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Katerina limpió la leche derramada.

– He tirado la cena de Volodia – dijo -. No sé qué voy a darle de comer. Mis pechos ya no dan leche.

– No te preocupes. – Grigori extrajo un trozo de salchicha, una col y una lata de mermelada del petate. Katerina miró incrédula todo aquello -. De la cocina de los cuarteles – explicó él.

Ella abrió la mermelada y le dio un poco a Vladímir con una cucharilla. El pequeño la comió y dijo:

– ¿Más?

Katerina se llevó una cucharada a la boca y luego siguió dándole al niño.

– Esto es como un cuento de hadas – dijo -. ¡Tanta comida! ¡No voy a tener que dormir a la puerta de la panadería!

Grigori frunció el entrecejo.

– ¿Qué quieres decir?

Ella tomó otra cucharada de mermelada.

– Nunca hay suficiente pan. Por la mañana, en cuanto la panadería abre, ya está todo vendido. La única forma de conseguir pan es hacer cola. Y si no estás allí antes de medianoche, para cuando llegas al mostrador ya no queda nada.

– Dios mío. – No soportaba imaginarla durmiendo en la calle -. ¿Y Volodia?

– Una de las chicas está pendiente de él en mi ausencia, aunque ahora ya duerme de un tirón toda la noche.

No era de extrañar que la mujer del comerciante estuviera dispuesta a vender su cuerpo a Grigori a cambio de una hogaza de pan. Probablemente se había excedido con lo que le había pagado.

– ¿Cómo te las arreglas?

– Gano doce rublos a la semana en la fábrica.

Él se sorprendió.

– Pero… ¡eso es el doble de lo que ganabas cuando me fui!

– Y entonces el alquiler de esta habitación era de cuatro rublos semanales; ahora es de ocho. Eso me deja cuatro rublos para todo lo demás. Y una bolsa de patatas antes costaba un rublo, pero ahora cuesta siete.

– ¡Siete rublos por una bolsa de patatas! – Grigori no daba crédito -. ¿Cómo vive la gente?

– Todo el mundo pasa hambre. Los niños se desploman y mueren. Los ancianos se apagan. Cada día es peor, y nadie hace nada.

Grigori se sintió abatido. Mientras sufría en el ejército, se consolaba pensando que Katerina y el niño estaban mejor que él, con un lugar cálido donde dormir y suficiente dinero para comida. Se había estado engañando. La rabia se apoderó de él al pensar que ella tenía que dejar allí a Vladímir para dormir en la calle a la puerta de la panadería.

Se sentaron a la mesa y Grigori cortó la salchicha en rodajas con la navaja.

– Nos sentaría muy bien un té.

Katerina sonrió.

– Llevo un año sin tomar té.

– Traeré un poco de los cuarteles.

Katerina comió la salchicha.

Grigori sintió cómo lo embargaba una serena alegría. En el frente había fantaseado con aquella escena, la pequeña habitación, la mesa con comida, el bebé, Katerina. En ese momento se hacía realidad.

– Esto no debería ser tan difícil – dijo con aire meditabundo.

– ¿A qué te refieres?

– Tú y yo somos jóvenes, y fuertes, y trabajadores. Lo único que deseo es esto: una habitación, algo de comer, descansar al final del día. Esto es lo que deberíamos tener todos los días.

– Los partidarios de los alemanes en la corte real nos han traicionado – dijo ella.

– ¿De veras? ¿Cómo ha sido?

– Bueno, ya sabes que la zarina es alemana.

– Sí. – La esposa del zar había nacido en el Imperio alemán; era la princesa Alix de Hesse y del Rin.

– Y Stürmer obviamente también es alemán.

Grigori se encogió de hombros. Por lo que sabía, el primer ministro Stürmer había nacido en Rusia. Muchos rusos tenían apellidos alemanes, y viceversa; habitantes de ambos países llevaban siglos cruzando la frontera en ambas direcciones.

– Y Rasputín es proalemán.

– ¿Sí? – Grigori sospechaba que el excéntrico monje estaba interesado, ante todo, en fascinar a las mujeres de la corte y ganar influencia y poder.

– Todos están juntos en esto. A Stürmer le han pagado los alemanes para que mate de hambre al campesinado. El zar llama por teléfono a su primo, el káiser Guillermo, y le informa de dónde van a estar nuestras tropas. Rasputín quiere que nos rindamos. Y la zarina y su dama de honor, Anna Virubova, se acuestan a la vez con Rasputín.

Grigori tenía conocimiento de la mayoría de esos rumores. No creía que la corte fuera proalemana. Se trataba, sencillamente, de que era necia e incompetente. Pero muchos soldados creían esas historias y, a juzgar por Katerina, muchos civiles también. Era tarea de los bolcheviques explicar los verdaderos motivos por los que los rusos estaban perdiendo la guerra y muriendo de hambre.

Pero no esa noche. Vladímir bostezó, y Grigori se levantó y lo acunó, paseándolo por la habitación mientras Katerina lo ponía al día. Le habló de su vida en la fábrica, de los otros inquilinos de la casa y de las personas que conocía. El capitán Pinski era ya teniente de la policía secreta, y se dedicaba a desenmascarar liberales y demócratas peligrosos. Había miles de niños huérfanos en las calles, robando y prostituyéndose para sobrevivir, o muriendo de hambre y frío. Konstantín, el amigo más íntimo de Grigori en la fábrica Putílov, era miembro del Comité Bolchevique de Petrogrado. Los miembros de la familia Vyalov eran los únicos que se estaban enriqueciendo: por muy aguda que fuera la carestía, ellos siempre tenían vodka, caviar, cigarrillos y chocolate para vender.

Grigori contempló su amplia boca y sus labios carnosos. Era un placer verla hablar. Tenía un mentón imponente y unos audaces ojos azules, aunque a él siempre le parecía vulnerable.

Vladímir se durmió, arrullado por los brazos de Grigori y la voz de Katerina. Grigori lo dejó con cuidado en la cama que ella había improvisado en un rincón. No era más que un saco lleno de trapos viejos y cubierto con una manta, pero el pequeño se ovilló cómodamente en él y se llevó el pulgar a la boca.

El reloj de una iglesia marcó las nueve, y Katerina le preguntó:

– ¿A qué hora tienes que volver?

– A las diez – contestó Grigori -. Será mejor que me vaya.

– Todavía no. – Ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.

Fue un momento dulce. Notó sus labios suaves y anhelantes. Él cerró los ojos un instante e inhaló el aroma de su piel. Luego la apartó de sí.

– Esto está mal – dijo.

– No seas tonto.

– Tú amas a Lev.

Ella lo miró a los ojos.

– Yo era una chica de campo de veinte años y recién llegada a la ciudad. Me gustaban los trajes elegantes de Lev, y sus cigarrillos y su vodka, su generosidad. Era encantador, atractivo y divertido. Pero ahora tengo veintitrés y un hijo, ¿y dónde está Lev?

Grigori se encogió de hombros.

– No lo sé.

– Pero tú estás aquí. – Le acarició una mejilla. Él sabía que debía apartarla, pero no pudo -. Ahora tú pagas el alquiler y traes comida para mi hijo – dijo -. Me he dado cuenta de lo idiota que fui al amar a Lev en lugar de amarte a ti. ¿No comprendes que ahora lo veo claro? ¿No puedes entender que he aprendido a amarte?

Grigori siguió mirándola, incapaz de creer lo que acababa de oír.

Aquellos ojos azules le devolvían una mirada franca.

– Es verdad – declaró ella -. Te amo.

Él gimió, cerró los ojos, la tomó en sus brazos y se rindió.