Mientras releía el telegrama, sonó el teléfono. Descolgó y oyó decir al operador de la centralita:
– Tiene una llamada de Shadow Lawn. El presidente quiere hablar con usted, señor Dewar.
– Gracias.
Instantes después, Gus oyó la voz familiar de Wilson.
– Buenos días, Gus.
– Enhorabuena, señor presidente.
– Gracias. Haz la maleta. Quiero que vayas a Berlín.
Cuando Walter von Ulrich volvió de permiso a casa, su madre organizó una fiesta.
No se celebraban muchas fiestas en Berlín. Resultaba difícil comprar comida, incluso para una mujer acaudalada con un esposo influyente. Susanne von Ulrich no estaba bien: había perdido mucho peso y tenía una tos recurrente. Pese a ello, deseaba fervientemente hacer algo por Walter.
Otto tenía una bodega llena de vinos exquisitos que había comprado antes de la guerra. Susanne se decantó por una recepción vespertina para no tener que ofrecer una cena completa. Sirvió aperitivos ligeros de pescado ahumado y queso sobre triángulos de pan tostado, y compensó lo magro de la comida con una provisión ilimitada de mágnums de champán.
Walter se sentía agradecido por el detalle, pero en realidad no quería una fiesta. Tenía por delante dos semanas lejos del campo de batalla, y lo único que deseaba era una cama blanda, ropa seca y la oportunidad de holgazanear todo el día en el elegante salón de la casa que sus padres poseían en la ciudad, mirar por la ventana pensando en Maud o sentarse al piano de cola Steinway y tocar el Frühlingsglaube de Schubert: «Ahora todo, todo debe cambiar».
¡Con qué ligereza se habían dicho Maud y él entonces, en agosto de 1914, que volverían a estar juntos en Navidad! Habían pasado ya más de dos años desde la última vez que había visto su encantador rostro. Y probablemente Alemania tardaría otros dos años en ganar la guerra. Walter confiaba en que Rusia se derrumbara, lo que permitiría a los alemanes concentrar sus fuerzas en un ataque masivo definitivo hacia el oeste.
Mientras tanto, a veces le costaba recordar la imagen de Maud y tenía que mirar la fotografía, ya ajada, que había salido publicada en una revista y que siempre llevaba consigo: «Lady Maud Fitzherbert siempre viste a la última moda». No le apetecía asistir a una fiesta sin ella. Mientras se preparaba, deseó que su madre no se hubiera tomado aquella molestia.
La casa tenía un aspecto apagado. No había suficientes sirvientes para mantenerla impecable. Los hombres estaban en el ejército, las mujeres conducían tranvías y repartían el correo, y el personal de mayor edad se esforzaba al máximo por satisfacer el nivel de exigencia de la madre de Walter en cuanto a limpieza y lustre. También estaba fría y sucia. La asignación de carbón no bastaba para mantener en pleno funcionamiento la calefacción central, por lo que su madre había tenido que colocar estufas en el salón, el comedor y la sala de estar, pero eran insuficientes para combatir el frío de noviembre en Berlín.
No obstante, Walter se animó cuando las frías estancias se llenaron de jóvenes y una pequeña banda empezó a tocar en el salón. Su hermana pequeña, Greta, había invitado a todos sus amigos. Walter cayó en la cuenta de cuánto añoraba la vida social. Le gustaba ver a las chicas con hermosos vestidos y a los hombres con trajes inmaculados. Disfrutaba con las bromas, el flirteo y los chismes. Le había fascinado ser diplomático; aquella vida iba con él. Le resultaba fácil ser encantador y charlar con la gente.
La casa de los Von Ulrich no disponía de salón de baile, pero los invitados empezaron a bailar sobre el suelo enlosado del salón. Walter bailó varias veces con la mejor amiga de Greta, Monika von der Helbard, una chica alta, esbelta y con una larga melena pelirroja, rasgos que a él le recordaron los lienzos de aquellos artistas ingleses que se hicieron llamar prerrafaelitas.
Cogió una copa de champán y se sentó al lado de Monika. Ella le preguntó por la vida en las trincheras, como hacían todos. Él solía contestar que era dura, pero que los hombres estaban animados y que al final ganarían. Por alguna razón, a Monika le dijo la verdad.
– Lo peor de todo es que la situación es absurda – le confesó -. Llevamos dos años en las mismas posiciones, con una diferencia de tal vez unos pocos metros, y no veo cómo va a cambiar eso con las decisiones que está tomando el alto mando… o con ninguna de las que vaya a tomar. Pasamos frío y hambre, sufrimos catarros, pie de trinchera y dolor de estómago, y nos aburrimos mortalmente… y todo para nada.
– No es eso lo que leemos en los periódicos – dijo ella -. Es muy triste.
Monika le apretó el brazo con empatía. Su gesto fue como una descarga eléctrica para Walter. Ninguna mujer fuera de su familia le había tocado en dos años. De pronto pensó en lo maravilloso que sería abrazarla, estrechar su cálido cuerpo contra el suyo y besar sus labios. Los ojos ámbar de ella le devolvieron una mirada franca, y al instante comprendió que la joven le había leído los pensamientos. Las mujeres sabían con frecuencia lo que los hombres pensaban, según había llegado a descubrir. Se sintió azorado, pero era evidente que a ella no le importó, y esa idea lo excitó.
Un hombre se acercó a ellos, y Walter alzó la vista irritado, suponiendo que su intención era sacar a bailar a Monika. Pero entonces reconoció su cara.
– ¡Dios mío! – exclamó. Recordó su nombre al instante; tenía una excelente memoria para las personas, como todos los buenos diplomáticos -. ¿Eres Gus Dewar? – le preguntó en inglés.
Gus le contestó en alemán.
– Sí, pero podemos hablar en alemán. ¿Cómo estás?
Walter se levantó y le estrechó la mano.
– Te presento a Freiin Monika von der Helbard. Este es Gus Dewar, asesor del presidente Woodrow Wilson.
– Qué placer conocerle, señor Dewar – dijo ella -. Caballeros, mejor los dejo solos para que puedan hablar.
Mientras ella se alejaba, Walter la observó con pesar y cierta culpa. Por un instante había olvidado que era un hombre casado.
Miró a Gus. El norteamericano le había caído bien en cuanto se conocieron en Ty Gwyn. Gus tenía una apariencia singular, con la cabeza grande y el cuerpo larguirucho y delgado, pero era astuto. Acabado de salir de Harvard en aquel entonces, Gus era un joven de una timidez entrañable, pero en los dos años que llevaba trabajando en la Casa Blanca había adquirido cierto grado de confianza en sí mismo. El estilo informe del terno que los estadounidenses habían empezado a llevar le confería un aire elegante.
– Me alegro de verte – dijo Walter -. Ahora ya no viene mucha gente de vacaciones.
– No son vacaciones, exactamente – repuso Gus.
Walter esperó a que dijera algo más, pero, al ver que no lo hacía, le dio pie a seguir hablando:
– ¿Y qué es?
– Algo más parecido a meter un dedo en el agua para ver si está lo bastante caliente para que el presidente pueda nadar en ella.
De modo que era un viaje de trabajo.
– Entiendo.
– Para ser más concretos… – Gus volvió a dudar, y Walter esperó paciente. Al cabo de un instante Gus prosiguió, con un tono de voz más bajo -: El presidente Wilson quiere que los alemanes y los aliados mantengan conversaciones de paz.
Walter notó cómo el corazón se le aceleraba, pero enarcó una ceja, escéptico.
– ¿Te ha enviado a ti para que me digas esto precisamente a mí?
– Ya sabes cómo funciona. El presidente no puede arriesgarse a sufrir un rechazo público; eso le haría parecer débil. Obviamente, podría decirle a nuestro embajador en Berlín que hablara con vuestro ministro de Asuntos Exteriores, pero entonces todo el asunto se haría oficial, y más tarde o más temprano saldría a la luz. Por eso pidió a su asesor más joven, yo, que viniera a Berlín y aprovechara algunos de los contactos que hice en 1914.