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Grigori pensó en esos senos voluptuosos.

– ¿Dónde?

– En la trastienda.

«Al menos – pensó Grigori -, la frustración sexual no me volverá loco cuando vea a Katerina.»

– De acuerdo.

Ella abrió la puerta, lo llevó adentro y luego cerró con pestillo. Cruzaron la tienda vacía hasta otra sala. A la tenue luz que se filtraba de la calle, Grigori vio un colchón en el suelo cubierto con una manta.

La mujer se dio la vuelta para mirarlo y volvió a abrirse el abrigo. Él contempló la mata de vello negro de su entrepierna. Ella le tendió una mano.

– Primero el pan, por favor, sargento.

Él sacó una hogaza de pan grande del petate y se la dio.

– Vuelvo enseguida – dijo ella.

Subió corriendo la escalerilla y abrió la puerta. Grigori oyó una voz infantil. Y luego la tos de un hombre, seca y áspera, que brotaba de lo más profundo de sus pulmones. Durante un rato le llegaron ruidos amortiguados de movimiento y voces susurradas. Después volvió a oír la puerta y ella bajó.

Se quitó el abrigo, se tendió en el colchón y abrió las piernas. Grigori se acostó a su lado y la abrazó. Ella tenía una cara atractiva e inteligente, aunque surcada por la tensión y el sufrimiento.

– ¡Vaya, eres fuerte!

Él acarició su suave piel, pero el deseo lo había abandonado. La escena en su conjunto era patética: la tienda vacía, el esposo enfermo, los niños hambrientos y la coquetería impostada de la mujer.

Ella le desabotonó los pantalones y le rodeó el fláccido pene con la mano.

– ¿Quieres que te la chupe?

– No. – Él se incorporó y le tendió el abrigo -. Tápate.

Ella le contestó, con voz atemorizada: – No puedo devolverte el pan… Ya deben de habérselo comido…

Él negó con la cabeza.

– ¿Qué te ha pasado? – preguntó a la mujer.

Ella se puso el abrigo y se lo abrochó.

– ¿Tienes un cigarrillo?

Él le dio uno y se encendió otro para sí.

Ella exhaló el humo.

– Teníamos una zapatería, zapatos de calidad a precios razonables para la clase media. Mi marido es un buen comerciante y vivíamos bien. – Había un deje de amargura en su voz -. Pero en esta ciudad, nadie, aparte de la nobleza, se ha comprado unos zapatos nuevos en dos años.

– ¿No puedes hacer alguna otra cosa?

– Sí. – En sus ojos refulgió la ira -. No nos quedamos cruzados de brazos y aceptamos nuestra suerte sin más. Mi marido vio que podía suministrar botas buenas para los soldados a mitad del precio que estaba pagando el ejército. Todas las pequeñas fábricas a las que habíamos comprado género estaban desesperadas por recibir pedidos. Fue al Comité de Industrias de Guerra.

– ¿Eso qué es?

– Has pasado un tiempo fuera, ¿verdad, sargento? Hoy todo lo que funciona aquí lo gestionan comités independientes, el gobierno es demasiado incompetente para hacer nada. El Comité de Industrias de Guerra abastece al ejército… o lo hacía, cuando Polivánov era ministro de Guerra.

– ¿Qué falló?

– Conseguimos el pedido, mi marido invirtió todos sus ahorros en pagar a los fabricantes, y luego el zar fusiló a Polivánov.

– ¿Por qué?

– Polivánov consentía la presencia en el comité de representantes elegidos por los obreros, por lo que la zarina concluyó que debía de ser un revolucionario. En cualquier caso, se canceló el pedido y nosotros nos arruinamos.

Grigori sacudió la cabeza, asqueado.

– Y yo creía que solo eran los comandantes del frente los que estaban locos.

– Probamos otras cosas. Mi marido estaba dispuesto a trabajar en lo que fuese, de camarero o conductor de tranvías o reparando carreteras, pero nadie lo contrataba, y luego enfermó por la preocupación y la mala alimentación.

– Y ahora haces esto.

– No se me da muy bien, pero algunos hombres son amables, como tú. Otros… – Se estremeció y apartó la mirada.

Grigori apuró el cigarrillo y se puso en pie.

– Adiós. No voy a preguntarte cómo te llamas.

Ella también se levantó.

– Gracias a ti, mi familia sigue viva. – Se le entrecortó la voz un instante -. Y no tendré que volver a la calle hasta mañana. – Se puso de puntillas y le besó levemente en los labios -. Gracias, sargento.

Grigori se marchó.

El frío arreciaba. Apuró el paso por las calles hacia el barrio de Narva. A medida que se alejaba de la esposa del comerciante, fue recuperando la libido y recordó pesaroso su suave cuerpo.

Pensó que, como él, Katerina también tendría necesidades físicas. Dos años sin amor eran mucho tiempo para una mujer joven, y ella aún tenía solo veintitrés años, y también pocos motivos para ser fiel a Lev o a Grigori. Una mujer con un bebé bastaba para ahuyentar a muchos hombres, pero, por otra parte, era una mujer seductora, o lo había sido hacía dos años. Tal vez no estuviera sola esa noche. Sería algo espantoso…

Siguió caminando hacia su viejo hogar siguiendo las vías del tren. ¿Lo traicionaba la imaginación, o la calle parecía estar en peor estado que hacía dos años? Daba la impresión de que en aquel tiempo no se hubiera pintado, reparado o incluso limpiado nada. Vio a varias personas haciendo cola en una esquina a la puerta de una panadería, aunque estaba cerrada.

Aún tenía la llave. Entró en la casa.

Se sintió atemorizado al subir la escalera. No quería encontrarla con un hombre. Deseó haberla avisado de su llegada para que ella se hubiera asegurado de estar sola.

Llamó a la puerta.

– ¿Quién es?

El sonido de su voz le puso al borde de las lágrimas.

– Una visita – contestó con aspereza, y abrió la puerta.

Ella estaba de pie junto a la chimenea, con una cazuela en las manos. La dejó caer y, con ella, la leche que contenía, y se llevó las manos a la boca. Dejó escapar un leve chillido.

En el suelo, a su lado, estaba sentado un niño con una cuchara de estaño en una mano. Parecía que acababa de aporrear con ella una lata vacía. Se quedó mirando a Grigori un instante, sorprendido, y luego arrancó a llorar.

Katerina lo cogió en brazos.

– No llores, Volodia – le dijo, acunándolo -. No tienes de qué asustarte. – Él se calmó, y Katerina añadió -: Este es tu papá.

Grigori no estaba seguro de querer que Vladímir creyera que era su padre, pero aquel no era momento para discutir. Entró en la estancia y cerró la puerta a su paso. Los abrazó, besó al niño y después a Katerina en la frente.

Se retiró y los miró a los dos. Ella ya no era la muchacha de cara lozana a la que había rescatado de las atenciones no deseadas del jefe de policía Pinski. Estaba más delgada y tenía un aspecto fatigado, crispado.

Curiosamente, el niño no se parecía demasiado a Lev. No había en él indicios de su atractivo, ni de su sonrisa triunfal. En todo caso, Vladímir tenía la intensa mirada azul que Grigori veía cuando se miraba en el espejo.

Grigori sonrió.

– Es muy guapo.

– ¿Qué te ha pasado en la oreja? – le preguntó Katerina.

Él se tocó lo que le quedaba de la oreja derecha.

– Me hirieron en la batalla de Tannenberg.

– ¿Y a tu diente?

– Disgusté a un oficial. Pero ya está muerto, así que le gané la partida.

– Ya no eres tan atractivo.

Ella nunca le había dicho que lo encontrara atractivo.

– Son heridas sin importancia. Tengo suerte de estar vivo.

Echó un vistazo a su antigua habitación. Había cambiado sutilmente. En la repisa de la chimenea, donde Grigori y Lev dejaban siempre las pipas, el tarro con tabaco, fósforos y pajuelas, Katerina había puesto un jarrón de cerámica, una muñeca y una postal a color de Mary Pickford. Una cortina cubría la ventana. Estaba hecha de retales, como una colcha, pero Grigori nunca había tenido cortinas. También apreció el olor, su ausencia, y cayó en la cuenta de que el aire de aquella estancia siempre había estado saturado de humo de tabaco y del hedor de col hervida y hombres desaseados. Ese día olía a limpio.