón de Grigori dejó de disparar y miró al comandante.

– ¡A mi señal, atacad! – dijo. Desenfundó la pistola.

Grigori no sabía qué hacer. Obviamente, la batalla había sido el desastre que él había presagiado. Después de haberla evitado todo el día, no quería arriesgar vidas cuando sin duda ya había concluido. Pero el conflicto directo con oficiales era peligroso.

En ese instante, un grupo de soldados emergió de entre la vegetación en el lugar donde Grigori había fingido que había un emplazamiento enemigo. Grigori los miró atónito. Sin embargo, no eran austríacos, advirtió en cuanto pudo distinguir sus uniformes: eran rusos en retirada.

Pero Azov no cambió de parecer.

– ¡Esos hombres son cobardes desertores! – vociferó -. ¡Atacad! – Y disparó con el revólver contra los rusos, que se encaminaban hacia ellos.

Los hombres del pelotón estaban perplejos. Los oficiales a menudo amenazaban con disparar contra soldados que parecían reticentes a entrar en batalla, pero los hombres de Grigori nunca habían recibido la orden de atacar a los de su mismo bando. Lo miraron desconcertados.

Azov apuntó con el revólver a Grigori.

– ¡Atacad! – gritó -. ¡Disparad a esos traidores!

Grigori tomó una decisión.

– ¡Adelante, soldados! – gritó. Se puso en pie. Se volvió de espaldas a los rusos, miró a derecha e izquierda y levantó el fusil -. ¡Ya habéis oído al comandante! – Giró el fusil fingiendo prepararse para obedecer la orden, pero apuntó con él a Azov.

Si tenía que disparar contra los de su bando, antes mataría a un oficial que a un soldado.

Azov lo miró petrificado unos instantes, y en ese segundo Grigori apretó el gatillo.

El primer disparo alcanzó al caballo, y el animal renqueó. Eso le salvó la vida a Grigori, pues Azov le disparó, pero la repentina sacudida del caballo desvió la trayectoria de la bala. Automáticamente, Grigori accionó el cerrojo del fusil y volvió a disparar.

Falló. Grigori blasfemó. En esos momentos corría verdadero peligro. Pero el comandante también.

Azov forcejeaba con el caballo y ello le impedía apuntar con el arma. Grigori siguió sus bruscos movimientos por la mira del fusil, disparó por tercera vez y alcanzó a Azov en el pecho. Vio cómo el comandante caía lentamente del caballo. Fue presa de una sensación de macabra satisfacción cuando el pesado cuerpo del oficial fue a dar a una charca enlodada.

El caballo se alejó con paso vacilante y, de pronto, se sentó sobre los cuartos traseros, como un perro.

Grigori se acercó a Azov. El comandante yacía de espaldas sobre el barro, con la mirada clavada en el cielo, inmóvil pero aún con vida, sangrando por el costado derecho del pecho. Grigori miró a su alrededor. Los soldados en retirada seguían estando demasiado lejos para ver con claridad lo que ocurría. Sus hombres eran absolutamente leales: él les había salvado la vida en numerosas ocasiones. Posó el cañón del fusil contra la frente de Azov.

– Esto es por todos los rusos decentes a los que has matado, perro asesino – dijo, e hizo una mueca que dejó su dentadura a la vista -. Y por mi diente – añadió, y apretó el gatillo.

Azov quedó inerte y dejó de respirar.

Grigori miró a sus hombres.

– Desgraciadamente, el comandante ha muerto víctima del fuego enemigo – dijo -. ¡Retirada!

Todos lo vitorearon y echaron a correr.

Grigori fue hasta el lugar donde se encontraba el caballo. El animal intentó incorporarse, pero Grigori vio que tenía una pata rota. Acercó el fusil a una de sus orejas y disparó el último proyectil. El caballo cayó de costado y quedó inmóvil.

Grigori sintió más lástima por él que por el comandante Azov. Corrió tras sus hombres.

Cuando la ofensiva Brusílov llegó a un punto muerto, Grigori fue destinado a la capital, renombrada ya como Petrogrado porque San Petersburgo tenía connotaciones demasiado alemanas. Al parecer, se requerían soldados curtidos en la lucha para proteger a la familia del zar y a sus ministros de los ciudadanos furiosos. Los supervivientes del batallón fueron fusionados con el 1er Regimiento de Artillería, un cuerpo de élite, y Grigori se instaló en sus cuarteles de la avenida Samsonievski, en el distrito de Viborg, un barrio obrero de fábricas y suburbios. Los artilleros del 1er Regimiento comían bien y disponían de un techo, en un intento de mantenerlos lo bastante contentos para defender el detestado régimen.

Se alegraba de estar de vuelta, y aun así la perspectiva de ver a Katerina lo aterraba. Ansiaba verla, oír su voz, coger en brazos a su bebé, su sobrino. Pero el deseo que ella despertaba en él lo angustiaba. Era su esposa, pero eso no era más que un mero tecnicismo. La realidad era que ella había elegido a Lev, y que su bebé era hijo de Lev. Grigori no tenía derecho a amarla.