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Capítulo 20

Noviembre-diciembre de 1916

Ethel Williams examinó con inquietud la lista de bajas en el periódico. Aparecían varios Williams, pero ningún cabo William Williams de los Fusileros Galeses. Dando las gracias al cielo en silencio, dobló el periódico, se lo dio a Bernie Leckwith y puso a calentar agua para hacer chocolate.

No podía estar segura de que Billy siguiera con vida. Podrían haberlo matado en los último días u horas. La acosaba el recuerdo del día de los telegramas en Aberowen, y los rostros de las mujeres, crispados por el miedo y el dolor; unos rostros que lucirían de por vida las marcas dejadas por las noticias de aquella jornada. Se avergonzó de sí misma por alegrarse de que Billy no estuviera entre los fallecidos.

Los telegramas siguieron llegando a Aberowen. La batalla del Somme no concluyó aquel primer día. A lo largo de todo julio, agosto, septiembre y octubre, el ejército británico arrojó a sus jóvenes soldados a una tierra de nadie para que las ametralladoras segaran sus vidas. Una y otra vez, los periódicos proclamaban una victoria, pero los telegramas narraban una historia bien distinta.

Bernie estaba en la cocina de Ethel, como hacía la mayoría de las tardes. El pequeño Lloyd se había encariñado con el «tío» Bernie. Solía sentarse en su regazo, y Bernie le leía el periódico. El niño apenas entendía lo que significaban aquellas palabras, pero aun así parecía disfrutar. Esa noche, no obstante, por algún motivo Bernie estaba nervioso y no le prestó atención.

Mildred bajó de la planta superior con una tetera.

– ¿Me prestas una cucharada de té, Eth? – preguntó.

– Sírvete tú misma, ya sabes dónde está. ¿Prefieres una taza de chocolate?

– No, gracias. El chocolate me da gases. Hola, Bernie. ¿Cómo va la revolución?

Bernie alzó la mirada del periódico y sonrió. Le caía bien Mildred. Como a todo el mundo.

– La revolución ha quedado ligeramente aplazada – contestó.

Mildred vertió las hojas del té en la tetera.

– ¿Tienes noticias de Billy?

– Ninguna, últimamente – dijo Ethel -. ¿Y tú?

– Nada desde hace un par de semanas.

Ethel recogía el correo del suelo del recibidor por la mañana, por lo que sabía que Mildred recibía frecuentes cartas de Billy. Ethel sospechaba que se trataba de cartas de amor; ¿por qué, si no, iba a escribir un chico a la inquilina de su hermana? Al parecer, Mildred correspondía a los sentimientos de Billy: le preguntaba por él de forma regular, adoptando un aire de despreocupación que no conseguía ocultar su inquietud.

También a Ethel le caía bien Mildred, pero se preguntaba si Billy, con dieciocho años, estaría preparado para hacerse cargo de una mujer de veintitrés y con dos hijastras. Cierto era que Billy siempre había sido extraordinariamente maduro y responsable para su edad, y que aún podían pasar años antes de que acabara la guerra. En cualquier caso, Ethel quería que volviera vivo a casa. Después de eso, nada importaría demasiado.

– Su nombre no figura en la lista de bajas del periódico de hoy, gracias a Dios.

– Me pregunto cuándo le concederán un permiso.

– Solo lleva cinco meses fuera.

Mildred dejó la tetera.

– Ethel, ¿puedo pedirte algo?

– Por supuesto.

– Estoy pensando en trabajar por mi cuenta… Como costurera, quiero decir.

Ethel se quedó sorprendida. Mildred era ya supervisora en el taller de Mannie Litov, y en consecuencia cobraba un jornal mejor.

– Tengo una amiga que podría conseguirme un trabajo de confección de sombreros – prosiguió Mildred -; se trataría de coserles el velo, lazos, plumas y cuentas. Es un trabajo cualificado y se cobra más que cosiendo uniformes.

– Parece fantástico.

– El único inconveniente es que tendría que trabajar en casa, al menos al principio. Más adelante me gustaría contratar a otras chicas y alquilar un local pequeño.

– ¡Vaya, pues sí que miras hacia el futuro!

– Tengo que hacerlo, ¿no crees? Cuando acabe la guerra, ya no querrán más uniformes.

– Es verdad.

– Entonces, ¿no te importa que utilice la planta de arriba como taller durante algún tiempo?

– Por supuesto que no. ¡Te deseo mucha suerte!

– Gracias. – En un acto impulsivo, Mildred le dio un beso en la mejilla, y luego cogió la tetera y se marchó.

Lloyd bostezó y se frotó los ojos. Ethel lo agarró en brazos y lo acostó en la habitación de al lado. Lo contempló enternecida un par de minutos mientras el pequeño se dormía. Como siempre, su indefensión la conmovía. «Este será un mundo mejor cuando crezcas, Lloyd – le prometió en silencio -. Nosotros nos encargaremos de que así sea.»

Cuando volvió a la cocina, intentó distraer a Bernie para que se le pasara el mal humor.

– Debería haber más libros para niños – comentó.

Él asintió.

– Me gustaría que en todas las bibliotecas hubiese una sección de libros infantiles. – Bernie hablaba sin levantar la vista del periódico.

– Quizá si vosotros, los bibliotecarios, animarais a los editores a que publiquen más…

– Confío en que lo hagan.

Ethel echó más carbón al fuego y sirvió chocolate para ambos. No era habitual que Bernie se mostrara tan retraído. Por lo general disfrutaba de aquellas veladas cálidas. Eran dos forasteros, una chica galesa y un judío, aunque en Londres no faltaban galeses ni judíos. Fuera cual fuese el motivo, en los dos años que llevaba viviendo en Londres él se había convertido en un buen amigo para ella, junto con Mildred y Maud.

Ethel dedujo lo que consternaba a Bernie. La noche anterior, un ponente de la Sociedad Fabiana había pronunciado un discurso para la delegación del Partido Laborista sobre el «Socialismo de posguerra». Ethel había debatido con él, y era evidente que el hombre se había prendado de ella. Después del mitin, él coqueteó con ella, aunque todos los presentes sabían que estaba casado, y ella disfrutó con sus atenciones, sin tomarlas en serio en absoluto. Pero tal vez Bernie estuviera celoso.

Decidió respetar su silencio, si era eso lo que necesitaba. Se sentó a la mesa de la cocina y abrió un sobre grande lleno de cartas de soldados que estaban en primera línea. Lectoras de The Soldier’s Wife enviaban al periódico cartas destinadas a sus esposos, que pagaba un chelín por cada una que se publicara. Las cartas proporcionaban una imagen más real de la vida en el frente que todas las crónicas que publicaba la prensa generalista. Maud redactaba la práctica totalidad del contenido de The Soldier’s Wife, pero las cartas habían sido idea de Ethel y ella editaba esa página, que se había convertido en la sección más popular del periódico.

Le habían ofrecido un empleo mejor remunerado, como organizadora a jornada completa para el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Confección, pero lo había rechazado porque quería continuar al lado de Maud y seguir haciendo campaña.

Leyó media docena de cartas. Cuando acabó, suspiró y miró a Bernie.

– Era de esperar que la gente se pronunciara contra la guerra – dijo.

– Pero no lo han hecho – replicó él -. Mira los resultados de las elecciones.

El mes anterior, en Ayrshire, se habían celebrado unas elecciones extraordinarias, en una sola circunscripción, debido al fallecimiento del representante parlamentario. El conservador Hunter-Weston, un teniente general que había combatido en el Somme, se enfrentó a un candidato por la paz, el reverendo Chalmers. El oficial del ejército había obtenido una victoria abrumadora: 7.149 votos contra 1.300.

– Son los periódicos – dijo Ethel con frustración -. ¿Qué pueden hacer nuestras pequeñas publicaciones para promover la paz frente a la propaganda que lanza la sanguinaria prensa de Northcliffe? – Lord Northcliffe, un fanático militarista, era propietario de The Times y del Daily Mail.