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Walter asintió. Era una táctica muy habitual en el mundo diplomático.

– Si te rechazamos, nadie tiene por qué saberlo.

– E, incluso si la noticia se filtra, se trataría solo de unos hombres de bajo rango actuando por cuenta propia.

Eso tenía lógica, y Walter empezó a emocionarse.

– ¿Qué es lo que quiere exactamente el señor Wilson?

Gus respiró hondo.

– Si el káiser escribiera a los aliados proponiendo una conferencia de paz, el presidente Wilson respaldaría públicamente la propuesta.

Walter contuvo un acceso de euforia. Esa inesperada conversación privada podía tener enormes consecuencias. ¿Realmente era posible poner fin a la pesadilla de las trincheras? ¿Y que él pudiera ver a Maud dentro de unos meses en lugar de años? Se esforzó para no dejarse llevar por el entusiasmo. Los tanteos diplomáticos extraoficiales como ese por lo general acababan en nada. Pero no podía evitar sentirse pletórico.

– Esto es trascendental, Gus – dijo -. ¿Estás seguro de que las intenciones de Wilson son firmes?

– Completamente. Fue lo primero que me dijo después de ganar las elecciones.

– ¿Cuál es su motivación?

– No quiere llevar a Estados Unidos a la guerra, pero de todos modos existe el peligro de que nos veamos arrastrados a ella. Él desea la paz. Y después pretende que se establezca un nuevo sistema internacional que garantice que nunca vuelva a haber una guerra así.

– Votaré por eso – dijo Walter -. ¿Qué quieres que haga?

– Que hables con tu padre.

– Podría no gustarle esta propuesta.

– Utiliza tus tácticas de persuasión.

– Haré lo que pueda. ¿Te encontraré en la embajada estadounidense?

– No. Estoy de visita privada. Me alojo en el hotel Adlon.

– Ah, claro – dijo Walter sonriente. El Adlon era el mejor hotel de la ciudad y en el pasado había sido considerado el más lujoso del mundo. Sintió nostalgia por aquellos últimos años de paz -. ¿Volveremos a ser algún día dos hombres jóvenes sin más preocupación que llamar al camarero para que nos sirva otra botella de champán?

Gus se tomó en serio la pregunta.

– No, no creo que esos tiempos regresen nunca, al menos no mientras nosotros vivamos.

En ese momento apareció la hermana de Walter, Greta. Sus rizos rubios oscilaban de un modo arrebatador cuando movía la cabeza.

– ¿A qué se deben esas caras tan largas? – les preguntó con aire jovial -. Señor Dewar, ¡venga a bailar conmigo!

A Gus se le iluminó el semblante.

– ¡Encantado! – contestó.

Greta se lo llevó.

Walter volvió a sumarse a la fiesta, pero, mientras charlaba con amigos y parientes, la mitad de sus pensamientos seguían centrados en la propuesta de Gus y en cómo llevarla a término. Cuando hablara con su padre, intentaría no parecer demasiado entusiasta. Su padre podría ser contrario a la idea. Walter encarnaría el papel de mensajero neutral.

Cuando los invitados se marcharon, su madre lo abordó en el salón. La estancia estaba decorada al estilo rococó, el preferido aún por los alemanes chapados a la antigua: espejos ornamentados, mesas con patas finas y curvas, una gran araña de luces…

– Qué muchacha tan agradable es Monika von der Helbard – dijo.

– Sí, es encantadora – convino Walter.

Su madre no llevaba joyas. Era presidenta del comité de recaudación de oro, al que había cedido su bisutería para que la vendieran. Lo único que conservaba era la alianza.

– Tengo que volver a invitarla; la próxima vez, con sus padres. Su padre es el Markgraf Von der Helbard.

– Sí, lo sé.

– Es de muy buena familia. Pertenecen a la Uradel, la antigua nobleza.

Walter se encaminó a la puerta.

– ¿A qué hora espera que llegue padre?

– Pronto. Walter, siéntate y charlemos un momento.

Walter comprendió que había evidenciado su voluntad de irse. El motivo era que necesitaba pasar una hora a solas pensando en el mensaje de Gus Dewar. Pero había sido descortés con su madre, a quien quería, y se dispuso a rectificar.

– Será un placer. – Acercó una silla a la de ella -. Suponía que querría descansar, pero, si no es así, me encantará hablar con usted. – Se sentó frente a ella -. Ha sido una fiesta magnífica. Muchas gracias por organizarla.

Ella asintió agradecida, pero cambió de tema.

– No se sabe nada de tu primo Robert – dijo -. Se le perdió la pista durante la ofensiva Brusílov.

– Lo sé. Es probable que los rusos lo hayan hecho prisionero.

– Y también que haya muerto. Y tu padre ya tiene sesenta años. Pronto podrías ser el Graf Von Ulrich.

A Walter no le seducía esa posibilidad. Los títulos aristocráticos cada vez tenían menos relevancia. Quizá se enorgullecería de ser conde, pero quizá resultaría un inconveniente serlo en el mundo de la posguerra.

En cualquier caso, aún no poseía el título.

– No ha habido confirmación de que Robert haya muerto.

– Por supuesto, pero debes prepararte.

– ¿En qué sentido?

– Deberías casarte.

– ¡Oh! – Walter estaba sorprendido. «Tendría que haberlo previsto», pensó.

– Debes tener un vástago que herede el título cuando tú mueras. Y podrías morir pronto, aunque yo rezo… – Se le quebró la voz y calló. Cerró los ojos un instante para recuperar la compostura -. Aunque yo rezo todos los días para protegerte. Sería conveniente que tuvieras un hijo lo antes posible.

Temía perderlo, pero él también temía perderla a ella. La miró con ternura. Era rubia y hermosa como Greta, y quizá en un tiempo había sido igual de vital. De hecho, en ese preciso instante tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas por la excitación de la fiesta y el champán. Sin embargo, últimamente se fatigaba con solo subir las escaleras. Necesitaba descansar, comer bien y liberarse de las preocupaciones. La guerra la privaba de todo eso. No solo eran los soldados quienes morían, pensó Walter abatido.

– Por favor, piensa en Monika – dijo su madre.

Ansiaba hablarle de Maud.

– Monika es una chica encantadora, madre, pero no la amo. Apenas la conozco.

– ¡No hay tiempo para eso! En la guerra pueden obviarse las convenciones. Vuelve a verla. Te quedan diez días de permiso. Ve a visitarla a diario. Podrías proponerle matrimonio el último día.

– ¿Y qué hay de sus sentimientos? Puede que no quiera casarse conmigo.

– Le gustas. – Su madre desvió la mirada -. Y lo hará si sus padres se lo piden.

Walter no sabía si sentirse molesto o divertido.

– Usted y su madre han acordado esto, ¿verdad?

– Son tiempos desesperados. Podrías casarte dentro de tres meses. Tu padre se aseguraría de que te concedieran un permiso especial para la boda y la luna de miel.

– ¿Lo ha dicho él? – Por lo general, su padre era sumamente reacio a los privilegios especiales para los soldados bien relacionados.

– Comprende la necesidad de un heredero para el título.

Sin duda había hablado al respecto con su padre. ¿Cuánto tiempo le habría llevado? Era un hombre que no cedía con facilidad.

Walter trató de no removerse en la silla. Estaba en una situación imposible. Casado con Maud, ni siquiera podía fingir interés en casarse con Monika… pero no podía explicar por qué.

– Madre, lamento decepcionarla, pero no voy a proponer matrimonio a Monika von der Helbard.

– ¿Por qué no? – gritó ella.

Él se sentía mal.