Выбрать главу

Cuando acabó de leer los periódicos, Gus se aflojó la corbata y dormitó en el sofá del estudio adyacente al Despacho Oval. Lo agobiaba la perspectiva de dejar la Casa Blanca. Trabajar para Wilson se había convertido en la base de su existencia, comprendió en ese momento. Su vida sentimental era un fracaso, pero al menos sabía que el presidente de Estados Unidos lo valoraba.

Su inquietud no era solo egoísta. Wilson estaba decidido a crear un orden internacional en el que fuera posible evitar las guerras. Del mismo modo en que los vecinos ya no saldaban a tiros sus disputas por los límites de sus propiedades, debía llegar el día en que también los países sometieran sus conflictos a un juicio independiente. El secretario del Foreign Office, sir Edward Grey, había empleado las palabras «Liga de Naciones» en una carta remitida a Wilson, y al presidente le había gustado aquella frase. Si Gus podía contribuir a hacerla realidad, su vida tendría sentido.

Pero en esos momentos daba la impresión de que ese sueño no iba a materializarse, pensó, y se sumió en un sueño frustrado.

Lo despertó por la mañana, temprano, un cable que afirmaba que Wilson había ganado en Ohio – un estado obrero que aprobaba la postura del presidente frente a la jornada laboral de ocho horas -, y también en Kansas. Wilson volvía a estar en la carrera. Poco después ganó en Minnesota por menos de mil votos.

No todo estaba perdido, advirtió Gus, y se le levantó el ánimo.

El miércoles por la noche Wilson iba por delante con 264 votos electorales contra 254, una ventaja de diez. Pero un estado, California, aún no había comunicado el resultado, y equivalía a trece votos electorales. Quien ganara en California sería presidente.

El teléfono de Gus enmudeció. A él no le quedaba mucho que hacer. El recuento en Los Ángeles era lento. Las urnas sin abrir eran custodiadas por demócratas armados que creían que la manipulación les había robado una victoria presidencial en 1876.

El resultado seguía pendiendo de un hilo cuando llamaron a Gus desde el vestíbulo para informarle de que tenía una visita. Para su sorpresa, era Rosa Hellman, la antigua directora del Buffalo Anarchist. Gus se alegró de verla; siempre resultaba interesante hablar con Rosa. Recordó que un anarquista había asesinado al presidente McKinley en Buffalo en 1901. Pero el presidente Wilson estaba en New Jersey, lejos de allí, así que condujo a Rosa al estudio y le ofreció una taza de café.

Rosa llevaba un abrigo rojo. Gus, que era más alto que ella, la ayudó a quitárselo y percibió el aroma de un perfume ligeramente floral.

– La última vez que nos vimos me dijiste que era un maldito idiota por haberme comprometido con Olga Vyalov – comentó Gus mientras colgaba el abrigo de Rosa en el perchero.

Ella pareció azorarse.

– Te ruego que me disculpes.

– Ah, tenías razón. – Cambió de tema -. De modo que ahora trabajas para una agencia de noticias, ¿no es así?

– Exacto.

– Como corresponsal en Washington.

– No, soy la ayudante tuerta del corresponsal.

Nunca antes había mencionado su defecto. Gus dudó unos instantes, y luego dijo:

– Antes me preguntaba por qué no llevabas un parche, pero ahora me alegro de que no lo hagas. Eres una mujer muy guapa con un ojo cerrado.

– Gracias. Tú eres un hombre muy amable. ¿Qué clase de trabajo haces para el presidente?

– Además de atender el teléfono cuando suena… leo los comedidos informes del Departamento de Estado y después le digo la verdad a Wilson.

– ¿Por ejemplo?

– Nuestros embajadores en Europa afirman que la ofensiva del Somme está alcanzando algunos de sus objetivos pero no todos, con cuantiosas bajas en ambos bandos. Es casi imposible demostrar que eso sea falso… y al presidente no le aporta nada, así que le digo que el Somme está siendo un desastre para los británicos. – Se encogió de hombros -. O lo hacía. Es probable que mi trabajo haya terminado. – Ocultaba sus verdaderos sentimientos.

La perspectiva de que Wilson pudiera perder lo aterraba.

Ella asintió.

– Están repitiendo el recuento en California. Han votado casi un millón de personas, y la diferencia es de unos cinco mil votos.

– Cuánto depende de la decisión de una pequeña cantidad de personas con escasa educación…

– Eso es la democracia.

Gus sonrió.

– Una forma espantosa de gobernar un país, pero los demás sistemas son peores.

– Si Wilson gana, ¿cuál será su máxima prioridad?

– ¿Extraoficialmente?

– Por supuesto.

– La paz en Europa – contestó Gus sin vacilar.

– ¿De veras?

– En realidad nunca ha acabado de sentirse cómodo con el eslogan «Él nos mantuvo fuera de la guerra». El asunto no está solo en sus manos. Podríamos vernos arrastrados a la guerra, queramos o no.

– Pero ¿qué puede hacer él?

– Presionará a los dos bandos para que lleguen a un acuerdo.

– ¿Podría conseguirlo?

– No lo sé.

– Es evidente que no pueden seguir matándose de esa forma salvaje como han hecho en el Somme.

– Sabe Dios. – Volvió a cambiar de tema -. Cuéntame novedades de Buffalo.

Ella le dirigió una mirada franca.

– ¿Quieres saber de Olga, o te resulta demasiado bochornoso?

Gus desvió la mirada. ¿Qué podía ser más bochornoso? Primero había recibido una nota de Olga, anulando el compromiso. En ella se deshacía en disculpas, pero no daba ninguna explicación. Gus no estaba dispuesto a aceptarlo y le escribió para pedirle que se vieran y lo hablaran en persona. Pero ese mismo día su madre descubrió, por medio de un entramado de amigas chismosas, que Olga iba a casarse con el chófer de su padre. «Pero ¿por qué?», preguntó Gus atormentado, y su madre respondió: «Mi querido muchacho, solo hay un motivo por el que una chica se case con un chófer». Él la miró desconcertado, y su madre finalmente le dijo: «Tiene que estar embarazada». Fue el momento más humillante de su vida, e incluso un año después seguía estremeciéndose de dolor cada vez que lo recordaba.

Rosa interpretó su semblante.

– No debería haberla mencionado. Lo siento.

Gus consideró que debía saber lo que ya sabían los demás. Le acarició la mano.

– Gracias por ser tan franca. Lo prefiero. Y, sí, siento curiosidad por Olga.

– Bien. Se casaron en una iglesia ortodoxa rusa de Ideal Street, y la recepción tuvo lugar en el hotel Statler. Hubo seiscientos invitados, y Josef Vyalov reservó el salón de baile y el comedor, e hizo servir caviar para todos. Fue la boda más espléndida de la historia de Buffalo.

– ¿Y cómo es su marido?

– Lev Peshkov es atractivo, encantador y muy poco de fiar. Basta con mirarlo para saber que es un granuja. Y ahora es yerno de uno de los hombres más ricos de Buffalo.

– ¿Y el niño?

– La niña, Daria, pero ellos la llaman Daisy. Nació en marzo. Y Lev ya no es chófer, claro. Creo que dirige uno de los clubes nocturnos de Vyalov.

Charlaron durante una hora, y luego Gus la acompañó abajo y avisó a un taxi para que la llevara a casa.

A primera hora de la mañana siguiente, Gus recibió un cable con el resultado de California. Wilson había ganado por 3.777 votos. Había sido reelegido presidente.

Gus se sintió eufórico. Otros cuatro años para tratar de conseguir lo que todos se proponían. Podrían cambiar el mundo en cuatro años.